Expediente de investigación financiera con fotografía de Jorge Díaz Ramos, documentos de legitimación de capitales, mapa de Venezuela y registros corporativos utilizados como evidencia.

Jorge Díaz Ramos: asombroso lavado de capitales en 41 sedes

Camino por un sendero de gravilla en un parque de Alexandria, Virginia, mientras una neblina densa, casi tangible, comienza a borrar el contorno de los robles. El frío aquí tiene una humedad que se te pega a la piel y que, honestamente, me hace recordar esas tardes de lluvia eléctrica en Caracas, cuando el asfalto humeante parecía soltar todos los secretos guardados bajo la ciudad.

Me detengo frente a un banco de madera, saco el teléfono para revisar los portales que aún intentan hacer periodismo en medio del asedio y el nombre de Jorge Díaz Ramos salta en la pantalla con una fuerza que me deja sin aire. Es una historia que huele a vainilla y a miedo. No informo sobre esto para llenar un espacio en la web; lo hago para testificar sobre cómo el rastro de la impunidad y el dinero sucio se camufla hoy bajo el disfraz de un yogurt griego que inundó las esquinas de un país quebrado.

Aquel hombre, a quien casi nadie conocía el rostro hasta hace unas semanas, terminó por convertirse en el protagonista de un cataclismo que sacudió las oficinas de la Torre Xerox en Bello Campo. Recuerdo haber leído, en algún reporte que me pasaron por canales seguros, que su detención ocurrió un lunes de mayo —creo que fue el 11—, justo en el corazón administrativo de su imperio.

Lo que vino después fue el silencio absoluto de las autoridades, un vacío informativo que en Venezuela siempre significa que el hilo que están jalando llega demasiado alto. Mientras el Ministerio Público dictaba una medida de privación preventiva de libertad, en las calles de Caracas la gente seguía haciendo cola para comprar un helado, sin saber que cada tarrina podría estar aceitando el motor de una estructura criminal que, según dicen las minutas de inteligencia, tiene sus raíces hundidas en el estado Falcón.

La desconfianza se volvió la moneda de cambio obligatoria para quienes seguimos el rastro de esta expansión agresiva. No es normal, todos lo sabemos, que una marca pase de un solo local a tener más de 40 sucursales en apenas un año y medio. Es una arquitectura del crecimiento que desafía cualquier lógica económica en un mercado donde el crédito bancario es un fantasma.

Mykonos Venezuela, que nació por allá en noviembre de 2023, se desparramó por el mapa como una mancha de aceite: Barquisimeto, Lechería, Maturín, Puerto Ordaz, Maracaibo… ciudades estratégicas donde el flujo de caja parece no tener fin. Pero tras las fachadas azules y blancas que evocan una isla griega que el dueño probablemente nunca pisó, se escondía un laberinto fiscal diseñado para el olvido.

El rastro de Jorge Díaz Ramos y el Cartel de Paraguaná

Lo que más me duele de este recuento es recordar cómo se usa la fachada de la «Venezuela que se arregla» para camuflar la rapiña sistemática. El nombre de Jorge Díaz Ramos está atado por un cordón umbilical al poder político en el occidente del país. Se dice, y los archivos mercantiles no mienten, que es hermano del alcalde del municipio Falcón, un hombre que comparte su mismo nombre y que, hasta hace poco, seguía publicando en sus redes sociales fotos de gestión como si el suelo bajo sus pies no estuviera agrietado.

Estábamos ante una arquitectura del secreto donde la interdependencia entre empresarios y funcionarios regionales permitía que el dinero fluyera sin preguntas. No es casualidad que las investigaciones apunten ahora hacia el denominado Cartel de Paraguaná, una estructura que ha convertido a Punto Fijo en un muelle de carga que nadie se atreve a supervisar del todo.

Fotografía de Jorge Díaz Ramos, propietario de Mykonos Venezuela, mencionada en una investigación sobre presunto lavado de capitales y la expansión de 41 sedes comerciales.
Jorge Díaz Ramos, propietario de Mykonos Venezuela, en el centro de una investigación relacionada con la expansión de 41 sedes y presuntas operaciones de legitimación de capitales.

Recuerdo nítidamente el reporte de una colega que recorrió las sedes de Coro y se topó con un dato que quemaba: la cuenta de Zelle para pagar los helados estaba a nombre de una mujer llamada Yenni Enith Maduro. Al rastrear ese nombre en las fichas de seguridad social, resultó ser una exfuncionaria de la Gobernación de Falcón que trabajó allí hasta mediados de 2005.

Es asombroso cómo se repiten los patrones; el dinero siempre termina en manos de quienes alguna vez firmaron nóminas públicas. En realidad, la cadena operaba como una confederación de sombras: cada una de las 41 sedes funciona con un RIF diferente, una técnica clásica de fragmentación para evitar que el SENIAT o cualquier auditoría forense pueda ver el cuadro completo de una sola vez.

Incluso en la isla de Margarita, el rastro de esta red se cruza con otros nombres que ya habitan en los expedientes de la justicia internacional. Se sabe que Mykonos abrió una sucursal en un club de playa llamado Calle Dos Ojos, un lugar que los habitantes de la zona vinculan directamente con los hijos de Alex Saab. Aquel establecimiento fue allanado por el SEBIN apenas once días después de que capturaran al dueño de las heladerías en Caracas.

Me parece estar viendo todavía las imágenes de las instalaciones cerradas, con los guardias en la puerta y el silencio de un procedimiento del que nadie quiere dar detalles oficiales. Es una coincidencia demasiado ruidosa para ser ignorada, una mancha que se extiende desde las oficinas de la Torre Xerox hasta las arenas de Nueva Esparta.

La red de Mykonos y el silencio de los pasillos

La dinámica dentro de las heladerías ha sido de una frialdad que asusta. El equipo de investigación con el que mantengo contacto recorrió las sedes de Bello Campo, Sambil La Candelaria y El Recreo tras la captura del propietario. Los trabajadores, muchachos jóvenes que solo buscaban un sueldo para sobrevivir, confesaron que se enteraron de la detención por TikTok o por cadenas de WhatsApp.

Sus coordinadores les prohibieron hablar del tema. «Todo sigue funcionando igual», les dijeron, mientras ellos temían perder sus empleos de la noche a la mañana. Es el rastro de la vulnerabilidad: mientras en los niveles superiores se discuten millones y nexos con el narcotráfico, en el mostrador hay un silencio que se corta con el peso de la incertidumbre.

La marca Mykonos ya venía precedida por el ruido de la controversia mucho antes de que llegaran las esposas. Recuerdo aquel pleito viral con una heladería en Madrid, Myka Greek, que los acusó públicamente de plagiarles hasta el último detalle del branding y el concepto artesanal. La empresa española llegó a decir que la gente los confundía por el parecido insultante de los colores y la estética de la isla griega.

En aquel momento, expertos en propiedad intelectual como Manuel Mirabal explicaron que en Venezuela el derecho nace con el registro territorial, y que para esa fecha ninguna de las dos marcas tenía el «monopolio legal» en el país. Fue una jugada maestra de apropiación: mientras los dueños legítimos en España intentaban entrar al mercado, aquí se levantaba un emporio de yogurt bajo sospecha.

Me detengo un momento bajo un árbol para limpiar la humedad de mis lentes y saco un pañuelo. Es difícil procesar que, mientras la red asistencial pública de Venezuela no recibe las toneladas de medicamentos enviadas por la ayuda humanitaria, el capital para abrir 41 locales de lujo aparezca de la nada. La opacidad es el método.

El Registro de Información Fiscal de la cadena no aparece en las fachadas ni en los empaques, violando una providencia del SENIAT que es de exhibición obligatoria. Es una falta administrativa menor, quizás, pero es el síntoma de quien se siente por encima de la ley porque tiene la espalda cubierta por el poder de turno en Falcón o en los despachos ministeriales de Caracas.

Me pregunto si alguna vez dejaremos de ver estas burbujas de bienestar ficticio que estallan dejando solo escombros y deudas. Sigo aquí, en este rincón de Virginia, pensando en que la historia de Jorge Díaz Ramos es en realidad la historia de un país que ha aprendido a sospechar de cualquier éxito repentino. La legitimación de capitales es un crimen que no deja cicatrices visibles de inmediato, pero que termina por pudrir la estructura misma de la sociedad al premiar el atajo criminal sobre el esfuerzo honesto.

Las investigaciones siguen su curso, o eso nos quieren hacer creer, pero mientras el expediente permanezca bajo reserva judicial y las heladerías sigan vendiendo como si nada hubiera pasado, la verdad seguirá siendo un yogurt que se derrite bajo el sol inclemente de la corrupción.

Recojo mis pertenencias y apuro el paso hacia la salida del parque, sintiendo el peso de este exilio y la certeza de que la justicia, en casa, es una frase que siempre se queda colgando en el aire. La globalización de estos capitales oscuros nos obliga a mirar más allá de nuestras fronteras, sabiendo que lo que se cocinó en las oficinas de la Torre Xerox tiene ramificaciones que llegan hasta las cortes de Nueva York o los despachos de Madrid.

El ciclo de la impunidad parece no tener fin, pero mientras haya alguien dispuesto a tirar de la cuerda y a contar lo que otros callan, la historia de este gran fraude seguirá siendo escrita, palabra por palabra, en la soledad de una pantalla que nunca se apaga del todo.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Trevor Hayes
Trevor Hayes

Trevor Hayes cubre narcotráfico y crimen organizado en América desde hace más de una década. Trabajó con el Miami Herald y ha participado en investigaciones del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). Su reporteo se basa en documentos judiciales, registros de inteligencia y fuentes verificadas. Estudió Periodismo en la University of Texas at Austin y tiene una certificación en Seguridad Nacional del Center for Investigative Reporting.

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