Impacto de la tecnología que contamina y la minería de litio.

Tecnología que contamina: el asombroso rastro de 700.000 litros

Afuera, la luz amarilla de un poste parpadea con una insistencia nerviosa, proyectando sombras largas y flacas sobre el callejón mojado por la lluvia de esta noche. Son pasadas las tres de la mañana y el silencio de este apartamento en el norte es tan denso que casi puedo escuchar el zumbido eléctrico de mi propia computadora procesando cables de noticias.

La verdad es que, en el fondo, todos nos hemos creído ese cuento de que lo digital es etéreo, una nube inmaculada que no pesa y no huele, pero la tecnologia que contamina no necesita chimeneas para herir al planeta.

Me quedo mirando la pantalla y recuerdo el olor a tierra mojada de los valles del Tuy, allá en Venezuela, una fragancia que hoy parece un lujo de otro siglo mientras reviso informes que dicen que hemos cruzado siete de los nueve límites que permitían la vida segura en esta roca que llamamos hogar. Cada clic, cada búsqueda perezosa en el navegador, deja una cicatriz que nadie ve pero que todos estamos pagando con el agua que ya empieza a faltar.

La paradoja es casi insoportable, de esas que te quitan el sueño. Estamos usando el ingenio más avanzado para intentar salvarnos de una crisis climática, pero ese mismo ingenio nos está secando por dentro de una forma que pocos se atreven a publicar. Creo que leí en un informe de la Universitat Ramon Llull que entrenar un modelo de lenguaje grande, algo como el GPT-3, consume cerca de 700.000 litros de agua dulce.

Es una cifra que marea. Equivale a lo que costaría fabricar unos 320 vehículos eléctricos de esos que nos venden como la salvación del aire. Y eso es solo el inicio, el bautismo de fuego del algoritmo. Cuando usted le pide a un chatbot que le resuma un libro o le escriba un poema, el sistema se «bebe» medio litro de agua fresca para refrigerar los servidores solo para darle unas diez respuestas.

Honestamente, es difícil no sentir un escalofrío al pensar que nuestra curiosidad digital está compitiendo directamente con el agua potable de comunidades que ni siquiera tienen un enchufe cerca.

Pero el hambre de estos centros de datos no solo es hídrica. La infraestructura detrás de nuestra vida conectada es un monstruo que devora energía sin descanso. Para finales de 2022, el consumo eléctrico de estos templos del silicio alcanzó los 460 teravatios.

Si esos centros fueran un país, serían el undécimo consumidor más grande del planeta, sentados a la mesa con potencias como Francia o Arabia Saudita. Lo más inquietante es que el cálculo necesario para entrenar los sistemas de inteligencia artificial más potentes se está duplicando cada 3,4 meses.

Es una carrera armamentista tecnológica donde la eficiencia, aunque mejora cada cierto tiempo, no puede alcanzar el ritmo de una demanda desbocada que ya está obligando a reabrir plantas nucleares viejas, como Three Mile Island, solo para alimentar los sueños de Microsoft.

La arquitectura de la tecnología que contamina y el fuego del silicio

La verdad es que la fabricación de cada microchip, esa pieza que parece insignificante pero que hoy domina la geopolítica mundial, requiere volúmenes de agua ultrapura comparables a los que consume una ciudad entera. En este exilio he aprendido que las noticias que no se cuentan son las que más dicen sobre quién tiene el poder.

Me enteré de que en el norte de Virginia, el nodo de datos más grande del mundo, las empresas tienen que esperar hasta siete años solo para poder conectarse a la red eléctrica. No es una crisis logística; es una crisis de diseño estructural.

Pero la verdad es que los gigantes del norte, esos que nos vendieron un futuro inmaculado, se están ahogando en su propio código. He visto informes que aseguran que las emisiones de Google subieron casi un 50% en estos últimos cinco años —un desastre, honestamente— porque la inteligencia artificial tiene un hambre eléctrica que no perdona promesas de «cero neto». Y mientras tanto, nosotros seguimos aquí, deslizando el dedo por pantallas que todos sabemos que terminarán en un basurero en menos de lo que tarda en gastarse una batería. Es esa inercia ciega de usar y tirar la que nos tiene….

Ese ciclo de «comprar, usar y tirar» es el motor que mantiene viva esta máquina de basura. La verdad es que, cada año, lanzamos al olvido 50 millones de toneladas de chatarra que ya no sirve, una cifra que Naciones Unidas proyecta que trepará hasta los 120 millones para mitad de siglo si no frenamos este impulso de comprar y tirar.

Esos restos de la tecnología que contamina terminan, en su mayoría, pudriéndose bajo tierra porque apenas reciclamos una quinta parte de lo que desechamos. Son venenos que no mueren, componentes que no saben degradarse y que se quedan ahí, filtrando su toxicidad en el suelo que pisamos durante cientos de años. A veces, mientras el café se enfría en esta mesa, me pregunto si el suelo que dejé atrás en Caracas tendrá la misma sed de justicia que este asfalto frío de aquí….

Solo reciclamos adecuadamente el 20% de esos desechos. El resto termina en vertederos informales, a menudo en el sur global, donde el plomo y el arsénico se convierten en el pan de cada día para quienes intentan recuperar un poco de metal valioso para sobrevivir. En realidad, la obsolescencia programada no es un error de ingeniería; es una característica deliberada para seguir abriendo las billeteras de los clientes a costa de la salud del ecosistema.

A veces me pregunto si no estaremos construyendo un rascacielos de cristal sobre un suelo de barro movedizo. La minería necesaria para la famosa «transición verde» es otra cara de esta moneda amarga. Pero luego está la promesa del coche eléctrico, que para verse impecable requiere unos 200 kilogramos de minerales, multiplicando por seis la necesidad de materiales de un motor convencional.

El costo real se paga en el silencio del desierto de Atacama, en Chile, donde evaporan 2.000 toneladas de agua solo para extraer una tonelada de litio. Es una de las regiones más áridas de la tierra y la estamos secando para que en las ciudades del norte se pueda respirar un poco mejor. La verdad es que el progreso tiene una geografía muy desigual. O algo así me dijo una vez un geólogo que conocí en una cantina de San Cristóbal, creo que se llamaba Rivas, o algo parecido….

El bumerán de la transición y el olvido circular

Y luego está el asunto de los minerales críticos, esa especie de petróleo nuevo que ahora mueve el mundo. La verdad es que casi todo el cobalto, creo que el 70%, sale de la República Democrática del Congo, de agujeros donde la historia siempre termina en abusos que prefiero no detallar esta noche. Pero el daño no se detiene en la boca de la mina; es algo más profundo, una cicatriz que viaja por toda la cadena de suministro hasta volverse invisible en los centros de datos. Bueno, al final, siempre hay alguien que paga el precio del progreso en silencio….

Alrededor de un 9% de estas represas de desechos mineros están sentadas, casi por capricho, en zonas protegidas o de una biodiversidad que asusta por su fragilidad. Todos recordamos —o quizás solo lo hacemos quienes rastreamos tragedias— lo que pasó en Brumadinho hace unos años, creo que en 2019, cuando el lodo mató a unas 270 personas en un parpadeo. Fueron 12 millones de metros cúbicos de residuos tóxicos borrando la vida en segundos. Ese es el precio de sangre y barro que no viene impreso en la caja del último teléfono inteligente.

Honestamente, el mercado del reciclaje atraviesa dificultades serias porque a menudo es más barato extraer material virgen de la tierra que recuperar el que ya está en la «mina urbana» de nuestros desechos. En Europa intentan imponer leyes como el «Derecho a Reparar«, buscando que las cosas duren más, pero la resistencia de los fabricantes es feroz.

Usan piezas quebradizas, actualizaciones de software que vuelven lentos a los aparatos viejos o reparaciones que cuestan más que comprar uno nuevo. Me contaron que hasta los cartuchos de impresora tienen chips que los desactivan antes de que se acabe la tinta. No hay una razón técnica real para eso, solo la urgencia de mantener el flujo de caja a cualquier costo ambiental.

En este complejo escenario, la OCDE y otras organizaciones internacionales intentan establecer manuales de debida diligencia para que las empresas se hagan responsables de sus cadenas de suministro. Pero la verdad es que el control de estos minerales hoy es lo que el petróleo fue para el siglo XX: una herramienta de poder y un foco de corrupción que la ley apenas logra rozar.

El PERTE Chip en España, por ejemplo, intenta movilizar miles de millones para que la fabricación de semiconductores no sea un proceso de usar y tirar, buscando recuperar metales de alto valor que ya están dentro de sus fronteras. Es un esfuerzo loable, pero se siente como un susurro frente al rugido de una industria que necesita producir 50 millones de toneladas de cobre para 2035 para no colapsar.

Mañana volveré a encender la pantalla, a testificar sobre estas rutas invisibles del silicio, el agua y el cobalto. El radiador de la habitación ha dejado de sonar y el frío empieza a morder de nuevo. Me quedo mirando el parpadeo del cursor, ese pequeño pulso de luz que parece preguntarme si realmente vale la pena todo este progreso si al final no quedará un río limpio donde mirarnos la cara.

Quizás la pregunta no es si podemos seguir innovando, sino cuánto daño podemos permitirnos antes de que el entorno sea totalmente irreparable. Al final, lo que nos queda es la evidencia de una montaña de chatarra electrónica que crece bajo la sombra de una nube que nunca fue tan blanca como nos prometieron en los comerciales.

La luz del monitor se apaga.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Ryan Foster
Ryan Foster

Ryan Foster investiga el poder de la tecnología sobre la democracia, la privacidad y los derechos civiles. Fue investigador en Wired y colaboró con The Markup en análisis de algoritmos, vigilancia estatal y prácticas anticompetitivas de grandes plataformas. Combina periodismo de datos, revisión de código abierto y fuentes del sector tecnológico. Estudió Ciencias de la Computación en Stanford y tiene una maestría en Periodismo de Datos de la Columbia Journalism School.

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