Con la operación Lionfish de Interpol incautan toneladas de droga en Myanmar.

Incautan toneladas: el extraordinario golpe de 1.600 millones

El zumbido del aire acondicionado en este apartamento de San Antonio tiene un tono metálico, un ruido que se mete en los oídos mientras afuera el cielo texano se tiñe de un naranja sucio. Es esa hora en la que el silencio del exilio se vuelve más pesado y uno termina refugiándose en el brillo de los reportes policiales para no pensar en lo que dejó atrás. La verdad es que, mientras las autoridades incautan toneladas de veneno en operativos que abarcan medio planeta, uno entiende que el narco ya no es una guerrilla de monte, sino una corporación logística con presupuestos que harían palidecer al PIB de varias naciones.

Solo en la operación Lionfish Hurricane, que se movió entre abril y mayo de este año —o quizás fue el pasado, no recuerdo bien—, se logró arrebatarle a las mafias más de 615 toneladas de drogas y precursores químicos. Es una cifra extraordinaria, una montaña de sustancias valorada en unos 1.600 millones de dólares que nos dice, con la frialdad de un balance contable, que el negocio está más vivo que nunca.

Bueno… en realidad todos lo sabemos, pero verlo desglosado en el monitor te revuelve el estómago. No se trata solo de fardos flotando en el Caribe. Hablamos de una red que conecta a 31 países, desde las selvas de Guyana hasta los puertos de Amberes y los desiertos de África Occidental. Pero lo que de verdad asusta no es la cocaína, que ya es bastante, sino los precursores. Esas sustancias que sirven tanto para cocinar polvos como para fabricar explosivos sumaron 505 toneladas. Es una capacidad de fuego y de producción que pone de manifiesto que los grupos de delincuencia organizada ya no solo trafican, sino que arman guerras con la misma facilidad con la que llenan contenedores.

La ruta de las incautan toneladas

La geografía del despojo no tiene fronteras. Me contaron hace poco de un tipo en Guyana, un grupo de hombres que construyeron un semisumergible en mitad de la selva, una balsa de acero casera capaz de cargar tres toneladas de cocaína para cruzar el Atlántico. Imagínate el nivel de desesperación o de ambición para meterse en ese tubo y navegar miles de kilómetros bajo el agua.

Honestamente, es la misma historia que se repite en Brasil, donde detuvieron a una red de «mulas» que viajaban a Francia; uno de ellos, creo que un muchacho joven, llevaba 120 cápsulas en el estómago. Una sola de esas bolsas que se rompa y el viaje se acaba para siempre en una morgue extranjera.

Y es que el operativo coordinado por Ameripol, liderado desde Colombia, no se quedó atrás. Allí la cuenta llegó a casi 100.000 kilos de cocaína incautada, o 97 toneladas para ser exactos, si es que las matemáticas no me fallan a estas horas. Participaron 12 países de Latinoamérica, desde Argentina hasta El Salvador, en un esfuerzo por romper esa conexión delictiva que parece un laberinto sin salida.

Desarticularon 56 organizaciones criminales, algo así como podar una hidra que siempre tiene una cabeza nueva lista para morder. En Colombia capturaron a más de cien personas, pero todos lo sabemos: mientras la demanda en Europa y el norte siga firme, las vacantes en los carteles se llenan en cuestión de horas.

Pero hay algo que me queda colgando en este reporte, una sensación de vacío…

El laberinto de los precursores y el éter

La verdad es que el frente sintético es el que está ganando la guerra por goleada. Otra operación de Interpol, la Lionfish-Mayag III, puso el foco en Asia y Norteamérica, y los resultados son para no dormir. Incautan toneladas de drogas sintéticas, unas 76 en total, con un valor de 6.500 millones de dólares. Entre los decomisos había fentanilo suficiente para matar a 151 millones de personas. Es una cifra que no cabe en la cabeza.

Es como borrar del mapa a media población de Sudamérica con un solo cargamento. En México confiscaron 190.000 tabletas, y en los Estados Unidos los agentes de la DEA encontraron pastillas de MDMA que en realidad eran trampas de fentanilo. Es una crisis sanitaria global que se cocina en laboratorios clandestinos y se distribuye en paquetes de café o tablas de surf.

Recuerdo haber leído sobre un fugitivo en Corea del Sur, un tipo que manejaba una red desde el aeropuerto de Incheon y que pensó que su Notificación Roja era solo un papel que no lo alcanzaría. Lo atraparon, igual que a la banda ‘Ketamelon‘ en India, que se especializaba en LSD y ketamina. En Myanmar, la policía encontró millones de pastillas de metanfetamina escondidas entre piñas. Es ese ingenio perverso, esa capacidad de ocultar la muerte en la fruta o en las máquinas de café, lo que hace que el trabajo de los analistas de Interpol sea una carrera contra un fantasma que siempre va un paso adelante.

Bueno… el secretario general Valdecy Urquiza dice que estas redes paralizan economías y alimentan la violencia, y tiene razón. Pero desde este exilio, uno ve que el problema es más profundo. En Colombia, la policía se incautó de toneladas de ácido clorhídrico y destruyó fábricas de ácido sulfúrico en la selva. Son los ingredientes de una receta que no se acaba.

El presidente Petro dice que el mercado de la cocaína en Estados Unidos se desplomó frente al fentanilo, pero las incautaciones en los puertos belgas de Amberes, donde interceptaron seis toneladas procedentes de Sierra Leona, cuentan otra historia. El mercado no muere, solo se muda de barrio.

Honestamente, lo que más me duele es ver cómo estas operaciones también recuperan autos robados, como ese vehículo que apareció en Benín cuatro meses después de que se lo llevaran de una calle en Canadá. Es la polidelincuencia en su estado más puro: el que vende droga, también roba carros, trafica armas y desvía detonadores de minas para convertirlos en bombas. Se incautaron 30.000 detonadores en Sudamérica; imagínate lo que eso significa en manos de quienes no tienen nada que perder.

Me pregunto, mientras el café se termina y el monitor empieza a cansarme la vista, si alguna vez estas cifras dejarán de subir. Jürgen Stock, el jefe de Interpol, dice que el valor de lo incautado en dos meses supera el PIB de algunos países. Es una lucha dentro de un círculo diabólico donde el dinero que se quita hoy vuelve mañana por otra ruta, quizás a través de la Darknet o de activos digitales que los investigadores apenas están empezando a rastrear.

Al final, lo que queda es la imagen del narcosubmarino pudriéndose en la selva de Guyana. Una cáscara vacía que representa la ambición de un sistema que tritura vidas para alimentar una adicción que no conoce de fronteras ni de morales. La pregunta que me queda, y que nadie me responde en esta noche de Texas, es cuántos de esos 6.659 detenidos eran en realidad los dueños del negocio y cuántos eran simplemente el último eslabón de una cadena que siempre se rompe por el lado más débil.

Y entonces, cuando el último satélite cruza el cielo…


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Trevor Hayes
Trevor Hayes

Trevor Hayes cubre narcotráfico y crimen organizado en América desde hace más de una década. Trabajó con el Miami Herald y ha participado en investigaciones del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). Su reporteo se basa en documentos judiciales, registros de inteligencia y fuentes verificadas. Estudió Periodismo en la University of Texas at Austin y tiene una certificación en Seguridad Nacional del Center for Investigative Reporting.

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