Algoritmo que decide en redes sociales y su papel en la desinformación.

El algoritmo que decide: 10.000 señales de poder revolucionario

Afuera, el frío de esta ciudad del norte se cuela por las rendijas de la ventana, trayendo un olor a asfalto húmedo y a ese invierno que nunca termina de irse. Hoy me detuve a pensar en esa mujer que dejó de seguir a su propia hija —una historia que leí hace poco— porque sus diferencias políticas se volvieron insoportables en el muro de noticias. Es el algoritmo que decide quiénes somos y a quiénes debemos amar u odiar, separándonos en burbujas de filtro donde solo escuchamos nuestro propio eco.

Son casi las cuatro de la mañana. Frente a mí, la pantalla emite un resplandor azulado que me recuerda a las noches de guardia en la redacción de Caracas, cuando el silencio solo se rompía por el tecleo frenético. La verdad es que, en el fondo, todos estamos atrapados en la misma red invisible. Ese sistema no es una entidad mística, aunque a veces lo parezca.

Es, en realidad, un conjunto de reglas matemáticas, una receta secreta que las grandes corporaciones guardan bajo llave. Pero hay grietas. Recuerdo que alguien mencionó que el motor de Facebook, por ejemplo, utiliza cerca de 10.000 señales para predecir si vas a hacer clic en una foto o si vas a ignorar un video. Son cálculos fríos. Analizan si te detuviste un segundo de más en un anuncio, con quién hablas por privado o qué grupos frecuentas. Y así, sin pedir permiso, van dibujando un mapa de tus deseos y miedos.

Y entonces aparecen los daños. Porque esto no se trata solo de ver gatitos o recetas de cocina. La salud mental de los jóvenes está en juego. Hubo un denunciante —creo que se llamaba Arturo Béjar, o algo parecido— que trabajó en Instagram y alertó sobre cómo estas plataformas ignoran la angustia emocional de los adolescentes. Honestamente, es aterrador. Me contaron que en X se han encontrado grupos de miles de usuarios promoviendo trastornos alimentarios, captando a niños de apenas trece años. El sistema los encuentra, los agrupa y les da más de lo que los está destruyendo.

El algoritmo que decide y el eco de las sombras

La verdad es que la transparencia es un lujo que no nos dan. Las empresas como TikTok o Meta no están obligadas a decirnos cómo funcionan sus entrañas. Por eso, el periodismo tiene que volverse forense. Me enteré de que unos colegas del Wall Street Journal crearon como cien cuentas falsas de TikTok para ver qué pasaba. Descubrieron que si una cuenta se quedaba mirando un video deprimente, el muro se inundaba de contenido similar en cuestión de minutos. Es una cámara de resonancia sin salida. En el fondo, el sistema busca retención, no bienestar.

Pero los creadores de contenido también saben jugar este juego. Hay redes de cuentas, algunas ubicadas en lugares como Costa de Marfil o Mali, que se dedican a copiar y pegar la misma noticia falsa una y otra vez para sembrar el caos. Lo vi en un reporte sobre desinformación en Ghana. Y las plataformas, a veces, miran hacia otro lado. Un profesor etíope perdió la vida porque en Facebook circuló odio contra él y, aunque sus colegas avisaron a la empresa, las advertencias fueron ignoradas. La burocracia digital es lenta, pero el odio corre a la velocidad de la luz.

Bueno… a veces me pregunto si nosotros, los que estamos lejos, somos más vulnerables a estas distorsiones. Me contaron de unos migrantes senegaleses que llegaron a este país guiados por lo que veían en TikTok. Creían que el alcalde de Nueva York estaba regalando millones de dólares. Era mentira, claro. Pero el video tenía millones de vistas y el sistema lo seguía promocionando porque la gente lo compartía. La desinformación es un negocio redondo para quien sabe usar las etiquetas adecuadas.

La arquitectura de la influencia profesional y el ruido

En LinkedIn las cosas funcionan distinto, o eso nos quieren hacer creer. Allí el algoritmo castiga lo que parece basura o spam al instante. Se dice que priorizan los comentarios largos, esos que parecen debates serios, por encima de los simples botones de reacción. Y la constancia es ley. Si dejas de publicar, el sistema te entierra. Es una red de profesionales, sí, pero también es una red de apariencias donde el tiempo de permanencia es la moneda de cambio. Si logras que alguien se detenga en tu texto, LinkedIn te premia mostrándote a más gente.

Pero no todo es texto. El video se ha vuelto el rey absoluto de este 2025. Facebook, Instagram con sus Reels, YouTube… todos quieren que veas videos cortos. Dicen que el entretenimiento es el gran motor del retorno de inversión. Y TikTok, bueno, TikTok es el caso más extraño. Allí no importa si tienes un millón de seguidores o si acabas de abrir la cuenta. Lo que importa es si tu video engancha en los primeros tres segundos. Si la gente lo ve hasta el final, el sistema lo lanza a la pestaña «Para ti» de medio mundo.

A veces, mientras el café se enfría en la mesa, me quedo mirando mi propio teléfono. Es una relación extraña. Todos lo sabemos, pero seguimos ahí. La tecnología optimiza todo sin inteligencia emocional, como dijo un tal Bahr que trabajó en esas oficinas. Si ves algo triste, el sistema te da más tristeza. Si buscas pelea, te da más conflicto. Es un espejo que deforma la realidad hasta que ya no reconocemos nuestra propia cara…

La verdad es que el SEO social es ahora la nueva frontera. Ya no solo buscamos en Google; buscamos en Instagram o en TikTok. Las marcas usan palabras clave y textos alternativos para que las máquinas las encuentren primero. Es una competencia por la atención que no descansa. Pinterest, por ejemplo, valora más la calidad y que guardes las imágenes que la cantidad de veces que publiques. Cada plataforma tiene su pequeña obsesión, su pequeña trampa para mantenernos pegados al cristal.

Honestamente, este exilio me ha enseñado que la verdad es lo primero que se pierde en los cables. Me hablaron de una investigación de ProPublica donde demostraron que se podían publicar anuncios en Facebook excluyendo a personas por su raza o género. La empresa dijo que lo prohibía, pero los reporteros demostraron que el sistema fallaba. Tocaron el motor y vieron que estaba roto. A veces, la única forma de saber cómo funciona el algoritmo que decide es intentar romperlo, o al menos, forzarlo a mostrar sus costuras.

Mañana volveré a revisar los datos, a buscar los nombres de los que firman y los que callan. El silencio de las tecnológicas también comunica. Queda mucho por rastrear en estas rutas invisibles del código. Al final, lo que queda es una pregunta que me persigue mientras trato de dormir: ¿quién controla realmente lo que pensamos cuando estamos solos frente a la pantalla? La luz del monitor se apaga, pero el ruido sigue ahí, vibrando en el aire frío de la habitación.

¿Somos nosotros los que usamos la red, o es la red la que nos está consumiendo poco a poco?


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

¿Tienes conocimiento de un acontecimiento? Comparte tu información aquí.

Ryan Foster
Ryan Foster

Ryan Foster investiga el poder de la tecnología sobre la democracia, la privacidad y los derechos civiles. Fue investigador en Wired y colaboró con The Markup en análisis de algoritmos, vigilancia estatal y prácticas anticompetitivas de grandes plataformas. Combina periodismo de datos, revisión de código abierto y fuentes del sector tecnológico. Estudió Ciencias de la Computación en Stanford y tiene una maestría en Periodismo de Datos de la Columbia Journalism School.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Are you human? Please solve:Captcha


Infórmate sin distracciones, ¡regístrate ya!