
Caos en Bolivia y el asedio histórico: la caída de un viejo ídolo

Anna Enns no buscaba ser noticia, buscaba el paisaje, pero terminó encontrando el silencio definitivo en una carretera bloqueada de Bolivia. La verdad es que, en esta madrugada fría donde el zumbido de la calle me recuerda a las protestas que vi en mi propio país, la historia de esta turista de Belice me pesa en los hombros. Murió porque una ambulancia no pudo cruzar el muro de piedras y palos que hoy divide a la nación. Mientras escribo, el olor a tabaco rancio se cuela por mi ventana y me devuelve a las noches de guardia en la redacción, cuando pensábamos que el gas duraría para siempre y que los caudillos eran eternos.
La crisis económica de Bolivia y el fin del gas
La verdad es que el milagro que todos aplaudían se está deshaciendo como sal en el agua. Hace unos años, creo que fue en dos mil catorce, las reservas de la nación andina superaban los quince mil millones de dólares, una cifra que hoy parece un sueño de opio. Ahora, según cuentan los despachos que llegan desde La Paz, apenas quedan unos mil novecientos millones en las bóvedas del Banco Central. El gas natural, que era el motor de todo, se está agotando porque nadie se preocupó por buscar nuevos yacimientos mientras el dinero fluía para pagar lealtades. El país ha pasado de ser una potencia energética a importar lo que antes le sobraba.
Rodrigo Paz Pereira, un hombre que nació en España —en Santiago de Compostela, si no recuerdo mal—, es quien ahora tiene que lidiar con este desastre. Ganó las elecciones con casi el cincuenta y cinco por ciento de los votos, prometiendo orden y una motosierra económica para salvar lo que queda del barco. Pero honestamente, todos lo sabemos: gobernar un país en quiebra técnica es una invitación al abismo. En cuanto quitó los subsidios al combustible y el precio del diésel se triplicó, la calle se encendió como un reguero de pólvora. Los transportistas y sindicatos no tardaron en doblarle el brazo en las negociaciones iniciales.
Evo Morales y el caos en Bolivia
En el fondo de este caos está la sombra de un hombre que se niega a soltar el hilo de la historia. Evo Morales, el antiguo líder que se proclamó emperador inca en sus días de gloria, hoy vive atrincherado en la selva del Chapare. No es un refugio político, es una trinchera contra la justicia. Se le busca por una acusación de trata agravada, algo sobre una relación con una niña de quince años mientras era presidente. Dicen que incluso tuvo una hija con ella. Él lo niega todo, por supuesto, habla de persecución, pero su respuesta no ha sido presentarse a declarar, sino sitiar el país a través de sus leales.
El Chapare se ha convertido en un estado dentro del estado donde la ley no existe. Miles de cocaleros armados con lanzas y explosivos rodean su refugio para impedir que la policía lo detenga. Es curioso, o quizás trágico, que más del noventa por ciento de la hoja de coca de esa zona termine convertida en polvo blanco para el mercado internacional. Pero bueno… en este laberinto de intereses, la moralidad siempre ha sido una moneda de poco valor. La situación es tan tensa que incluso se han tomado cuarteles militares y se han robado arsenales enteros para proteger al caudillo en desgracia.
La inseguridad en Bolivia y el retorno de la agencia
Pero lo que realmente ha puesto los nervios de punta en la selva es que el nuevo presidente invitó a la agencia antidrogas de Estados Unidos a volver al país después de dieciocho años de expulsión. Hace unas semanas, agentes de esa oficina sobrevolaron los laboratorios de cocaína justo encima de donde se esconde Morales. Es una declaración de guerra silenciosa. Paz Pereira sabe que si no rompe el control territorial del narcotráfico, su gobierno no durará ni un año. Mientras tanto, en las ciudades, en medio del caos en Bolivia, la gente pelea por un pedazo de carne o un tanque de oxígeno para sus enfermos.
Los Ponchos Rojos, ese grupo radical que algunos dicen que fue entrenado por gente de La Habana y Caracas, ya hablan abiertamente de guerra civil. Se les ha visto en videos mostrando armas largas y jurando que sacarán al presidente por la fuerza. Es un lenguaje que ya conocemos bien en Latinoamérica, el de la pólvora sustituyendo a la palabra. Los hospitales en La Paz avisan que solo tienen reservas de oxígeno para unas pocas horas más, y los pacientes en cuidados intensivos dependen de que un camión logre burlar la vigilancia de los bloqueadores que han cortado sesenta y siete rutas.
A veces me pregunto si este es el final de un ciclo de veinte años o simplemente el inicio de un capítulo mucho más sangriento. Paz Pereira firmó hace poco un decreto que le permite usar al ejército para restaurar el orden interno sin pedir permiso al congreso. Es una apuesta peligrosa, un todo o nada en un país donde la sangre suele llegar al río con demasiada facilidad. Al final, queda la imagen de una ambulancia detenida frente a un muro de piedras, con alguien muriendo adentro mientras afuera se gritan consignas de libertad que suenan a hueco.
¿Es posible reconstruir una nación cuando el odio se ha codificado en el asfalto de las carreteras? El silencio de la madrugada no tiene la respuesta, solo el eco de las explosiones de dinamita que retumban en la distancia.







