El metaverso en riesgo cuando la protección de datos y la privacidad fallan.

Metaverso en riesgo: el auténtico precio de 3 billones

Afuera, el viento de esta madrugada en Washington D.C. silba entre los edificios con una agresividad que me hace extrañar el vapor caliente del asfalto tras un aguacero en los valles del Tuy. Son las tres y media de la mañana y el único calor en esta habitación proviene del transformador de mi computadora, un zumbido eléctrico que parece un eco de los servidores que hoy procesan nuestra vida entera.

La verdad es que, en el fondo, todos compramos aquel sueño de Neal Stephenson sobre una realidad paralela, pero hoy, al revisar las últimas de noticias, entiendo que el metaverso en riesgo no es solo un tropiezo técnico, sino una grieta profunda en la infraestructura de lo que nos prometieron como el sucesor de la red. Mientras los informes de Analysis Group aseguran que esta plataforma podría inyectar 3 billones de dólares al Producto Interno Bruto mundial en apenas una década, la realidad física nos está devolviendo un golpe seco en la cara.

Honestamente, cuesta digerir las cifras cuando los edificios virtuales están vacíos. Recuerdo vagamente haber leído que Meta Horizon, ese buque insignia de Zuckerberg, apenas lograba retener algo así como 200.000 usuarios activos mensuales a finales de 2022, cuando su propia meta interna era alcanzar el medio millón en su primer año.

Bueno… la paradoja es que nos venden un mercado de 800.000 millones de dólares para 2030, pero la gente que entra una vez a esos mundos, a menudo, no vuelve a cruzar el portal en el mes siguiente. Es una soledad digital que asusta, especialmente cuando piensas en los miles de millones invertidos en comprar parcelas de aire que hoy nadie quiere caminar.

La arquitectura de este sueño, la verdad sea dicha, se sostiene sobre un castillo de naipes computacional. Me contaron que el fabricante de chips Intel ya lanzó la advertencia definitiva: necesitamos multiplicar por mil nuestra capacidad de cómputo colectiva para que el metaverso sea realmente esa experiencia persistente y masiva que vemos en los comerciales. Y no es solo un asunto de procesadores. La verdad es que el cuerpo humano tiene sus propios límites; los médicos ya han documentado las llamadas «ciber-molestias«, esas náuseas y mareos que ocurren porque el ojo ve movimiento pero el oído interno le dice al cerebro que estamos sentados en un sofá de ocho metros cuadrados.

El metaverso en riesgo ante la sed de datos

La verdad es que las redes blockchain, que nos vendieron como la bandera de la libertad y la descentralización, son hoy el principal dolor de cabeza para los reguladores en Europa. En el fondo, el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) se basa en que usted tiene derecho a ser olvidado, a que sus datos se borren; pero la cadena de bloques, por su propia naturaleza inmutable, se niega a olvidar nada.

He visto reportes sobre una demanda colectiva contra OpenAI por algo así como 3.000 millones de dólares, precisamente por utilizar datos personales sin permiso para alimentar algoritmos que no saben lo que es la privacidad. Es un escenario donde su identidad digital puede terminar secuestrada en un registro público para siempre.

Y luego está el asunto de la propiedad, esa ilusión de ser dueño de un «terreno» o de una camisa digital. La verdad es que, al aceptar esos contratos de licencia de mil páginas que nadie lee, usted solo recibe una licencia revocable e intransferible. Si la empresa decide que usted violó una norma, o simplemente si cierran el servidor porque el negocio ya no es rentable, su «propiedad» se evapora sin que haya un tribunal en el mundo real que le devuelva su dinero. Es el modelo del «jardín amurallado«, donde las Big Tech controlan hasta el aire que respira su avatar para asegurarse de que usted no se lleve sus activos a otra plataforma.

Bueno… a veces me pregunto si no estamos construyendo un rascacielos de cristal sobre un suelo de barro movedizo. En América Latina se dice que esta tecnología creará un entorno económico de 320.000 millones de dólares, el 5% del PIB regional, pero me pregunto cuántas escuelas en Petare o en las zonas rurales de México podrán pagar los 600 dólares que cuesta un casco Oculus Quest 3 solo para entrar a una clase virtual. Es una brecha de conocimiento que solo se va a profundizar, creando ciudadanos de primera y de segunda en un universo que se suponía que no tendría fronteras.

El muro de silicio y la trampa de la inmersión

Recuerdo a un viejo profesor de informática en la Universidad Central, creo que se apellidaba Mariscal, que decía que las tecnologías solo triunfan cuando se vuelven invisibles. El metaverso hoy es todo lo contrario: es pesado, es caro y es incómodo de llevar en la cara durante más de una hora.

Las grandes marcas como Gucci o Balenciaga están experimentando, lanzando ropa digital que cuesta fortunas en plataformas como Roblox o Fortnite, pero en realidad es puro aprendizaje, un «test & learn» para ver qué logran pescar en la billetera de la generación Z. La verdad es que estamos en la etapa de las webs textuales en HTML, intentando imaginar un mundo que todavía no tiene cables que lo sostengan.

Incluso el derecho de autor está en un limbo total. ¿De quién es la obra que genera una inteligencia artificial dentro de un mundo virtual? El Tribunal Supremo ya ha dicho en otros contextos que el plagio es una actividad mecánica, pero demostrar que un algoritmo «robó» un trazo de una imagen entre miles de millones de referencias es una tarea que los abogados llaman una prueba diabólica. Los artistas están viendo cómo sus ingresos se ponen en peligro mientras las tecnológicas se escudan en que solo están buscando «patrones» y «tendencias».

Honestamente, este exilio me ha enseñado a desconfiar de las promesas que no tienen un ancla en la tierra. Mañana volveré a revisar los informes sobre el PERTE Chip o sobre el Hexa-X financiado por la Unión Europea, buscando una señal de que el 6G realmente podrá darnos la velocidad necesaria para 2030. Pero el silencio de mi habitación solo se rompe por el parpadeo de este cursor, ese pequeño pulso de luz que parece preguntarme si realmente vale la pena construir una segunda realidad cuando la primera se nos está deshaciendo entre los dedos.

La verdad es que…

Al final, lo que queda es la imagen de ese padre y su hija pescando en un lago virtual de Meta Horizon, a miles de kilómetros el uno del otro, mientras en el mundo físico el agua es cada vez más un lujo. Quizás la pregunta no es si el metaverso es el futuro, sino cuánto de nuestro presente estamos dispuestos a sacrificar para habitarlo. El radiador ha dejado de sonar y el frío vuelve a morder las paredes de este estudio. Mañana habrá más promesas de «Metanomics» y mundos persistentes, pero la duda me persigue mientras apago el monitor: ¿en qué momento dejamos de mejorar el mundo real para intentar escapar de él por un puerto USB?

La luz de la pantalla se apaga.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Ryan Foster
Ryan Foster

Ryan Foster investiga el poder de la tecnología sobre la democracia, la privacidad y los derechos civiles. Fue investigador en Wired y colaboró con The Markup en análisis de algoritmos, vigilancia estatal y prácticas anticompetitivas de grandes plataformas. Combina periodismo de datos, revisión de código abierto y fuentes del sector tecnológico. Estudió Ciencias de la Computación en Stanford y tiene una maestría en Periodismo de Datos de la Columbia Journalism School.

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