Crisis de instituciones de paz, la caída lenta de la ONU, OSCE y OPCW en Haití, Gaza y Congo.

Caída lenta: el auténtico fracaso de la ONU tras 80 años

Son casi las cuatro de la mañana en este rincón de la costa este, donde la lluvia golpea el cristal con una persistencia metálica que me devuelve, inevitablemente, a los aguaceros que inundaban las calles de Caracas. Me quedo mirando el parpadeo del monitor, ese rectángulo de luz azul que hoy me devuelve una verdad que muchos prefieren ignorar entre cócteles y recepciones en Nueva York: la caída lenta de la Organización de las Naciones Unidas no es una teoría conspirativa, sino un proceso de desmantelamiento normativo que ya no se puede ocultar tras discursos diplomáticos.

Mientras la organización celebra su 80 aniversario, lo que queda es el rastro de una estructura que nació para sustituir la ley de la fuerza por la fuerza de la ley, pero que hoy parece más un escenario de teatro político donde los jueces pueden anular su propio veredicto de forma unilateral. Honestamente, testificar sobre esta obsolescencia estructural desde el exilio me obliga a preguntar cuánto queda de aquel sueño de 1945 antes de que el peso del interés nacional termine por hundir los cimientos de la paz global.

La verdad es que la arquitectura diseñada tras la Segunda Guerra Mundial se está resquebrajando frente a una complejidad disruptiva que el siglo XXI no perdona. No es solo una falla técnica; es una crisis de autoridad donde los grandes promotores del sistema han decidido que las reglas ya no les sirven.

Recuerdo vagamente haber leído en informes académicos que el multilateralismo universalista está agotado, desplazado por un «plurilateralismo defensivo» donde los países negocian acuerdos a la carta, dejando a la ONU como un observador moral cada vez más desplazado de los centros de decisión real. Bueno… en realidad, lo que presenciamos es el retorno de un neorrealismo transaccional donde las potencias consideran que las leyes universales son un estorbo para su maniobra estratégica.

La caída lenta de un gigante de papel y el peso del veto

La verdad es que el andamiaje que sostiene al mundo nació con una falla de fábrica que hoy se cobra facturas en Ucrania y en Gaza. Me explicaba un viejo diplomático, en esas madrugadas donde el café ya no calienta, que el Consejo de Seguridad se volvió un cementerio de intenciones por el veto de los cinco de siempre.

Es una rareza que no entiendo: que potencias como Estados Unidos, Rusia o China sigan operando con un manual de 1945 que a estas alturas resulta no solo viejo, sino profundamente injusto para el resto de nosotros. Pero bueno, al final la parálisis es la única respuesta que llega desde Nueva York mientras el reloj sigue corriendo….

Solo en junio de 2025, vi cómo una resolución para un alto el fuego en Gaza cayó al suelo porque un solo país levantó la mano en contra, mientras catorce observaban con impotencia cómo el veredicto se desvanecía en el aire.

La verdad es que esta parálisis no es solo diplomática; es una erosión profunda de la confianza en el derecho internacional. En el caso de la invasión rusa a Ucrania, el diseño original del Consejo demostró ser ineficaz cuando el agresor es quien tiene la llave para bloquear cualquier sanción.

He visto cómo Rusia utiliza las sesiones del Consejo de Seguridad para difundir desinformación sobre armas biológicas, demostrando un desprecio total por la institución que el resto del mundo sigue financiando con la esperanza de evitar el flagelo de la guerra. Al final, lo que queda es un sistema de «soberanía limitada» —como aquella vieja doctrina de Brezhnev— que ahora parece renacer bajo nuevas etiquetas de influencia dura.

Pero el peligro de esta caída lenta es que, mientras la maquinaria política se oxida, los Estados empiezan a buscar alternativas fuera del edificio de cristal de la Primera Avenida. El auge del minilateralismo, como el QUAD o el AUKUS, son síntomas de una fragmentación donde la exclusividad operativa importa más que la legalidad internacional formal.

Es una competencia de regímenes donde las reglas ya no son claras, aumentando el riesgo de errores de cálculo geopolíticos que ninguna oficina en Ginebra parece capaz de mediar. Para los países de nuestra región, este vacío es crítico: sin un orden basado en reglas universales, regresamos a la ley del más fuerte, donde el desarrollo nacional queda supeditado a las prioridades de seguridad de los bloques dominantes.

Los escándalos bajo la boina azul: una ética en quiebra

Honestamente, la legitimidad de la ONU no solo se pierde en los grandes tableros de ajedrez; se está drenando en el lodo de sus propias misiones de paz. Leí un informe escalofriante de 2021 donde las denuncias de abusos sexuales cometidos por personal de la organización subieron a 445 casos en un solo año.

Es difícil digerir que quienes llevan la bandera de los derechos humanos sean protagonistas de incidentes en la República Centroafricana o en la República Democrática del Congo, donde se identificaron casi doscientas víctimas vinculadas a fuerzas que debían protegerlas. La verdad es que, ante este panorama, el secretario general António Guterres ha tenido que admitir que no se ha logrado un éxito claro en erradicar estas atrocidades.

Y luego están los casos de corrupción que parecen endémicos en las venas burocráticas de la organización. Todos recordamos —o deberíamos hacerlo— el fraude masivo del programa Petróleo por Alimentos en Irak, o las denuncias más recientes de malversación de fondos en la Oficina de Servicios para Proyectos y en agencias como UNICEF o ACNUR.

En Haití, el rastro de la ONU dejó una cicatriz de cólera que mató a más de 10.000 personas por la negligencia de trabajadores nepalíes; una tragedia por la que la organización tardó seis años en pedir perdón y de la cual apenas ha financiado un pequeño porcentaje de la ayuda prometida. Es una inercia de impunidad que se escuda en la inmunidad diplomática mientras los más vulnerables pagan el precio.

Bueno… incluso la composición de sus comités más sagrados parece una broma de mal gusto. Milei lo gritó en la Asamblea General de 2024: han permitido que dictaduras sangrientas como las de Cuba y Venezuela se sienten en el Consejo de Derechos Humanos sin el más mínimo reproche. Es una contradicción insoportable que países que castigan a sus mujeres por mostrar la piel participen en comités de eliminación de la discriminación femenina. La verdad es que el sistema de elecciones no competitivas permite que los violadores de derechos humanos busquen un puesto en estos órganos no para promover estándares internacionales, sino para silenciar las críticas a sus propios atropellos internos.

El nuevo orden fragmentado y la huida hacia el minilateralismo

Mañana volveré a revisar los cables, a buscar algún rastro de esperanza en las agencias técnicas que, lejos de la parálisis política, aún intentan entregar comida a 124 millones de personas o regular los estándares de aviación mundial. Pero el frío de esta habitación me recuerda que la cooperación global hoy parece un rompecabezas cuyas piezas ya no encajan. La emergencia de un orden paralelo, encabezado por China y los BRICS+, no es solo una alianza económica; es una propuesta de gobernanza alternativa que desafía la centralidad normativa de Occidente con estructuras como el Nuevo Banco de Desarrollo, diseñado sin derecho a veto.

La verdad es que nos estamos deslizando hacia un vacío regulatorio peligroso, especialmente en áreas como la Inteligencia Artificial y la ciberseguridad, donde no existe ninguna autoridad universal capaz de arbitrar ataques de Estado. En el fondo, todos sabemos que reformar la ONU hoy es imposible y refundarla es impensable, lo que nos deja atrapados en un proceso de preservación de lo esencial mientras el resto se desmorona. El radiador ha dejado de sonar y el silencio de la madrugada es absoluto, solo roto por la sospecha de que, cada vez que una potencia ignora una resolución de la Asamblea General, se está cerrando una puerta que tardó décadas en abrirse.

¿Seremos capaces de reconstruir un ecosistema de coexistencia normativa antes de que la parálisis total nos entregue definitivamente a la ley de la selva?

La verdad es que…


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Sophie Reynolds
Sophie Reynolds

Sophie Reynolds cubre política exterior, migración forzada y relaciones transatlánticas. Fue corresponsal de The Associated Press en Bruselas y ha escrito para Foreign Policy sobre sanciones y conflictos emergentes. Estudió Estudios Internacionales en Johns Hopkins y tiene una maestría en Periodismo Global de la Universidad de Nueva York.

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