
El algoritmo que decide qué vemos: el poder oculto de las redes
Ella desliza el pulgar. Una, otra, otra vez. No busca nada. No espera nada. Solo desliza. Como si el gesto ya no perteneciera a sus dedos, sino a un reflejo que le ocurre desde afuera. Su nombre no importa. Podría ser cualquier persona en cualquier punto del mapa que respira aire contaminado de scroll infinito. Yo la vi ayer, sentada en un portal de Miami, zapatos desgastados, mochila vieja, pantalla iluminando el rostro. No reía. No lloraba. Solo navegaba.
Y pensaba: nadie nos dijo que esto iba a ser así. Que las redes, que empezaron como ventanas, se volverían trampas invisibles. Que las fotos de sus primos en el exterior, las bromas del amigo de la infancia, los videos de perros bailando, todo eso terminaría ordenado no por el tiempo, no por quién es más cercano, sino por un sistema que nadie ve, que nadie entiende, pero que decide, todos los días, qué merece ser visto y qué debe desaparecer.
Hace unas semanas, hablando con un técnico en una cafetería de Bogotá —creo que se llamaba Andrés, o Alejandro, no recuerdo bien—, me dijo algo así como: “No es que el algoritmo es malo. Es que fue diseñado para que no pienses”. No lo dijo con maldad. Lo dijo con cansancio. Como quien lleva años intentando explicar que el aire ya no es aire.
En Facebook, por ejemplo, lo que ves no es lo que publicaron. Es lo que ellos, desde Meta, creen que debes ver. Porque interactúas más con ciertos rostros. Porque das más likes a ciertos tonos de voz, a ciertos colores, a ciertos dramas. No es casual
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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