
Microsoft cumple 50: el líder de los 3 billones de dólares

Afuera, la lluvia de Seattle golpea el vidrio con una cadencia monótona, casi mecánica, como si el cielo mismo estuviera procesando un código antiguo. Son las tres de la mañana y el olor a café recalentado inunda este pequeño estudio donde trato de darle sentido a una historia que ya tiene medio siglo. La verdad es que, mientras microsoft cumple 50, miro esa foto vieja de 1975 y me pregunto si esos dos muchachos en Albuquerque, con sus lentes gruesos, sabían que estaban redactando nuestro destino.
Eran solo Bill Gates y Paul Allen, con una ambición que hoy parece una profecía. Cuesta digerir que aquel pequeño inicio sea ahora un gigante de tres billones de dólares. Hoy, bajo Satya Nadella, nos quieren convencer de que la inteligencia artificial es esa compañía indispensable que no sabíamos que necesitábamos.
Todo empezó con un lenguaje de programación para una computadora que casi nadie tenía. Pero la visión era clara: una computadora en cada escritorio y en cada hogar. Bueno… en realidad, esa frase se convirtió en el mantra que devoró el mercado. Recuerdo vagamente que alguien me contó que el MS-DOS fue el primer gran golpe de suerte, o de genio, que luego mutó en ese Windows que hoy corre en el 70,5% de las computadoras del mundo.
Es una cifra que marea. Imagina que siete de cada diez personas que están tecleando ahora mismo, ya sea en una oficina en Caracas o en un rascacielos en Zúrich, lo hacen sobre la estructura que estos dos amigos levantaron hace cinco décadas.
Pero no todo fue un camino de rosas. La verdad es que la empresa tiene esa imagen de ser «aburrida», como dicen algunos analistas por ahí, pero esa parsimonia es la que la ha hecho ridículamente rentable. Con una capitalización de mercado que roza los 3 billones de dólares, solo Apple le respira en la nuca. Es un gigante que camina lento pero que aplasta. Y aunque nunca lograron seducir al gran público con la misma pasión que un iPhone, todos lo sabemos: sin su software de oficina, el mundo simplemente dejaría de trabajar. Excel y Word son el lenguaje universal de la burocracia y la productividad, por mucho que la competencia intente asomarse.
El peso de los tres billones y el rastro de Redmond
La historia de esta compañía también es la historia de sus cicatrices. Nadie llega a los cincuenta sin unos cuantos fiascos en el armario. Me pareció leer en algún reporte que el navegador Internet Explorer, ese que todos usamos alguna vez para descargar otro navegador, llegó a tener el 95% del mercado en 2003 antes de ser retirado por sus problemas de seguridad. Y qué decir de los teléfonos. Recuerdo aquel modelo, el Kin, que creo que duró apenas un par de semanas —bueno, tres meses, me corrige la memoria— antes de ser cancelado. Fue uno de esos momentos donde perdieron el tren de la telefonía móvil, un error que Steve Ballmer todavía debe recordar en sus pesadillas.
Pero la resiliencia es su verdadera marca de fábrica. Cuando parecía que se quedaban atrás, encontraron en la nube un pulmón de acero. Azure hoy controla el 21% del mercado global, solo por detrás de Amazon. Es un negocio de computación remota que genera montañas de dinero en silencio, mientras nosotros seguimos pensando que solo hacen sistemas operativos. Y es precisamente esa infraestructura la que hoy sostiene su apuesta más arriesgada y costosa. Se dice que planean gastar unos 80.000 millones de dólares solo en construir centros de datos y servidores para la nueva generación de tecnología que nos prometen.
En el fondo, la empresa ha sabido mutar. Ya no es solo la compañía de las ventanas. Es LinkedIn, es Xbox, es Activision Blizzard. Es un ecosistema que se filtra en tu tiempo de ocio y en tu red profesional. Pero la interfaz de usuario sigue siendo su talón de Aquiles, esa incapacidad de ser «atractiva» para el consumidor final que prefiere las redes sociales más vibrantes o los teléfonos más solicitados. Sin embargo, en el mundo de los grandes sistemas corporativos, ellos siguen siendo el rey indiscutible, el socio en el que las grandes organizaciones confían sus datos más preciados.
Microsoft cumple 50: la carrera por la inteligencia artificial
Ahora el reto tiene otro nombre. La inteligencia artificial generativa se ha vuelto la obsesión de Redmond. Me contaron que Satya Nadella vio el potencial antes que nadie y puso el dinero en OpenAI incluso antes de que ChatGPT fuera una estrella. Fue una jugada maestra que tomó desprevenida a la competencia en California. Pero la verdad es que el rediseño de Bing, ese motor de búsqueda que intentó desafiar a Google, terminó siendo un pequeño fracaso. Google sigue controlando el 90% de las búsquedas, y alguien me decía, no recuerdo bien quién, que Microsoft todavía tiene un retraso porque no fabrica sus propios chips para estos modelos.
Aun así, la integración de Copilot en todas sus herramientas es una apuesta por la productividad revolucionaria. Quieren que la IA nos ayude a escribir correos, a resumir reuniones en Teams y a diseñar presentaciones sin mover un dedo. Es una transformación profunda que busca que volvamos a depender de ellos de una forma nueva. En Suiza, por ejemplo, donde abrieron oficina en 1989 con apenas dos personas, hoy tienen mil empleados y colaboran con las universidades más prestigiosas para investigar en computación espacial. Han pasado de ser un vendedor de cajas de software a ser un socio estratégico para la economía digital de naciones enteras.
Y no es solo software. La inversión en infraestructura es masiva. Esos 80.000 millones que mencioné antes son para que los servidores rugan con la potencia necesaria para procesar billones de datos. Es una carrera armamentista tecnológica donde el que tenga más potencia de cómputo dictará las reglas del futuro. Catrin Hinkel, que creo que es la jefa allá en Suiza, enfatizaba hace poco que la gente solo usa la tecnología cuando confía en ella. Y ganar esa confianza, después de cinco décadas de dominio, multas antimonopolio y fiascos de seguridad, es una tarea titánica que no se resuelve solo con dinero.
Del MS-DOS a la nube: las cicatrices de una innovación constante
Bueno… la verdad es que mi primera computadora allá en Caracas tenía ese logo de Windows 95 que tardaba una eternidad en cargar mientras el módem hacía ese ruido infernal de conexión. En aquel entonces, Microsoft era el centro del universo. Hoy, en este exilio donde las noticias vuelan por cables submarinos y nubes invisibles, me doy cuenta de que han sobrevivido a tres CEOs y a varias revoluciones tecnológicas. De Gates a Ballmer, y de Ballmer a Nadella, la empresa ha pasado de las interfaces toscas a la inteligencia artificial predictiva. Es un viaje de cincuenta años que refleja la evolución misma de nuestra especie digital.
A veces me pregunto qué pensará Paul Allen, donde quiera que esté, al ver que su visión de una computadora en cada hogar se quedó corta. Hoy no tenemos computadoras en los hogares; nosotros mismos somos nodos de una red controlada por sus servidores. El Office 365, que ahora llaman Microsoft 365, tiene más de 86 millones de suscriptores que pagan religiosamente cada mes por el derecho a usar sus herramientas. Es un modelo de suscripción que salvó a la compañía de la irrelevancia y la convirtió en una máquina de generar flujo de caja constante.
Al final, cuando la luz de la pantalla es lo único que ilumina esta habitación, entiendo que no celebramos solo un aniversario corporativo. Testificamos la persistencia de una idea que nació en Albuquerque y que hoy decide cómo se mueven los capitales en Wall Street. Mañana despertaremos y volveremos a encender sus sistemas, a confiar nuestras tareas a su inteligencia artificial y a alimentar, con cada clic, ese imperio de los tres billones de dólares.
¿Podrá la IA salvarlos de volver a ser percibidos como esa empresa «aburrida» o simplemente los hará más indispensables y, por ende, más invisibles? La lluvia no para y el cursor sigue parpadeando, esperando una respuesta que quizás tarde otros cincuenta años en llegar.
Microsoft celebra su historia, pero su mirada está puesta en el código que aún no se ha escrito.
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