Introduce tu email abajo y únete a nuestro boletín informativo

Lavado de activos: el caso Sushi Market que sacudió a Colombia

Julio Andrés Murillo Figueroa no vive aquí. O sí, pero no en la forma en que uno piensa. Su nombre ahora anda suelto, como una mancha en una pared, como algo que se repite en actas, en sellos judiciales, en los silencios de los abogados cuando el juez pregunta por el origen de los fondos. Su rostro no está en carteles de “se busca”, pero su huella sí: veinte inmuebles, once mil trescientos millones de pesos, y varios locales de Sushi Market con las persianas bajadas, como si el negocio hubiera decidido, de pronto, dejar de respirar.

La policía allanó. La fiscalía incautó. El sistema financiero parpadeó.

Pero no fue un choque. Fue una extinción. De dominio, dicen. Como si el título de propiedad se pudiera morir, como si el papel se pudiera cansar de mentir.

Y no fue solo un caso. Fue un recordatorio: el lavado no entra por la puerta. Se filtra. Se posa. Se acomoda entre los recibos, entre los contratos, entre los planes de expansión de empresas que, por fuera, parecen saludables. Sushi Market dijo que todo venía del auge de los domicilios en pandemia. Y quizás sí. Pero también es cierto que el dinero negro sabe adaptarse, sabe disfrazarse de éxito, sabe oler cuándo un modelo de negocio se vuelve invisible. ¿Quién va a cuestionar unas ventas por delivery que suben sin parar?

La UIAF, mientras tanto, recibe seiscientas alertas al año. Seiscientas veces que alguien dice: esto huele mal. Seiscientas voces susurrando en el silencio burocrático. Nada espectacular. Nada de helicópteros, no siempre. A veces es solo un analista frente a una pantalla, moviendo líneas entre cuentas, viendo cómo el dinero da vueltas como un perro viejo antes de acostarse.

Y las formas… las formas son predecibles, pero efectivas.

Hay quien lava con ladrillos. Quien compra, vende, sobrevalúa, construye, todo en círculos, como si los apartamentos fueran contadores invisibles de dinero sucio. Hay quien prefiere obras de arte, donde el valor es lo que digas que es, donde nadie pregunta por qué ese cuadro costó dos millones si el artista nunca expuso. Hay quien pasa por las fundaciones, dona lo que nunca tuvo, y luego retira como si fuera un préstamo de Dios.

El dinero, claro, odia el rastro. Por eso adora los bares de la medianoche, los casinos donde todo es fichas, los hoteles con huéspedes que nunca descansan. Allí, el efectivo se multiplica en manos ajenas, se borra en recibos borrados. O se va al extranjero: importaciones, exportaciones, cajas que pesan menos que el valor que declaran. Hay contenedores que salen llenos de aire y entran llenos de cifras.

Y luego están los contratistas. Compañías que no tienen oficina, solo un nombre. Que facturan por servicios que nadie vio. Empleados de papel. Nombres en listas que no cobran, pero cuyos pagos existen. Dinero que fluye hacia fantasmas.

Santiago Hernández, de Tusdatos.co, dijo algo parecido a que saber esto no salva, pero ayuda. Algo como: si no miras, te usan. No como cómplice, sino como vehículo. Y no, no se trata de paranoia. Se trata de que el sistema permite que cualquiera, cualquier negocio medianamente formal, termine siendo el contenedor perfecto.

Todo suena a ficción. Hasta que te enteras de que, en Colombia, esto no es nuevo, no es nuevo. Hasta que piensas en otras cadenas, otros negocios limpios con fachadas brillantes, con apps, con promociones, con influencers comiendo sushi en locales que tal vez fueron financiados con cocaína.

¿Por qué ahora? Porque alguien cayó. Porque esta vez las piezas encajaron. Pero no es la primera vez que el submundo toca el sector formal. Es solo que ahora lo vimos.

Y los que no aparecen… los que no están en los comunicados, en los registros, en los juicios… ¿quién los nombra? ¿Quiénes son los testaferros que firmaron los papeles, los que dijeron “sí, claro, soy socio”, sin saber que un día la extinción de dominio también apagará su nombre?

Basta con que un eslabón se rompa para que todo el cable aflore. Pero el resto sigue allí. Enredado. Sigiloso. Comiendo sushi en otro lado.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

Si tienes detalles adicionales, comunícalos aquí.

Dustin Wallace
Dustin Wallace

Dustin Wallace investiga abusos de poder en gobiernos estatales y federales, con enfoque en contratos opacos, sobornos y desvío de fondos públicos. Fue parte del equipo de investigación del Los Angeles Times y ha colaborado con ProPublica. Usa solicitudes FOIA, análisis financiero y fuentes internas verificadas. Estudió Ciencias Políticas en la University of Chicago y tiene una maestría en Periodismo de Investigación de Columbia University.

Infórmate sin distracciones, ¡regístrate ya!