
Reconocido rastro de Diosdado Cabello y 25 millones

Estoy apoyado contra la pared de metal frío en una lavandería de Silver Spring, Maryland, viendo cómo la ropa da vueltas en un ciclo infinito que parece no llegar a ninguna parte. El olor a detergente barato y el calor húmedo de las secadoras me nublan los vidrios de los lentes, pero no logran borrar la imagen que vi esta mañana en el portal de NTN24. Es una fotografía que desafía cualquier lógica que hayamos aprendido en las redacciones de Caracas: John Barrett, el enviado de Washington, sosteniéndole el brazo a Diosdado Cabello durante la despedida de unos rescatistas.
Es un choque visual que te deja sin aire. Ver al hombre por quien se ofrecen 25 millones de dólares de recompensa —una cifra que muerde cualquier noción de justicia— convertido ahora en la pieza necesaria para que los escombros de los terremotos de junio no terminen de sepultar lo que queda de país. No informo sobre esto para llenar un espacio en blanco; lo hago para testificar sobre la fragilidad de una transición que parece haber cambiado de verdugo pero no de métodos.
Aquel hombre, que ahora camina por Caracas inspeccionando unidades armadas y declarando una «calma» que solo existe en los boletines oficiales, carga sobre sus hombros un rastro que comenzó mucho antes de que se inventara el término «narcoterrorismo«. Recuerdo haber revisado los archivos de InSight Crime, donde se explica que el nombre del Cartel de los Soles nació por allá en 1993, por las estrellas doradas en las charreteras de generales como Guillén Dávila.
Desde entonces, la estructura ha mutado hasta convertirse en una red que, según el Departamento de Justicia de Estados Unidos, convirtió al Estado en un muelle de carga para la cocaína. Honestamente, el pragmatismo que hoy exhibe la administración de Donald Trump, tras la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero de 2026, sabe a una traición cocinada a fuego lento para evitar que Venezuela termine como el desastre de Irak o Afganistán.
La desconfianza se nos quedó grabada en la piel. No podíamos ignorar los testimonios de Leasmy Salazar, aquel jefe de seguridad que huyó para contar cómo su jefe manejaba los hilos del tráfico de drogas. Aquello derivó en una demanda por difamación contra el Wall Street Journal en 2015, un proceso en el que el funcionario intentó usar las cortes estadounidenses como un escudo de respetabilidad, aunque al final la justicia de Nueva York le cerró la puerta. Hoy, esa misma figura es el «enforcer» que mantiene el orden interno bajo un gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez, una alianza que muchos vemos con una sospecha que no cabe en un titular.
El rastro de Diosdado Cabello en el tablero de la transición
Lo que más me duele de este recuento es recordar la frialdad de las cifras. Los terremotos del 24 de junio dejaron una herida que todavía supura: más de 50.000 vidas perdidas, muchas de ellas no por el sismo en sí, sino por una respuesta estatal que pareció más interesada en proteger secretos que en desenterrar cuerpos. Hay reportes periodísticos, como los de Carlos Salazar, que mencionan el ocultamiento de unos 250 millones de dólares en efectivo en apartamentos que funcionaban como «caletas» en las zonas afectadas.
Es asombroso ver videos de maquinaria pesada retirando cajas fuertes en La Guaira mientras las familias denuncian que la policía les impide el paso a los rescatistas extranjeros. Me pregunto cuánta de esa plata, esos billetes de 100 dólares que los oficiales buscaban entre las ruinas, es la que hoy aceita los engranajes de esta estabilidad negociada.
En realidad, el control que ejerce este antiguo oficial del ejército sobre los organismos de inteligencia y los colectivos es lo que lo ha vuelto «indispensable» para Washington. Esos grupos de civiles armados, que durante décadas fueron la punta de lanza de la represión sistemática, ahora patrullan las calles y manejan los puestos de control bajo sus órdenes directas. Organizaciones internacionales y misiones de la ONU han documentado durante años las torturas y ejecuciones extrajudiciales vinculadas a este mando, pero en el nuevo plan de Marco Rubio para estabilizar el sector petrolero y abrirlo a empresas occidentales, parece que el historial de sangre es un costo que están dispuestos a ignorar.
Incluso dentro del chavismo, la dinámica ha cambiado de forma radical. Diosdado Cabello ha dejado atrás su retórica incendiaria contra el «imperio» para adoptar un perfil moderado que incita a la cooperación. Es un juego de espejos donde el hombre más buscado de la DEA se sienta a coordinar labores humanitarias con representantes del Comando Sur.
Sin embargo, la situación jurídica no ha cambiado ni un milímetro: la recompensa de 25 millones sigue vigente y las sanciones de la OFAC mantienen bloqueados sus bienes y los de su círculo íntimo, incluyendo a su hermano David y su esposa Marleny Contreras. Me parece estar viendo todavía los documentos que mencionan propiedades en Florida y Nueva York vinculadas a su presunto testaferro, Rafael Sarria, que hoy son simples fichas en una mesa de negociación global.
Las sombras tras el pragmatismo y los 25 millones
Me detengo un momento a sacar la ropa de la secadora y siento el calor del vapor en la cara. Es difícil procesar que, mientras el régimen cierra el espacio aéreo para impedir que figuras como María Corina Machado regresen al país, el Departamento de Estado guarde un silencio que suena a beneplácito. Washington ha llegado a sugerir que el retorno de la líder opositora sería «contraproducente» en este momento de emergencia. Es la vieja doctrina del mal menor: prefieren entenderse con el «hijo de puta» conocido que arriesgarse a un vacío de poder que descontrole las fuerzas armadas.
Aquel hombre, que participó en el fallido golpe de 1992 y que brevemente ocupó la presidencia en 2002, sabe perfectamente que su supervivencia depende de ser el único capaz de garantizar que Caracas no estalle. Por eso inspecciona unidades armadas frente a las cámaras, asegurando que el país está en «paz y tranquilidad» mientras hombres armados corean consignas de lealtad.
Pero es una paz de cementerio, construida sobre el silencio de las víctimas de la represión y el hambre de quienes ven cómo los militares saquean el dinero oculto en los edificios colapsados. El rastro de los 25 millones está grabado en cada cartel de la DEA, pero en el terreno, el poder se ejerce con el cinismo de quien se sabe, por ahora, bajo el ala protectora del pragmatismo ajeno.
Me pregunto si alguna vez dejaremos de ser rehenes de estos pactos de medianoche. Sigo aquí, doblando camisas en esta lavandería de Maryland, pensando en que la historia de Venezuela es una frase que siempre se corta antes de llegar al punto final. La transición prolongada que busca la administración Trump para evitar el colapso total es, en el fondo, una condena a seguir viviendo bajo la sombra de los mismos nombres que nos rompieron el futuro.
El rastro de la impunidad sigue ahí, camuflado bajo un apretón de manos diplomático que pretende hacernos olvidar que la verdad todavía está enterrada bajo los escombros de La Guaira y en los expedientes de narcotráfico que nadie se atreve a cerrar por completo. El ciclo de la ropa termina y recojo mis cosas, sabiendo que mañana la foto de Barrett y Diosdado Cabello seguirá ahí, recordándonos el precio que se paga cuando la libertad se cambia por una estabilidad de papel, mientras millones nos preguntamos: Diosdado pá cuando???
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