Dossier de inteligencia sobre una red de 33.000 pandillas, Carteles gringos y rutas del crimen organizado en Estados Unidos.

Carteles gringos: 33 mil pandillas y el extraordinario despojo

El parpadeo azulado de la pantalla en esta habitación de Texas me devuelve el reflejo de un hombre que ya no reconoce su propio horario, mientras afuera el viento seco arrastra un polvillo que se cuela por las rendijas y huele a tierra vieja. Me quedo mirando las notas sobre el juicio de Ismael «El Mayo» Zambada en Nueva York, ese hombre con uniforme azul y naranja que caminaba con paso lento, como si cargara el peso de un millón y medio de kilos de cocaína sobre los hombros.

Es en ese vacío de nombres anglosajones donde operan los llamados carteles gringos, esas organizaciones domésticas que se encargan de la logística, el precio y el lavado, mientras los capos del sur solo se limitan a dejar la mercancía en la orilla de una frontera que parece un colador. Pero lo que me quita el sueño esta noche no es el «jefe de jefes», sino la certeza de que, como bien apunta Jesús Esquivel, las drogas no se venden solas en el mercado más voraz del planeta.

La verdad es que, en el fondo, todos lo sabemos, pero preferimos la narrativa de Hollywood de los capos extranjeros para no mirar el desorden que hay en casa. Los carteles gringos no tienen un rostro como el de «El Chapo», pero tienen un ejército de 1,4 millones de miembros repartidos en unas 33.000 pandillas violentas que controlan cada esquina desde California hasta Maine.

Es una estructura sofisticada, fragmentada y, sobre todo, invisible para los grandes titulares de la prensa tradicional que solo busca el sensacionalismo del traje naranja en la corte. Bueno… me contaba un colega hace poco que el racismo llega hasta la criminología: si el detenido es latino, es del «cartel»; si es anglosajón, es simplemente un criminal común, aunque mueva los mismos millones que un general de Sinaloa.

El engranaje invisible de los carteles gringos

Fíjate que estos grupos, que van desde los Hells Angels hasta la Hermandad de Pistoleros Latinos o los Texas Chicano Brotherhood, operan bajo una lógica de mercado puro: le compran al mejor postor en la frontera y a partir de ahí ellos dictan las reglas. A los mexicanos les conviene este trato porque arriesgan menos; cobran su parte y dejan que los estadounidenses se encarguen de la distribución callejera y de recuperar el dinero a través de instituciones financieras que, seamos honestos, no hacen demasiadas preguntas cuando el flujo es constante.

Y es que, a diferencia de los grupos paramilitares de Colombia o México, estos no necesitan ametralladoras calibre .50 montadas en camiones blindados para controlar el territorio; a ellos les basta con dominar la cuadra, la calle o el código postal.

Pero el mito del invasor extranjero se cae a pedazos cuando revisas los datos de incautaciones de fentanilo. Resulta que el 80% de los que cruzan la frontera con este veneno sintético son ciudadanos estadounidenses, personas con pasaporte azul que entran legalmente por los puertos de entrada oficiales.

Es una ironía que duele: mientras la retórica política pide muros y ejércitos, los propios residentes del norte son los que aceitan los engranajes de la cocaina ruta mortal y el mercado de los opioides. No recuerdo bien quién lo dijo, creo que fue un exjefe de la DEA, que en Estados Unidos no hay carteles porque no corrompen al gobierno central, pero lo cierto es que su capacidad para ejercer un control coercitivo sobre el mercado minorista es absoluta.

La balsa de las armas y el despojo binacional

La verdad es que este matrimonio entre el norte y el sur es uno de esos que no permite divorcio, como le dijo la presidenta Sheinbaum a un embajador hace unos meses. Mientras la droga sube, lo que ellos llaman el «río de hierro» baja con la misma intensidad: unas 200.000 armas de fuego cruzan hacia México cada año, la mayoría compradas legalmente en tiendas de Arizona o Texas por testaferros que luego las entregan a los emisarios de los carteles.

Es un círculo vicioso extraordinario donde la adicción de un lado financia la matanza del otro, y las armas de un lado garantizan que la droga nunca deje de fluir hacia el norte. Siete de cada diez armas recuperadas en escenas del crimen en México tienen su origen en armerías estadounidenses.

Y luego está ese mercado del despojo humano, donde la piel vale tanto como el polvo. El tráfico de migrantes se ha vuelto una balsa de plata que, según leí en unos reportes hace unas semanas, les mete a las bandas entre 4.000 y 12.000 millones de dólares anuales. Cobran hasta 18.000 dólares por cabeza; es decir, convierten la desesperación de alguien que huye de la miseria en un activo financiero tan rentable como el fentanilo o ese petróleo que se roban con el huachicoleo,. Bueno… en el fondo todos lo sabemos: para el crimen organizado, la vida es solo otra carga que se tasa, se mueve y se vende.

Honestamente, me pregunto cuántas de esas personas que hoy esperan una cita de asilo en un albergue hacinado de México saben que su travesía financió el mismo fusil que las obligó a huir de sus casas. Es una maquinaria interdependiente donde cada pieza, desde el pandillero en Chicago hasta el coyote en Sonora, sabe exactamente qué lugar ocupa en el balance de resultados.

Pero el sistema tiene sus propias trampas de silencio. La DEA lanzó en 2016 una iniciativa para combatir a los «carteles domésticos», pero el proyecto se quedó congelado en algún cajón de Washington. Supongo que admitir que tienes carteles propios te quita esa superioridad moral de querer imponerle las reglas al resto del mundo. Es mucho más fácil extraditar a un Zambada o a un Guzmán que desmantelar una red de 33.000 pandillas que son tan estadounidenses como el pastel de manzana.

La verdad es que, cuando el último monitor se apague y el silencio vuelva a reinar en este exilio, la droga seguirá vendiéndose en las calles de Baltimore, no por invasores, sino por vecinos que nadie quiere llamar por su nombre.

Me queda una duda colgando, algo así como un presentimiento que no me deja dormir: si algún día dejaremos de buscar al «Chapo de Estados Unidos» para empezar a aceptar que el problema no tiene un solo jefe, sino un millón y medio de socios capitalistas. Al final, lo que queda es el ruido del viento en Texas y la certeza de que el mercado siempre encuentra la forma de seguir respirando, incluso a través de las grietas de un muro que nadie puede terminar de construir.

O algo así… porque en este laberinto de espejos, la verdad es lo primero que se pierde en el trasiego.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Trevor Hayes
Trevor Hayes

Trevor Hayes cubre narcotráfico y crimen organizado en América desde hace más de una década. Trabajó con el Miami Herald y ha participado en investigaciones del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). Su reporteo se basa en documentos judiciales, registros de inteligencia y fuentes verificadas. Estudió Periodismo en la University of Texas at Austin y tiene una certificación en Seguridad Nacional del Center for Investigative Reporting.

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