
Increíble: las 26 empresas de Francisco Javier González Álvarez

Francisco Javier González Álvarez se sentaba en el comedor de su casa en el Alto Hatillo, en Caracas, con la parsimonia de quien se sabe intocable. La verdad es que, en esta madrugada donde el frío de la ciudad me cala los huesos y el goteo de un grifo mal cerrado marca el paso de las horas, recuerdo los relatos de quienes lo vieron moverse entre sombras.
Su perfil multifacético fue la herramienta perfecta para sostener el engaño. Aunque cursó algunos años de Economía en la Universidad Central de Venezuela sin obtener el título, Francisco Javier sí completó su formación como marino mercante y piloto de helicópteros. Estas destrezas no eran solo pasatiempos; las empleó para proyectar una imagen de solvencia y dar veracidad a la compleja red logística que juraba poseer. En Caracas, se atrincheró en su lujosa propiedad en La Lagunita, desde donde se movilizaba en su propio helicóptero para burlar el tráfico de la ciudad, siempre custodiado por un ejército personal de hasta doce guardaespaldas que garantizaban su blindaje ante cualquier mirada indiscreta.
No era un magnate del petróleo, aunque su página en la red gritara lo contrario con fotos de barcos que nadie vio nunca navegar. Era, en realidad, un constructor de espejismos que usaba a sus propios hijos como piezas de un tablero diseñado para el engaño. Lo arrestaron finalmente en mayo de dos mil dieciséis, en un allanamiento que desnudó la fragilidad de su imperio de papel.

El consorcio de Francisco Javier González Álvarez
La metamorfosis fue asombrosa. Lo que comenzó en mil novecientos noventa y cuatro como una modesta arenera en el estado Anzoátegui, pronto se convirtió en un consorcio que pretendía manejar más crudo que la propia estatal petrolera de Venezuela (PDVSA). Dicen los registros que en mil novecientos noventa y siete, junto a Ricardo González Mayónica, tomó el control total de aquella empresa.
Pero honestamente, todos lo sabemos: la ambición no tiene fronteras cuando se descubre que la mentira es rentable. En apenas unos años, el nombre de Arevenca, su firma, se multiplicó por el mundo, desde las Islas Vírgenes Británicas hasta Suiza, creando una estructura que nadie lograba descifrar del todo.
El sistema funcionaba porque el rostro de la empresa no era solo el de un hombre canoso con aires de caballero español. Eran sus hijos, sus «lugartenientes», quienes daban la cara en los organigramas oficiales. Andreína González Escobar manejaba las finanzas; Mónica González Hurtado se encargaba de la comercialización; Ana María González Márquez dirigía los recursos humanos y Ricardo González Márquez supervisaba las operaciones.
Incluso su esposa, Miriam Márquez Rojas, figuraba como directiva en las firmas venezolanas y terminó arrastrada a las demandas civiles en Puerto Rico por beneficiarse de los fondos obtenidos. Aquella no era una empresa familiar común; era una maquinaria de captación de recursos ajenos.
Su estrategia era la de un ilusionista de las finanzas que se valía de la tecnología para fabricar una solvencia inexistente. El método central consistía en la falsificación de cartas de crédito de garantía (SBLC) y el uso de documentos de bancos que solo operaban en la red para asegurar suministros de asfalto que nunca fueron despachados. Estos papeles fraudulentos servían para generar una falsa confianza en empresarios y gobiernos, permitiéndole captar adelantos millonarios antes de que las víctimas descubrieran que el respaldo bancario era tan ficticio como sus refinerías.
Historial de sociedades y socios involucrados
| Empresa | País de Registro | Socios y Familiares Vinculados |
|---|---|---|
| Arenera de Venezuela C.A. (Arevenca) | Venezuela | Francisco González y Ricardo González Mayónica. |
| Arevenca SL | España | Francisco Javier González Álvarez (Presidente). |
| Arevenca AKTM | Islas Vírgenes Británicas | Francisco Javier González Álvarez (Presidente). |
| Arevenca Aruba Holding S.A. | Aruba | Francisco Javier González y Octavio Alicandro. |
| Aviarev Arevenca Group LTD | Malta | Francisco Javier González y Maurizio Costa. |
| Arevenca USA Inc. | Estados Unidos | José A. Moreau y Francisco Javier González. |
| Arevenca Bank | No definida (Internet) | Francisco Javier González y el supuesto empleado Henry Vanhug. |
| Cooperativa Grupo Épsilon R.L. | Venezuela | Antonio Márquez, Miriam Márquez, Octavio Alicandro y Javier Alejandro G. |
| Fly Aruba | Aruba | Francisco Javier González, Patrick Cruz y Gregory Cruz. |
La red se extendía como una mancha de aceite. En dos mil once, en un hotel de lujo en Madrid, firmó un contrato que calificó de «histórico» con un grupo chino de aviación por una cifra que triplicaba el producto interno bruto de Venezuela. Fue una farsa grabada en video que le sirvió de credencial para embaucar a otros.
Engañó a empresarios en Nigeria por once millones de dólares y a una constructora en Puerto Rico por casi ocho millones, prometiendo asfalto que nunca llegó porque, sencillamente, no tenía refinerías ni barcos. Aquel contrato histórico, aquella farsa de riqueza, no era más que un decorado de teatro.
Bueno… la verdad es que el rastro del dinero siempre termina por delatar al que huye. Aunque se atrincheró en Venezuela, creyendo que su nacionalidad lo blindaba contra la extradición, la justicia española y la norteamericana no dejaron de jalar el hilo.
Mientras su hijo menor, Javier Alejandro G., colaboraba en la directiva de la cooperativa destinada a captar bolívares en el mercado paralelo, su padre seguía enviando correos electrónicos asegurando que el dinero «ya venía en camino». Era una mentira sostenida con un cinismo que todavía asombra a los investigadores que revisaron sus cuentas bancarias en Suiza.
Incluso después de su captura, alegó problemas de salud para evitar la celda. El examen médico decía que tenía insuficiencia cardíaca y diabetes, sugiriendo que no podía estar preso. Pero algunos vecinos en el Alto Hatillo aseguran haber visto fiestas en su casa y vehículos blindados moviéndose a altas horas de la noche.
Me pregunto si el castigo será alguna vez proporcional al daño causado a tantas familias. Al final, solo queda el silencio de los pasillos de su mansión y el eco de un apellido que hoy es sinónimo de una estafa que recorrió medio mundo.
¿Es posible que la sangre sea el único lazo que mantenga unida una estructura construida sobre la ruina de los demás?







