
Evolución comunicaciones: 150 años de un hito extraordinario

Son las tres de la mañana en este apartamento de techos bajos donde el zumbido de la nevera parece la única señal de vida en kilómetros. La evolución comunicaciones se siente extraña desde este lado del exilio, mientras sostengo un dispositivo que pesa menos de doscientos gramos pero que contiene, literalmente, todo mi mundo. La verdad es que, en el fondo, nadie piensa en el peso de la historia cuando desliza el pulgar por una pantalla de cristal líquido.
Pero hubo un tiempo, no hace tanto, en que la voz era un objeto pesado, un bloque de 1.1 kilogramos que Martin Cooper —creo que era ingeniero en Motorola, si la memoria no me falla— sostuvo frente a la mirada incrédula de los transeúntes en 1973. Aquel DynaTAC 8000X apenas permitía hablar media hora antes de morir, pero fue el primer grito de libertad frente a los cables que nos ataban a las paredes de concreto.
Antes de ese ladrillo, el silencio era la norma para quienes cruzaban fronteras. Recuerdo vagamente que alguien me contó que la primera vez que una voz cruzó el Atlántico fue en 1927, uniendo Nueva York con Londres, un milagro que hoy despachamos con un clic de WhatsApp sin pestañear. Pero el camino fue de espinas y pleitos legales.
Alexander Graham Bell, ese nombre que todos repetimos como un mantra, tuvo que correr hacia la oficina de patentes en marzo de 1876. Llegó apenas unas horas antes que un tal Elisha Gray —o Grey, nunca recuerdo bien cómo se escribía— para reclamar el invento del telégrafo armónico. Y así, por un margen de tiempo ridículo, la historia le puso su nombre a la forma en que nos escuchamos.
Pero el sistema no era perfecto. En los primeros días, si querías hablar con alguien, necesitabas que una operadora humana moviera cables en un tablero de madera. La leyenda cuenta que un hombre llamado Almon Strowger, que era enterrador y estaba convencido de que la operadora desviaba sus clientes a la competencia, decidió que las máquinas eran más honestas que las personas. Inventó el intercambio automático en 1891 y nos quitó de encima la necesidad de pedir permiso para marcar un número. Bueno… en realidad solo cambió una dependencia por otra.
De los cables de cobre al fantasma de la nube
La verdad es que la tecnología siempre tiene una cara oculta. Durante décadas, el monopolio de AT&T bajo el Compromiso Kingsbury de 1913 dictó cómo y cuándo podíamos hablar. Era una estructura masiva que solo se rompió en los años ochenta, abriendo las compuertas para que la telefonía dejara de ser analógica y se volviera digital. Fue el nacimiento de la red 2G, esa que nos trajo los mensajes de texto, pequeños telegramas de bolsillo que cambiaron nuestra forma de esperar. Y entonces llegaron los gigantes del norte, como Nokia y su modelo 3210, aparatos que parecían diseñados para sobrevivir a una guerra nuclear.
Honestamente, todos lo sabemos: el verdadero cambio no fue hablar, sino procesar. En 1994 apareció algo llamado IBM Simon, que nadie llamó smartphone en su momento, pero que ya tenía aplicaciones y una pantalla que se podía tocar con un lápiz rudimentario. Era una oficina portátil que pesaba demasiado para los bolsillos de la época. Pero marcó el precedente de que el teléfono ya no era para llamar, sino para vivir dentro de él. Luego, claro, vino ese momento en 2007 cuando Steve Jobs mostró el iPhone y nos convenció de que los teclados físicos eran piezas de museo.
En mis noches de insomnio aquí en el norte, a veces recuerdo el teléfono de disco que estaba en la sala de mi casa en Caracas. Tenía un cable enroscado que se estiraba hasta la cocina y un olor a baquelita vieja que todavía puedo evocar si cierro los ojos. Aquel aparato no sabía de nubes ni de VoIP, pero la voz de mi madre sonaba más cerca de lo que suena hoy a través de esta conexión de fibra óptica. A veces el progreso es solo una forma más sofisticada de sentir la distancia.
Evolución comunicaciones: la oficina portátil
Y hoy, en este 2024, estamos moviendo todo hacia la nube. Los sistemas heredados, esos que llaman POTS o «servicio telefónico viejo y simple», se están apagando para dar paso a infraestructuras virtuales que no ocupan lugar en el mundo físico. Las empresas ya no compran centrales telefónicas; alquilan espacio en servidores lejanos para que sus empleados puedan trabajar desde cualquier parte, incluso desde un exilio forzado. El 5G se ha vuelto el estándar, reduciendo la latencia hasta que el tiempo parece desaparecer entre un mensaje y otro.
Pero hay un precio que se paga en silencio. La evolución de las comunicaciones nos ha traído la realidad aumentada y la inteligencia artificial integrada en cada llamada, pero también el reto del reciclaje de millones de dispositivos que terminan en vertederos. Es una carrera que no se detiene, con pantallas flexibles que se doblan como papel y cámaras que ven más que el ojo humano. En el fondo, todos sabemos que el dispositivo que hoy considero mi salvación será chatarra en un par de años.
Me pregunto qué pensaría Alexander Graham Bell si viera a una persona caminando por la calle hablando con un reloj o con el aire, gracias a unos audífonos invisibles. El primer mensaje fue «Sr. Watson, venga aquí, quiero verlo». Hoy, el mensaje suele ser una foto que desaparece en diez segundos o un audio que nadie tiene tiempo de escuchar completo. La verdad es que…
La conexión es total, pero la presencia es un lujo. Mañana, cuando el sol pegue contra el vidrio de esta ventana, volveré a encender la pantalla. Revisaré si hay noticias de allá, si alguien más ha logrado cruzar, si las voces siguen siendo reales o solo datos electrónicos procesados por una IA en un centro de datos en algún lugar de Arizona. Al final, lo que nos queda es el rastro de una señal que viaja por el espacio buscando a alguien que, del otro lado, todavía quiera contestar.
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