Reconstrucción forense del supuesto safari humano en Sarajevo y los viajes de hasta 100.000 euros durante el asedio de la ciudad.

El Safari Humano y el histórico viaje de 100.000 euros

Sentada en un banco de madera en el muelle de Seattle, mientras una bruma salada trepa por las vigas de hierro, el graznido de las gaviotas se confunde con el rumor de la ciudad que se apaga. Deslizo los dedos por mi tableta para revisar las minutas de Milán y un frío ajeno me recorre el cuerpo. El expediente sobre el macabro safari humano en los Balcanes vuelve a abrirse tres décadas después. Esta historia de inmediato me devuelve a la desconfianza de las redacciones en Caracas ante el silencio de los crímenes impunes.

Aquel horror, que durante años pareció una simple leyenda urbana tejida al fragor del combate, se ha convertido en una investigación penal formal dirigida por el fiscal milanés Alessandro Gobbis. Las denuncias apuntan a que un grupo de millonarios extranjeros pagaba sumas desorbitadas para apostarse en las colinas que rodean a la capital bosnia y disparar contra los asediados por puro entretenimiento. El fiscal busca determinar las responsabilidades por homicidio múltiple agravado por crueldad y motivos abyectos, cargos que, bajo la legislación de Italia, no están sujetos a prescripción. Es el rastro de una cacería planificada que hoy se intenta juzgar.

La ratonera de Sarajevo empezó a cerrarse en abril de 1992 y permaneció sellada durante casi cuatro años de asedio absoluto. Los militares que obedecían a Radovan Karadzic y al general Ratko Mladic simplemente aprovecharon la geografía del lugar: se apostaron en los picos de más de dos mil metros que vigilan el valle. Desde esas alturas, con la artillería apuntando directo al piso, convirtieron la capital en un polígono de tiro gigante donde cayeron más de once mil civiles sin tener un solo rincón donde refugiarse.

La investigación, sin embargo, se destrabó tras el estreno en 2022 del documental Sarajevo Safari del director esloveno Miran Zupancic, una obra que causó conmoción pero también un hondo escepticismo. Movido por esa inquietud, el escritor Ezio Gavazzeni y un exmagistrado cuyo nombre creo que se escribe Guido Salvini dedicaron casi dos años a recopilar minutas, testimonios y reportes confidenciales. Encontraron indicios de que los operadores no eran militares, sino civiles adinerados con una extraña pasión por las armas que salían los fines de semana a matar y regresaban los lunes a sus respetables vidas de oficina.

El asombroso safari humano en las colinas de Sarajevo

La logística del viaje era tan macabra como perfecta. Los participantes se reunían de forma mensual en una pequeña localidad al oeste de Milán. Desde allí, viajaban en un autobús de pasajeros que hacía una escala estratégica en la frontera de Trieste para luego continuar con rumbo a Belgrado. Las pesquisas señalan que los viajes se presentaban de manera oficial como simples misiones humanitarias para burlar los rigurosos controles de las fronteras. Una vez en Serbia, estructuras de los servicios de seguridad escoltaban a los turistas hacia las colinas de Grbavica, donde los milicianos serbios ya les tenían listas las posiciones de tiro.

Pero el detalle más perverso del sistema radica en la existencia de una lista de precios diferenciada según la vulnerabilidad de la víctima elegida. Los testimonios de los denunciantes señalan que los participantes pagaban entre ochenta mil y cien mil euros de la época por el paquete completo. Las tarifas subían de manera drástica si el objetivo seleccionado era un niño o una mujer embarazada, mientras que disparar a un anciano se ofrecía en ocasiones sin costo adicional como cortesía. Se trataba de un negocio estructurado donde la muerte tenía tarifas fijas.

El expediente contiene también el asombroso testimonio de un antiguo bombero voluntario estadounidense llamado John Jordan, quien en 2007 declaró ante el Tribunal de La Haya sobre la presencia de estos tiradores turistas. Jordan describió que estos individuos se movían con una visible torpeza entre las ruinas y que portaban armas absolutamente inapropiadas para el combate urbano, más parecidas a fusiles de caza mayor para jabalíes en la Selva Negra. Eran aficionados de mediana edad que, al amparo del caos de la guerra, compraban el derecho de decidir quién vivía y quién moría en las calles de la ciudad.

La fiscalía milanesa analiza ahora dos versiones sobre la participación de estos millonarios. La primera apunta a que ellos mismos apretaban el gatillo, recibiendo instrucción básica de los guías serbios antes de apuntar contra las familias que buscaban agua. La segunda sugiere un modelo de autoría intelectual: el turista alquilaba a un francotirador profesional, elegía la presa a través de miras telescópicas de largo alcance y ordenaba el disparo, presenciando la ejecución sin correr riesgos técnicos ni físicos. Ambas opciones, de acuerdo a los analistas, se combinaban según la experiencia previa y el sadismo del cliente.

El rastro de la impunidad desde Trieste hasta Pordenone

La complicidad institucional es lo que permitió que esta cacería funcionara en la sombra de Europa. Un exagente de la inteligencia bosnia, identificado solo con las iniciales E.S., afirmó haber alertado al Sismi —el antiguo servicio secreto militar italiano— sobre estos viajes ya en 1994. Los informes revelan que la respuesta del servicio fue un escueto mensaje asegurando que habían descubierto la ruta en Trieste y que la habían interrumpido de inmediato. Sin embargo, la inteligencia militar nunca proporcionó nombres de participantes ni se registraron detenciones, sugiriendo un silencio cómplice que se mantuvo bajo llave durante treinta años.

A pesar de las tres décadas transcurridas, la fiscalía ha logrado identificar al primer sospechoso formal de la causa. Se trata de un exconductor de camiones de ochenta años de edad, residente de una localidad cercana a Pordenone, al norte de Italia. Los investigadores tratan de determinar si este anciano participó directamente en las ejecuciones de civiles o si sirvió como el facilitador logístico para trasladar a los clientes adinerados desde Trieste hacia los frentes de combate serbios. El hombre, que de momento permanece libre, fue citado para un interrogatorio judicial que sacudió los despachos.

Un precedente innegable de este turismo de guerra quedó registrado en un video de 1992 que hoy es de acceso público. En las imágenes, el polémico escritor ruso Eduard Limonov aparece sonriente junto a Karadzic, disparando ráfagas de ametralladora pesada contra el asediado perfil urbano de Sarajevo. Limonov, que estuvo allí como admirador ideológico, nunca fue procesado por estos hechos y falleció en la impunidad en 2020. Su cinismo documentado demuestra que la frontera entre el observador intelectual y el verdugo material era sumamente borrosa en el caótico teatro de operaciones de los Balcanes.

Me levanto del banco y observo el reflejo de las luces del muelle sobre el agua oscura de Seattle, sintiendo que la distancia no diluye el dolor de lo que ocurrió en esas colinas. La investigación del fiscal Alessandro Gobis avanza en medio del silencio administrativo del actual servicio de inteligencia, que se resiste a entregar los archivos viejos del sisme. Para quienes hemos visto cómo el poder calla ante las fosas comunes en nuestro propio continente, este juicio tardío es un recordatorio de que la impunidad siempre encuentra su coartada en la burocracia. La justicia, al final, sigue buscando el nombre de los que pagaron por matar.



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Sophie Reynolds
Sophie Reynolds

Sophie Reynolds cubre política exterior, migración forzada y relaciones transatlánticas. Fue corresponsal de The Associated Press en Bruselas y ha escrito para Foreign Policy sobre sanciones y conflictos emergentes. Estudió Estudios Internacionales en Johns Hopkins y tiene una maestría en Periodismo Global de la Universidad de Nueva York.

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