
Naman Wakil y el suntuoso caso de los 400 millones

El chocar retumbante de las ruedas de un tren de carga sacude el andén de la estación de Peachtree en Atlanta, mientras una brisa helada se cuela por el cuello de mi abrigo. Sentado en una banca de hierro con una taza de café humeante entre las manos, abro los archivos judiciales y las copias de los registros bancarios que revelan la fortuna de Naman Wakil. En realidad, repasar esta historia desde el exilio es enfrentarse al retrato más amargo de la especulación financiera, donde un modesto vendedor de baratijas terminó convirtiéndose en el gran señor de los contratos de alimentos en Venezuela.
Llegado desde la lejana ciudad de Alepo, el comerciante comenzó su andadura en Caracas caminando las aceras populares de Petare a finales de los años setenta. Vendía correas, carteras y mercancías menores sin llamar la atención de nadie. Sin embargo, su verdadero olfato no estaba en el menudeo callejero, sino en comprender que los pasillos de la burocracia estatal ofrecían oportunidades infinitas para quien supiera moverse en la opacidad sin dejar huellas inmediatas.
Su gran salto de riqueza ocurrió hacia 2007, cuando logró tejer lazos de confianza dentro del Ministerio de Alimentación. El punto de quiebre fue su relación con el general Carlos Osorio, titular de esa cartera e inspector de la Corporación de Abastecimiento y Servicios Agrícolas, la conocida CASA. Al convertirse en el proveedor preferido del despacho oficial, el antiguo buhonero obtuvo vía libre para controlar las compras masivas de carne bovina y pollo importado.
El esquema comercial era tan simple como escandaloso. El contratista recorría los frigoríficos de Brasil buscando lotes masivos de proteína animal que estaban a punto de vencerse o que directamente habían superado su fecha de caducidad. Compraba esa mercancía desahuciada a precio de saldo y luego la vendía a las redes públicas del Estado como si fuera comida de primera calidad, aplicando sobreprecios que sobrepasaban el ciento por ciento del valor real de mercado.
Para esquivar a los auditores y mover los pagos sin levantar sospechas internacionales, ideó una maniobra de clonación corporativa. Constituyó en Panamá sociedades anónimas con nombres casi idénticos a los de famosas multinacionales brasileñas de alimentos, como Perdigao Agroindustrial S.A. o J.A. Comércio de Gêneros Alimentícios. Mediante estas empresas espejo —entre las que destacaban Perdigao Agroindustrial Group o Atlas Systems—, los dólares preferenciales terminaban desviados directamente hacia sus cuentas privadas.
Naman Wakil y el suntuoso pacto de la carne descompuesta
Un documento de compra suscrito en marzo de 2009 retrata la mecánica del negocio con absoluta claridad. CASA pactó la adquisición de cuarenta mil toneladas métricas de pollo por un monto total de setenta y cuatro millones ochocientos mil dólares. La orden la firmó el oficial Rodolfo Marco Torres como comprador y el propio comerciante sirio como apoderado de la firma de maletín. Para sellar el trato, el proveedor prometió una supuesta ‘responsabilidad social‘ equivalente al cero coma cinco por ciento del contrato.
Aquella importación de carne bovina entre fines de 2012 y mediados de 2013 dejó al descubierto la maniobra más cuantiosa del esquema. El Estado desembolsó ciento veintiocho millones de dólares por cuarenta mil toneladas pactadas a tres mil doscientos dólares cada una. No obstante, el empacador en Sao Paulo apenas recibió cincuenta y dos millones —unos mil trescientos dólares por tonelada—, ya que el producto estaba al límite de su caducidad. Esos setenta y seis millones de dólares de brecha terminaron directamente en las empresas del contratista sirio.
Para asegurar la aprobación continua de estos cargamentos sospechosos, los fondos no se quedaron guardados en Panamá. Desde las cuentas de la empresa J.A. Comércio en el banco suizo Compagnie Bancaire Helvétique, se ordenaron al menos ocho transferencias por cinco millones ochocientos cincuenta mil dólares a la firma Viltas Company. Los dueños reales de esa sociedad eran Jesús Tomás Marquina Parra y Néstor Enrique Marquina Parra, cuñados del general Osorio.
Esos giros bancarios dirigidos a los parientes del ministro se disfrazaron como supuestos pagos por ‘servicios logísticos y licencias de aduana‘. Todos lo sabemos, aquel dinero en los Alpes era la comisión directa pagada para que la carne descompuesta entrara sin trabas a los muelles de Puerto Cabello. El resultado de semejante saquéo fue el escándalo de Pudreval, donde aparecieron miles de contenedores abandonados con más de ciento veintidós mil toneladas de comida podrida.
Las cuentas en Suiza y la caída final del magnate
La inmensidad de las riquezas acumuladas quedó al desnudo con el escándalo global de los Papeles de Panamá. En septiembre de 2015, un banquero de Citigroup en Miami contactó por correo al bufete Mossack Fonseca para diseñar fideicomisos y estructuras offshore a medida. En sus notas confidenciales, el ejecutivo describió a su cliente como un poderoso inversionista con cuatrocientos millones de dólares resguardados en bancos de Suiza, ansioso por blindar su patrimonio ante eventuales acreedores y recortar su carga tributaria en suelo estadounidense.
Con esa fortuna amasada a expensas de la escasez popular, el comerciante compró un estilo de vida suntuoso en el sur de Florida. Adquirió una mansión de tres millones de dólares en la zona residencial de Coconut Grove y un lujoso condominio de cinco millones en la Porsche Design Tower de Sunny Isles Beach, además de sociedades inmobiliarias en Carolina del Norte. Honestamente, contemplar cómo el dinero del hambre se convirtió en apartamentos de cristal produce una indignación difícil de disimular.
Al mismo tiempo que acumulaba inmuebles de lujo, el empresario desarrolló una obsesión feroz por borrar su historial de internet. Pagó a agencias de reputación digital que utilizaron perfiles falsos como Gregoriojoségutierrez para alterar su biografía en Wikipedia, inventando que había sido futbolista de la Vinotinto, jugador de béisbol de los Leones del Caracas o comisionado deportivo. La plataforma terminó bloqueando de forma definitiva a sus redactores por vandalismo propagandístico.
A pesar de sus esfuerzos por limpiar su imagen en las redes, la justicia estadounidense terminó cerrando el cerco sobre sus movimientos. Fiscales de un tribunal federal en Miami lo acusaron formalmente de siete cargos graves, incluyendo conspiración para violar la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero y lavado internacional de dinero. Las autoridades iniciaron el embargo de más de cincuenta millones de dólares en cuentas bancarias radicadas en Miami, Caimán y Suiza.
Los expedientes de la causa relacionaban también sus transacciones con otras tramas de corrupción en la Faja Petrolífera del Orinoco y Petropiar, donde aparecían socios como Rixon Moreno y la firma Constructora Masein. En el fondo, la investigación demostró que los dólares provenientes de los sobreprecios estatales fueron lavados durante años a través del sistema bancario del sur de la Florida sin que saltaran las alarmas institucionales.
El epílogo de esta historia se escribió de forma repentina en el verano de 2023, cuando el acusado falleció mientras dormía en su residencia de Miami a pocos meses de iniciar su juicio penal. Aquella muerte apagó la causa contra el comerciante, pero los activos millonarios que acumuló siguen congelados por las autoridades federales. Guardo la tableta en el bolso y me levanto del banco de la estación mientras el tren se aleja entre la niebla de Atlanta, entendiendo que las firmas en los contratos de la carne podrida dejaron una marca indeleble que ninguna fortuna ni ningún silencio podrán borrar jamás.
Tabla de Contenido
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
Si tienes detalles adicionales, comunícalos aquí.










