Hacinamiento Carcelario, Narcotráfico en prisiones de Culiacán y el uso de drones.

Hacinamiento carcelario: el extraordinario drama de 2025

El zumbido del ventilador aquí en mi rincón de Texas suena como un enjambre de insectos metálicos, una distracción necesaria para no perderme en el silencio de este exilio que a veces pesa más que la propia distancia. Hacinamiento carcelario es la frase que aparece en los reportes técnicos, pero para nosotros, los que hemos visto de cerca cómo se pudren las instituciones en el sur, es apenas un eufemismo para describir el infierno.

La verdad es que, cuando uno lee que en México el 65% de las cárceles estatales están bajo el mando de grupos criminales, entiende que la soberanía del Estado termina donde empieza el primer muro de hormigón y alambre de púas. Es un despojo extraordinario de la autoridad pública en favor de quienes, desde una celda, siguen dictando sentencias de muerte en las calles de Guadalajara o Monterrey.

Bueno… todos lo sabemos, pero la cifra de 31.379 personas amontonadas en espacios diseñados para apenas 25.000 en Ecuador es la receta perfecta para el desastre. No es solo que falten camas o que la comida llegue fría; es que esa presión humana, esa falta de aire y de dignidad, es el combustible que alimenta las masacres que dejaron más de 300 muertos en un solo año. Honestamente, me pregunto cuántos de esos muchachos que murieron decapitados en la Penitenciaría del Litoral estaban allí solo por un error administrativo o por esperar una boleta de excarcelación que nunca cruzó el umbral de la guardia.

El laberinto del hacinamiento carcelario

La verdad es que las cárceles han dejado de ser lugares de rehabilitación para convertirse en centros de comando de transnacionales del crimen que operan con la precisión de una relojería suiza. En Brasil, el Primer Comando de la Capital (PCC) no nació en los barrios ricos, sino en los pasillos hacinados de una prisión de São Paulo, expandiéndose como un virus hasta controlar rutas en Paraguay y Bolivia. Y en Venezuela, pasamos de las teorías a la realidad más cruda con Tocorón, donde el Tren de Aragua construyó una discoteca, un casino y hasta un zoológico mientras exportaba sicarios y tratantes de personas a toda la región.

Pero el problema se agrava cuando el sistema judicial, en un ejercicio de pereza o de crueldad sistémica, abusa de la prisión preventiva como si fuera el único remedio para la inseguridad. En México, por ejemplo, el 40% de los presos no tiene una sentencia condenatoria; son sombras que esperan años en un limbo jurídico mientras comparten celda con líderes de carteles que los reclutan por pura necesidad de supervivencia. Es un ciclo de delincuencia que no se detiene, porque metemos gente para estar tranquilos y esa misma gente vuelve a la sociedad habiendo aprendido crímenes mucho más complejos en lo que los expertos llaman «escuelas del crimen».

Recuerdo una vez, hace años en Caracas, el olor rancio de la sopa en la puerta de una retén policial, esa mezcla de sudor, humedad y desesperanza que se queda pegada en la ropa mucho después de haber salido. En este exilio, ese aroma me vuelve a veces cuando el café se me quema en la cocina, recordándome que el desprecio por la vida de los presos es el primer paso para el desprecio por la vida de todos nosotros. Y es que, en el fondo, la crisis carcelaria es el espejo de nuestra propia degradación política, un síntoma de una epidemia silenciosa que ya no cabe bajo la alfombra.

Geografía del despojo y el secreto

Si miramos el mapa de América Latina, el panorama es aterrador: Bolivia tiene una sobrepoblación del 264%, Guatemala del 258% y Perú del 132%. Son países donde la capacidad de albergue es una broma pesada frente a la realidad de miles de personas apiladas en celdas donde apenas hay espacio para respirar. Y aunque nos digan que la «mano dura» es la solución, la experiencia en la región demuestra que esa estrategia suele volverse un bumerán que termina golpeando a los ciudadanos más vulnerables.

La delincuencia organizada pone en peligro no solo a los internos, sino también al personal penitenciario que se encuentra en una inferioridad numérica ridícula, vulnerable a la intimidación o a la corrupción por unos cuantos dólares. El contrabando de teléfonos móviles y drogas inunda las celdas, permitiendo que la comunicación con las redes externas nunca se corte, orquestando golpes y fraudes desde la seguridad de un penal de máxima seguridad. Todos lo sabemos: la cárcel no es el fin del camino para el narco, es simplemente una oficina con un poco más de vigilancia… pero solo si no tienes dinero para comprar al guardia de turno.

En Ecuador, el gobierno ha intentado reducir el gasto público recortando las partidas para el sistema carcelario, lo que ha provocado una precarización extraordinaria de los recursos y ha fomentado que las bandas se hagan cargo de lo que el Estado abandonó. Las requisas periódicas revelan lo que ya es un secreto a voces: armas de fuego, granadas, celulares y hasta dosis de sustancias ilícitas que entran por las mismas puertas donde deberían entrar los programas de rehabilitación. Es una infraestructura de la impunidad que se alimenta del silencio y de la falta de una política integral que entienda que la seguridad no es solo encerrar gente, sino saber a quién encerramos y para qué.

El silencio de las rejas rotas

Me pregunto si alguna vez dejaremos de contar masacres para empezar a contar personas rehabilitadas. La verdad es que el sistema actual, enfocado solo en el castigo y el desprecio, es el que permite que personajes como «Fito» se escapen de cárceles que supuestamente eran inexpugnables, desatando olas de violencia que paralizan naciones enteras. El hacinamiento carcelario no es solo un problema de arquitectura o de metros cuadrados; es un fracaso moral que nos dice mucho más de los que estamos afuera que de los que están adentro.

Y mientras el monitor parpadea en la oscuridad de esta noche tejana, me llega la noticia de que otro motín ha estallado en algún lugar del sur, con nombres que mañana serán olvidados y cifras que se sumarán a una estadística que ya nadie lee. Al final, lo que queda es esa imagen rota de un mundo donde la autoridad es un algoritmo o un fajo de billetes, y donde el derecho a la vida se detiene ante el sonido metálico de una celda que se cierra.

Bueno… alguien me dijo una vez que la libertad no es la ausencia de rejas, sino la presencia de justicia, pero sospecho que esa es una verdad que todavía no ha logrado escalar los muros de nuestras prisiones. Porque si no logramos desmantelar este ecosistema del crimen complejo, seguiremos siendo rehenes de una realidad que nos devora desde adentro.

Y entonces, cuando el último guardia confirma que la cuenta está completa y el silencio vuelve a los pasillos…


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Trevor Hayes
Trevor Hayes

Trevor Hayes cubre narcotráfico y crimen organizado en América desde hace más de una década. Trabajó con el Miami Herald y ha participado en investigaciones del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). Su reporteo se basa en documentos judiciales, registros de inteligencia y fuentes verificadas. Estudió Periodismo en la University of Texas at Austin y tiene una certificación en Seguridad Nacional del Center for Investigative Reporting.

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