
Petroleras estatales: el auténtico declive de 5 gigantes

En la fila de un supermercado en los suburbios de Atlanta, mientras el aire acondicionado zumba con una frialdad aséptica, me detuve a observar las manos de un hombre que acomodaba latas de sopa de tomate. Eran manos grandes, con cicatrices viejas en los nudillos que solo se ganan apretando llaves de paso industriales bajo el sol abrasador de Falcón. En realidad, no necesité verle la cara para saber que ese hombre alguna vez fue parte del engranaje que movía las petroleras estatales de nuestra región, esas estructuras que hoy, desde la distancia de este exilio, se ven como gigantes de hierro herrumbrado hundiéndose en un pantano de deudas y silencios cómplices.
Le pregunté por su nombre; creo que me dijo que se llamaba Julio, o algo muy parecido, y con una mirada esquiva me confesó que prefería el frío de los pasillos de comida congelada antes que volver a ver cómo la desidia devoraba la refinería donde trabajó veinte años.
La verdad es que lo de PDVSA es la herida que nunca cierra. Cuesta digerir que la empresa que llegó a bombear 3,5 millones de barriles diarios hoy apenas logre sostenerse en torno a los 700.000, según los reportes que reviso de madrugada cuando el silencio de esta ciudad se vuelve insoportable. Es una demolición controlada que comenzó, más o menos, en aquel 2003, cuando el gobierno decidió echar a la calle a unos 18.000 trabajadores calificados, ingenieros y geocientíficos que, como el hombre del supermercado, terminaron dispersos por el mundo.
Honestamente, cuando reemplazas a técnicos por aliados políticos que no saben, como decía un viejo colega, ni de qué color es el crudo, el resultado no puede ser otro que el colapso de las infraestructuras y una producción que se desploma hasta niveles de hace casi un siglo.
Transparencia Venezuela tiene un registro que asusta: 127 casos de irregularidades que han comprometido algo así como 42.000 millones de dólares del patrimonio público. Es una cifra que marea. Rafael Ramírez, quien estuvo al frente de la industria por más de una década, es quizás el nombre más repetido en estos expedientes; se dice que bajo su mando desaparecieron unos 11.000 millones de dólares. Y bueno, todos lo sabemos, pero verlo documentado por tribunales de dieciséis países diferentes le da una dimensión de tragedia continental que supera cualquier ficción.
El saqueo del huachicol y el peso de los 110.000 millones
Hacia el norte, el rastro que deja Petróleos Mexicanos es igual de turbio. Pemex hoy carga con el estigma de ser la petrolera más asfixiada por las deudas en todo el globo; hablamos de un pasivo que ya supera los 110.000 millones de dólares. Honestamente, aquel compromiso de acabar con la corrupción se hundió frente al huachicol fiscal, esa red de tráfico donde militares y agentes aduanales permitieron que se esfumaran unos 600.000 millones de pesos de los fondos del Estado.
La verdad es que, al revisar los informes, este se perfila como el mayor despojo documentado en la historia moderna de la región, un volumen de dinero que logra eclipsar incluso el desastre que vivimos con el sistema Cadivi allá en Venezuela.
Recuerdo una conversación que escuché hace poco en una parada de autobús, donde dos hombres discutían sobre si las refinerías nuevas salvarían la economía. Me acordé de Dos Bocas, esa obra insignia que ha devorado gasto público sin lograr todavía que México deje de depender de la gasolina importada. En el fondo, es el mismo patrón: proyectos que se anuncian con bombos y platillos pero que terminan siendo agujeros negros financieros. Según los cálculos del experto Ramsés Pech, la evasión de impuestos por este contrabando le costó a México unos 5.500 millones de dólares anuales durante el sexenio pasado.
Y no se trata solo de dinero perdido. Es la competitividad del país la que se queda en el camino. Mientras los cárteles de Jalisco y Sinaloa participan activamente en este mercado negro, las petroleras estatales se vuelven cascarones vacíos protegidos por una opacidad que nadie se atreve a romper del todo. La paradoja es que, a pesar de tener el respaldo del gobierno federal, los indicadores de producción de Pemex siguen en caída libre, muy lejos de los 3 millones de barriles que se extraían en décadas pasadas.
El laberinto de sobornos y los nombres en clave
Bueno… el caso de Petroecuador añade otra capa de cinismo a este mapa de la desolación. Gracias a los Papeles de Panamá, el mundo supo de contratos suscritos por empresas offshore como Girbra S.A., vinculadas a Álex Bravo y Carlos Pareja Yannuzzelli. La verdad es que cuesta creer la facilidad con la que se movieron 30,3 millones de dólares en comisiones a cambio de entregar contratos de la estatal petrolera a firmas intermediarias. Hay un rastro de transacciones que incluye nombres como Gunvor y Trafigura, donde se investigan pagos corruptos por unos 22 millones de dólares.
Me enteré por un reporte de InSight Crime que incluso una gigante como Vitol Inc. tuvo que pagar multas de 164 millones de dólares tras admitir que sobornó a funcionarios en Brasil, México y Ecuador para obtener ventajas competitivas. Lo más inquietante es el uso de alias como «Batman», «Popeye» o «Phil Collins» para ocultar a los beneficiarios de estos pagos en correos electrónicos y facturas falsas. Honestamente, cuando la mayor comercializadora de petróleo del mundo admite estas prácticas, queda claro que el problema no son solo las empresas nacionales, sino un sistema global que permite que el dinero sucio fluya sin demasiados obstáculos.
En realidad, esta captura política y la ineficiencia operativa han llevado a Petroperú a una crisis financiera sin precedentes. La modernización de la refinería de Talara, que costó más de 6.000 millones de dólares, dejó a la empresa con una deuda que supera su capacidad de maniobra. En 2024, perdieron su calificación crediticia y hoy dependen de que el Estado les lance salvavidas constantes para evitar el default técnico. Es un modelo desbalanceado: refinan y transportan, pero casi no producen crudo propio, lo que las deja a merced de los precios internacionales y de una gestión que suele cambiar con cada vaivén político.
Hace unos años, cuando todavía podía viajar, me quedé varado en una carretera cerca de los valles del Tuy porque no había gasolina. Miraba los campos de extracción vacíos y no podía dejar de pensar en la ironía de estar sentados sobre un mar de petróleo y no tener con qué mover un viejo camión. Es un recuerdo que me asalta cada vez que leo sobre las «ciber-molestias» o la transición energética; para nosotros, el problema es mucho más primario: es el colapso de lo básico.
En Colombia, Ecopetrol tampoco se salva de la tormenta. Aunque no está en quiebra, enfrenta su peor crisis reputacional y una caída del valor bursátil que muchos atribuyen a la politización de su agenda y a la negativa de firmar nuevos contratos de exploración. La verdad es que, cuando las decisiones técnicas son desplazadas por consignas ideológicas, el mercado reacciona con un castigo inmediato que termina afectando las utilidades que financian los programas sociales del país.
Al final, lo que queda es una red de cables sueltos, infraestructuras que explotan como en Amuay o Cardón, y una marea negra de corrupción que parece no tener fin. Me pregunto si el hombre del supermercado, mientras acomoda sus latas, alguna vez sueña con el olor del asfalto caliente o si simplemente ha decidido que el olvido es la única forma de sobrevivir a tanta ruina. El silencio de la calle, allá afuera, parece darle la razón.
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