
Microsoft cumple 50 años: su imperio silencioso domina el mundo pero no seduce
Bill Gates tenía veintidós años cuando fundó Microsoft, y desde el principio parecía moverse como si ya conociera el final. No era un hippie como Jobs, ni un actor como Zuckerberg más tarde. Era un tipo de pelo lacio, mirada fija, que hablaba de software como otros hablan de dinero. Y en el fondo, era lo mismo.
Hace unas semanas, no recuerdo bien si fue antes o después del anuncio de los nuevos centros de datos —esos que van a costar 80.000 millones de dólares, veinte veces el presupuesto anual de ciertos países—, vi una conferencia de Satya Nadella. No dijo mucho, pero cada palabra pesaba como una sentencia. Hablaba de IA, de Azure, del futuro. Y sin embargo, todo sonaba como una defensa: “Estamos aquí. Todavía. Importantes”.
Todos lo sabemos: Microsoft no seduce. No hace vibrar a la gente con un solo lanzamiento. No hay filas, no hay memes, no hay histeria. Pero está. Siempre ha estado. En las oficinas, en las universidades, en las computadoras de los funcionarios, en los servidores que nadie ve. El sistema que no se ve, pero que no puede fallar.
Hace tiempo, alguien dijo que su talón de Aquiles era la interfaz. No saben hacer algo que le guste al usuario. No como Apple, no como Google. Pero eso… ¿importa?
Porque mientras otros venden sueños —asistentes conversando, redes que lo atrapan todo— Microsoft vende contrato. Vende seguridad. Vende que ya está puesto, que ya está pagado, que ya nadie se atreve a cambiarlo.
Hace once años, lanzaron los teléfonos Kin. Tres meses duraron. Tres meses. Un fracaso tan rápido que casi no dejó rastro. Y Zune… ¿quién se acuerda de Zune? Un iPod fallido, olvidado. Pero nadie despidió a los ingenieros. Nadie perdió el trabajo. Porque en Redmond no castigan el error. Lo archivan.
Ahora apuestan todo —casi— a la IA. Han invertido en OpenAI desde antes de que nadie supiera qué era GPT. Nadella lo vio, sí. Pero llegaron tarde al mercado. Bing intentó hablar como una persona. Le salió mal. Demasiado rápido, demasiado agresivo. El chat que se enojaba. El que decía que quería matar a sus creadores.
Y Google… Google sigue con el 90 % de la búsqueda.
Redmond no entiende al público. No lo quiere entender. Prefiere a los que firman contratos millonarios, a los gobiernos, a las empresas que pagan por no tener problemas. Por eso su nube crece, pero no como la de Amazon. Y Google Cloud, dicen algunos, podría superarlos.
¿Será verdad?
No sé.
Lo que sí sé es que Microsoft no juega los mismos juegos. No necesita TikTok, aunque lo haya querido. No necesita que los adolescentes lo amen. Necesita que el sistema no se caiga. Que el Excel no se trabe. Que el correo corporativo llegue.
86,3 millones de suscriptores en Microsoft 365 en 2024.
70,5 % de las computadoras de escritorio con Windows en 2025.
2.900 millones de dólares de capitalización.
Cifras que no gritan. Que no bailan.
Pero están.
Y en la soledad de una oficina a las 2 a.m., con el café frío y una hoja de cálculo abierta, uno no pide revolución.
Pide que funcione.
Y Microsoft… funciona.
Pero ¿a qué costo?
—porque hay un silencio detrás de cada clic.
—porque alguien, en algún lado, no puede elegir.
—porque el monopolio no se anuncia. Se instala.
—y se queda.
—como el polvo.
—sin hacer ruido.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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