
Sushi Market: el auténtico caso de los 16 locales ocupados

Amanece en Seattle y la niebla se ha vuelto tan espesa que camino por el parque casi por intuición, sintiendo cómo ese frío calado me atraviesa la bufanda vieja que ya no abriga nada. Son las seis. Lo único que rompe la calma es el chirrido de un camión de basura a unas cuadras y el resoplido de algún corredor que se desvanece entre los árboles como un fantasma.
Me detuve frente a un banco de madera mojada para revisar los mensajes que llegaron anoche desde el sur, cables que hablan de una redada que sacudió los cimientos de la gastronomía en Antioquia. La verdad es que, cuando me enteré de lo que pasaba con sushi market, sentí ese escalofrío familiar que nos recorre a quienes hemos visto cómo el dinero de la sombra compra hasta lo más cotidiano.
En este exilio de mañanas grises y horizontes extraños, uno termina por entender que la arquitectura de la opacidad no siempre se construye en rascacielos de cristal, sino que a veces se esconde detrás de un mostrador de arroz y pescado crudo, en establecimientos que todos dábamos por sentados en los centros comerciales de Medellín.
Testifico esto con la pesadez de quien sabe que la justicia colombiana ha puesto la lupa sobre una de las cadenas más reconocidas, ocupando más de dieciséis establecimientos en ciudades como Medellín, Envigado, Cali y Bogotá. En realidad, estamos hablando de un operativo de extinción de dominio que golpeó un patrimonio valorado en unos 14.000 millones de pesos, una cifra que marea y que, según la Fiscalía, tiene un origen manchado por el narcotráfico transnacional.
Cuesta digerir que lugares donde cientos de familias compartían un almuerzo de domingo fueran, presuntamente, engranajes de una maquinaria diseñada para lavar los beneficios de la cocaína que viaja hacia los puertos de Europa. Bueno… todos lo sabemos, pero verlo documentado con el sello de la Interpol le da una dimensión de tragedia institucional que supera cualquier ficción que hayamos escrito antes.
Recuerdo vagamente a un colega en una redacción de Caracas, creo que se apellidaba Rivas, quien me decía que el narco de hoy ya no busca el estruendo de las armas, sino el silencio del balance contable. Honestamente, no se equivocaba. El protagonista oculto de esta historia, un hombre identificado como Julio Andrés Murillo Figueroa, era precisamente eso: un «invisible». Me contaron que lo llamaban alias H1 o El Zar, pero en el bajo mundo su apodo más revelador era simplemente «el del sushi«.
Fue capturado hace unos meses —creo que fue en febrero 2024— en una mansión de Rionegro que parecía sacada de una película, una propiedad de 6.000 millones de pesos con su propio lago privado, donde se escondía tras una fachada de respetabilidad mientras coordinaba envíos de droga hacia España.
El «Zar» y el silencio del sushi market
La arquitectura de este caso se sostiene sobre una trayectoria criminal de más de treinta años. La verdad es que Murillo no era un aparecido; se dice que sus vínculos con el negocio vienen desde los tiempos en que Pablo Escobar era el hombre más buscado del mundo. Pero a diferencia de los capos de antaño, El Zar prefería moverse entre las sombras de las sociedades comerciales y los restaurantes de lujo.
La investigación de la Dijin y las autoridades españolas apunta a que era un socio clave de Jonas Sture Falk, aquel personaje al que la prensa europea apodó como el «Pablo Escobar sueco«. Es una conexión transatlántica que utilizaba los puertos de Róterdam y Amberes como puertas de entrada para toneladas de clorhidrato de cocaína, mientras aquí en el continente los activos se multiplicaban en forma de rollos de maki y nigiris.
Me enteré de que la captura de Murillo tuvo tintes casi irónicos. A pesar de su poder, un problema de movilidad que lo obligaba a usar bastón y la compañía constante de una mascota fueron las pistas definitivas que permitieron a los agentes rastrearlo hasta Llanogrande. Es asombroso cómo la tecnología de la Interpol y la vigilancia de la policía francesa terminaron cerrando el cerco sobre un hombre que se creía intocable.
Pero lo que realmente causa una pregunta urgente es cómo una cadena con tal presencia pudo crecer sin levantar alertas en los sistemas de monitoreo hasta que fue demasiado tarde. La verdad es que el expediente ya suma 20 bienes ocupados, incluyendo sociedades que presuntamente fueron creadas para inyectar capitales ilícitos bajo la administración de terceros que servían de paraguas legal.
Honestamente, la digresión es obligatoria cuando uno piensa en el impacto humano de estos operativos. Hace un par de años, durante una escala larga en un aeropuerto, me senté a comer en un local que tenía esa misma estética minimalista y limpia de las cadenas de sushi modernas. Observaba a los empleados, jóvenes que seguramente soñaban con pagar sus estudios, moviéndose con una eficiencia mecánica.
Pensar que detrás de esa normalidad puede haber un rastro de sangre y deudas que cruzan el océano me dejó un sabor metálico en la boca. En el caso antioqueño, más de 300 trabajadores se vieron sorprendidos por la llegada de uniformados que pegaban avisos de extinción de dominio en los vidrios, mientras los comensales dejaban sus palillos sobre la mesa, sin entender que estaban siendo testigos del fin de un imperio de papel.
De los domicilios a la extinción de dominio
La defensa de los inversionistas de la marca ha sido vocal y persistente. En realidad, ellos aseguran que Murillo no es socio y que el crecimiento exponencial de la empresa, incluso durante los meses más duros de la pandemia, se debió a una estrategia agresiva de domicilios y no a la entrada de capitales sucios. «Hicimos las cosas bien», dijo uno de los socios en una entrevista que leí hace poco.
Argumentan que el cierre de un punto en Bucaramanga por falta de rentabilidad es la prueba reina de que no lavaban activos, pues un negocio ilegal nunca cerraría por falta de ganancias. Todos lo sabemos: la verdad en estos casos suele tener capas, como una cebolla que nadie quiere terminar de pelar. Sin embargo, la Fiscalía mantiene que Distrito Oriental, una empresa vinculada a un cuñado de Murillo, fue el vehículo para la expansión de la cadena.
Bueno… la situación dio un giro extraordinario en mayo de 2025. Un juez especializado decidió anular parte de los embargos impuestos por la Fiscalía, alegando falta de pruebas contundentes en algunos de los restaurantes vinculados al caso. Fue un hito asombroso que devolvió un respiro a los socios que juran inocencia, pero la sombra de alias H1 sigue proyectándose sobre los libros contables. Cuesta imaginar cómo se reconcilian 1.623 kilogramos de cocaína incautados en Huelva con la contabilidad de una cocina en Medellín. La verdad es que las investigaciones transnacionales son lentas, pesadas, y suelen dejar a su paso una estela de dudas que el tiempo rara vez logra disipar por completo.
Recuerdo haber escuchado a un técnico de la Fiscalía decir que el rastro de la droga en Europa se siente aquí en el valor del metro cuadrado de los locales. Y tiene sentido. La organización criminal a la que supuestamente pertenecía El Zar no solo dominaba el transporte, sino que se conectaba con redes de la mafia italiana y marroquí. Es un tablero de ajedrez donde cada movimiento en un puerto belga tiene su réplica en un balance comercial en Pereira o en Rionegro. En el fondo, todos queremos creer que nuestras instituciones están blindadas, pero la realidad nos golpea con la noticia de que la economía formal es, a veces, el mejor escondite para lo que no queremos ver.
El giro asombroso de la justicia
Mañana volveré a revisar los cables de la prensa española, buscando algún detalle nuevo sobre el «Pablo Escobar sueco» o las rutas invisibles que unían a Cúcuta con el viejo continente. Pero el frío de este parque ya no me deja concentrarme en la pantalla de mi teléfono. La niebla parece habérse tragado el resto de la ciudad y yo me quedo pensando en el hombre del bastón que vivía en una mansión con lago privado mientras el mundo lo llamaba «el del sushi«. La verdad es que la justicia es un rompecabezas cuyas piezas nunca terminan de encajar del todo, especialmente cuando hay 14.000 millones de razones para mantener el secreto.
El silencio del parque solo es roto por el primer trino de un pájaro oculto entre las ramas húmedas. Me pregunto si los 300 empleados que perdieron el sueño en Medellín habrán recuperado la calma tras la decisión del juez, o si la marca quedará para siempre marcada por ese estigma de la duda. Al final, lo que queda es un expediente que lo registra todo, pero que solo nos entrega verdades a medias, mientras el arroz se sigue enfriando en algún rincón de la cocina de un local intervenido.
¿Será que algún día sabremos cuántos de esos rollos de sushi fueron pagados con el silencio de los puertos europeos?
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Actualizado el 08/12/25
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