
David Merino Quintana: asombroso fin de un fraude de 3.000 millones

Estoy sentada en un banco de plástico frío en la terminal de autobuses de Union Station, en Washington D.C., viendo cómo el vapor de la humedad veraniega empaña los grandes ventanales mientras el olor a ozono de los frenos y a comida rápida recalentada se mezcla en el ambiente. Mientras espero la llegada del Greyhound que me llevará hacia el sur, deslizo los dedos por la pantalla de mi tableta y me detengo en la noticia que ha estado circulando por los grupos de Telegram de exiliados y estafados: la captura final de David Merino Quintana.
No informo sobre esto para que alguien guarde una fecha en su memoria; lo hago para testificar sobre cómo un hombre que se hacía llamar a sí mismo «un humilde ratón de las inversiones» terminó construyendo un imperio de espejismos que hoy deja un agujero de más de 460 millones de euros y una estela de 60.000 víctimas repartidas por 30 países. Es una historia de ambición que muerde, especialmente cuando uno recuerda a tantos conocidos en Caracas que, desesperados por la hiperinflación, terminaron entregando sus últimos ahorros a plataformas que prometían rentabilidades imposibles.
Aquel nombre, el de este canario nacido en Las Palmas, hoy se asocia a una arquitectura del engaño que perfeccionó durante una década. Antes de que FX Winning colapsara, Merino ya había transitado por los pasillos de otras estafas célebres como Bitcoin X, Coin Diamond y el nefasto Airbit Club, donde se le veía salir de limusinas en Dubái bajo una mística de éxito que, honestamente, era solo el brillo del dinero ajeno.
Su ascenso como CEO y cofundador de Arbistar, junto a personajes como Diego Felipe Fernández y Silvia Franch, marcó el inicio de una fase mucho más agresiva del fraude cripto en España. En realidad, todos sabíamos que esas rentabilidades de doble dígito eran un veneno, pero la sofisticación de sus bots y la ilusión de la inteligencia artificial fueron un combustible demasiado potente para quienes soñaban con una salida fácil de la precariedad.
La desconfianza se volvió mi único equipaje cuando empecé a rastrear su conexión con figuras aún más oscuras del bajo mundo. Recuerdo haber leído, en medio de una noche insomne en un motel de carretera, sobre la absorción de una entidad llamada Perso Hybrid Bank por parte de Frequency, otra de las empresas donde Merino ejercía como vicepresidente. Aquella maniobra no era solo una expansión comercial, sino el intento de ocultar el rastro de Jocsan Octavio Pérez Soto, alias Jocsan Perso.
Este individuo, que se presentaba como un «master trader» rehabilitado, cargaba con un pasado que todavía hoy estremece: había sido detenido en Tijuana por allá en 2013 con más de tres kilos de cristal, una carga que representaba unas 34.100 dosis valuadas en casi dos millones de pesos. El hecho de que Merino intentara lavar la imagen de un hombre vinculado al narcotráfico para captar más víctimas es una muestra clara de que para ellos el poder no tenía límites éticos.
El rastro de David Merino Quintana entre limusinas y diamantes
Lo que más me duele de este recuento es recordar la frialdad con la que se despojaba a la gente de su futuro. No se trataba de errores de mercado, sino de un diseño sistemático donde el dinero de los nuevos usuarios servía únicamente para pagar los intereses de los antiguos y costear las compras de Merino en la joyería Tiffany de Nueva York.
Estábamos ante una arquitectura del secreto donde sociedades satélite como We Are Turbo, MAM o The Secrets Tours servían para desplazar capitales entre Estonia, Reino Unido y Estados Unidos, diluyendo el rastro de miles de bitcoins. Para cuando FX Winning se convirtió en su «obra magna» en 2020, Merino ya era un graduado con honores en la universidad de las estafas piramidales, buscando socios de su misma calaña como el mexicano Theo Zúñiga.
La dinámica del mando en FX Winning fue de una opacidad absoluta. Mientras Theo Zúñiga se encargaba de la captación masiva en México —donde hubo víctimas que perdieron hasta 1,5 millones de pesos—, Merino operaba desde las sombras en Las Palmas, utilizando a un tal Juan Faber Ezequiel como su testaferro y títere principal. El gancho era un broker propio, una plataforma chafa que simulaba gráficos y saldos crecientes mediante un software trucado.
Recuerdo a un colega que me decía que la gente se quedaba como hipnotizada viendo cómo los números subían en la pantalla, sin saber que todo era una animación visual y que su dinero real ya estaba en las cuentas personales de los líderes. En el fondo, todos querían creer en el milagro, y Merino sabía perfectamente cómo alimentar esa fe.
Incluso en los momentos de mayor tensión, la arrogancia de este grupo no conoció fronteras. Cuando el estafador Javier Viosca cayó preso, fue el propio Merino quien apareció de la nada, usando una empresa fantasma de apenas 3.000 euros de capital, para depositar un millón de euros y pagar la fianza de su colega. Aquel movimiento levantó todas las alarmas de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil.
Poco después, Viosca aparecería muerto en un supuesto suicidio, y Merino, lejos de amedrentarse, se fue de compras a Miami para adquirir dos rascacielos exclusivos por casi 10 millones de dólares. Me parece estar viendo todavía ese video donde se presentaba ante un agente inmobiliario como un «emprendedor» exitoso, con una sonrisa que hoy sabemos que costó la ruina de miles de familias.
La caída de David Merino Quintana en el laberinto de Dubái
Hubo un momento, a principios de 2023, en que el cable finalmente se rompió. La base de la pirámide dejó de crecer y los retiros se bloquearon en todo el mundo, desatando una marea de denuncias que la Audiencia Nacional ya no pudo ignorar. Mientras sus socios Juan Faber y Robin Tasilo eran capturados, Merino hizo lo que mejor sabía hacer: huir hacia el refugio dorado de Dubái.
Permaneció oculto durante tres años, moviéndose entre rascacielos y centros comerciales, hasta que cometió el error de reaparecer en YouTube intentando hacerse la víctima y culpando a otros por el desastre. Aquella declaración, lejos de salvarlo, fue el rastro definitivo que permitió a los agentes españoles, desplazados hasta los Emiratos Árabes, localizarlo y ponerle las esposas en un centro comercial el pasado primero de junio de 2026.
La tragedia de este caso tiene nombres y apellidos que no aparecen en los balances financieros. Pienso en Silvia Franch, la antigua aliada de Merino en Arbistar y FXTV Global, quien también formó parte de este círculo de confianza que ahora se desmorona bajo el peso de las investigaciones por blanqueo de capitales.
La UCO ha sido clara: Merino era el principal ideólogo, el hombre que conocía las «ventanas de oportunidad» de los paraísos fiscales y que planificaba cada detalle, desde la selección de los traders hasta el diseño de los tutoriales de inversión. Hoy, mientras espera su extradición en una prisión de los Emiratos Árabes, enfrenta cargos que podrían llevarlo a pasar hasta 30 años tras las rejas, una sentencia que muchos estafados ven como el único consuelo posible frente a sus ahorros perdidos.
Me pregunto si alguna vez dejaremos de ser rehenes de estos mesías digitales que prometen el paraíso en una billetera electrónica. Sigo aquí, en la estación de autobuses, viendo cómo la gente corre para no perder su transporte, pensando en que la historia de la caída de este imperio es en realidad la historia de nuestra propia vulnerabilidad.
El caso de Jocsan Perso y su fallida reinserción a través de la estafa financiera es un recordatorio de que los círculos de la criminalidad se cierran siempre sobre sí mismos. Quizás, al final del día, todos somos simples pasajeros en un sistema que permite que estos «ratones» se conviertan en gigantes a costa del silencio y la esperanza de los demás. Recojo mi maleta y camino hacia el andén, sabiendo que la verdad de lo que ocurrió en esas oficinas de coworking todavía está siendo desenterrada en archivos que muchos preferirían haber quemado.
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