Hackean Marruecos expone datos de 70.000 agentes de seguridad e inteligencia

Hackean Marruecos: el auténtico desborde de 70.000 espías

El silbato agudo de una locomotora de cercanías rasga la densa niebla gris en la estación Back Bay de Boston, mientras una llovizna fría y constante golpea los viejos rieles de acero. Sentado en un banco de madera de la sala de espera, sintiendo el aire húmedo pegarse a mi abrigo de lana gastado, leo las pantallas informativas de mi tableta. Los cables de prensa revelan el sismo cibernético del momento: confirman que Hackean Marruecos de forma masiva, exponiendo las tripas de un sistema de seguridad considerado impenetrable. Para un periodista venezolano desterrado por registrar abusos de poder, esta filtración digital tiene un eco familiar de complicidades secretas.

Para comprender la verdadera escala de este sismo tecnológico, resulta necesario retroceder a los primeros meses de 2025. En realidad, el reino alauí y Argelia arrastran décadas de hostilidad geopolítica profunda, una herida abierta alimentada por la disputa territorial del Sáhara Occidental, donde el gobierno argelino apoya activamente al Frente Polisario y a los saharauis. En medio de esta tensa frontera de arena y espías, irrumpió en los foros de la red un misterioso colectivo autodenominado Jabaroot. Su nombre, que en su etimología original significa algo así como «el todopoderoso«, no identifica a un solo individuo, sino a una red de activistas informáticos resueltos a vengar presuntos ataques digitales previos de Rabat.

El primer gran golpe de este colectivo se concretó de manera espectacular el 8 de abril de 2025. Aquel día, el misterioso grupo publicó un gigantesco paquete de información confidencial extraído directamente de los servidores centrales de la Caja Nacional de Seguridad Social de Marruecos. El botín digital contenía unos 53.000 archivos con registros patronales, detalles contables, números bancarios y datos personales de cerca de medio millón de corporaciones comerciales y casi dos millones de trabajadores activos en el país. El gobierno alauí se vio forzado a reconocer de inmediato el asalto a sus bases de datos, aunque se apresuró a advertir que parte del material difundido en la red podría estar manipulado.

Sin embargo, firmas internacionales de ciberseguridad analizaron minuciosamente los bloques de datos filtrados y determinaron que el inmenso volumen de información empresarial, identificaciones y salarios era plenamente auténtico. Jabaroot comenzó a ganar una asombrosa credibilidad en los círculos de inteligencia europeos, demostrando que no eran simples aficionados operando desde un sótano. Durante los meses posteriores, el grupo continuó filtrando información de forma sistemática en Telegram, exponiendo listados de bienes raíces de altos funcionarios, transacciones sospechosas de ministros y hasta datos de personas cercanas a los palacios reales. En el fondo, el poder del Estado estaba desnudo ante el ciberespacio.

La crisis de seguridad escaló hasta convertirse en un terremoto político mundial a finales de julio de 2026. Aquel 30 de julio la valla fronteriza de Ceuta sencillamente se evaporó. Más de ochenta mil personas avanzaron de golpe hacia territorio español en una marea humana que las patrullas marroquíes contemplaron de brazos cruzados. Con las fuerzas españolas totalmente desbordadas y temiendo una tragedia colectiva, se optó por abrir los accesos de par en par. Mientras la tensión política subía de tono en Madrid, la Moncloa se apresuró a ensayar una explicación de emergencia: responsabilizaron de todo a supuestas campañas de desinformación y mentiras orquestadas por mafias de tráfico humano en redes sociales.

La respuesta de Jabaroot no tardó en llegar para desmentir la narrativa oficial de Madrid y Rabat de forma categórica. El colectivo acusó directamente al aparato de seguridad marroquí de haber orquestado de forma deliberada la masiva incursión en la frontera española como un mecanismo asombroso de presión política contra el ejecutivo de Pedro Sánchez. Detrás de esta invasión controlada, según el grupo de hackers, estarían las mentes de Abdellatif Hammouchi, jefe indiscutible de la inteligencia interior marroquí y de la policía, y de Fouad Ali El Himma, considerado por los expertos como uno de los hombres más poderosos del entorno directo del monarca Mohamed VI.

A pesar de la gravedad de la acusación, las cancillerías europeas exigían pruebas de las misiones antes de emitir algún pronunciamiento diplomático. La respuesta del grupo de activistas digitales fue asombrosamente fría: el 18 de agosto publicaron las identidades completas, fechas de nacimiento e historiales de servicio de una veintena de agentes secretos de contrainteligencia. Asimismo, lanzaron un ultimátum en Telegram, amenazando con divulgar una inmensa base de datos que contenía las fichas de unos 70.000 integrantes de los cuerpos policiales y de inteligencia del reino alauí si las autoridades de Rabat continuaban negando la autoría estatal de la crisis en Ceuta.

La crisis secreta que estalla cuando Hackean Marruecos

El ultimátum digital se cumplió de forma exacta el 24 de agosto de 2026, sacudiendo los cimientos de los servicios de seguridad del norte de África. Varios archivos comprimidos aparecieron de golpe en internet con más de 70.000 registros detallados de miembros de la Dirección General de Vigilancia del Territorio (DGST) y de la policía nacional marroquí. Las listas contenían nombres de pila, identificaciones internas, rangos militares, números administrativos individuales y los años correspondientes a su incorporación al servicio de la corona. Aunque los analistas constataron que la inmensa mayoría de las fichas correspondían a oficiales de la policía nacional, la exposición representó un golpe reputacional insólito.

Diversas agencias de inteligencia de Europa iniciaron un análisis forense de los archivos, obteniendo resultados positivos sobre la veracidad de la mayoría de los nombres, a pesar de que algunos datos operativos parecían ligeramente desactualizados o reciclados de filtraciones menores del pasado. El verdadero nerviosismo, no obstante, radica en la promesa de Jabaroot de difundir copias de las órdenes escritas de misión de los agentes marroquíes que viajaron a Fnideq, la localidad vecina conocida en España como Castillejos. Si estos documentos logran ver la luz, España tendría un argumento jurídico incuestionable para exigir explicaciones por una violación de soberanía.

Honestamente, el tablero de ajedrez geopolítico del Estrecho de Gibraltar esconde secretos profundos. Jabaroot ha sugerido que el monarca Mohamed VI fue mantenido al margen de la planificación de la marcha sobre Ceuta por su círculo inmediato de asesores, quienes presuntamente mantuvieron informados en todo momento a los servicios de inteligencia de los Estados Unidos e Israel. Esta asombrosa revelación retrata la fragilidad de una monarquía donde las facciones de seguridad interior parecen operar con una autonomía alarmante, utilizando las de oleadas de personas como proyectiles diplomáticos en un juego donde las vidas no tienen valor para los tomadores de decisiones de la corona.

Por si fuera poco, los piratas informáticos agitaron el avispero de la política de Madrid al revivir el espinoso caso de Pegasus. En sus comunicaciones digitales, el grupo consultó de manera abierta quién estaría interesado en adquirir las bitácoras originales relacionadas con la intervención ilegal sufrida por el teléfono celular del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, y varios de sus ministros en 2022. Aunque múltiples informes señalaron históricamente a Marruecos como el autor intelectual de la interceptación del dispositivo del presidente, la causa penal en la Audiencia Nacional de España terminó archivándose por la nula cooperación de Israel.

Muchos analistas sostienen que los sospechosos giros de la política exterior española, que hace unos años entregó concesiones inéditas a Rabat sobre el Sáhara Occidental sin recibir contraprestación visible, responden a un chantaje directo sustentado en el material extraído mediante Pegasus. Ver que un colectivo en Telegram ofrece ahora desvelar los archivos originales de ese hackeo representa una auténtica bomba de tiempo política. De confirmarse la veracidad de estas bitácoras, el escándalo desmantelaría la estabilidad de la administración de Sánchez, arrastrando a su gabinete a un abismo de sospechas que la diplomacia oficial difícilmente podría contener.

La pista alemana y los rostros que se ocultan en la sombra

La verdadera identidad de los operadores de Jabaroot sigue sumida en el misterio, desatando teorías encontradas en las capitales europeas. Aunque el colectivo se presenta oficialmente como un grupo de patriotas argelinos resentidos por las provocaciones cibernéticas marroquíes, los expertos en ciberinteligencia dudan de esta versión. Un analista militar de la OTAN explicaba recientemente que ningún servicio secreto real cometería la torpeza de regalar un archivo de 70.000 agentes de su enemigo en una plataforma abierta, ya que resulta inmensamente más útil mantener la información bajo reserva para explotar el silencio e identificar de forma discreta a los infiltrados del vecino.

Esa sospecha institucional ha cobrado fuerza en las últimas semanas tras revelarse una minuciosa investigación que rastreó las huellas de los alias de los atacantes informáticos. Las pistas digitales de conexión conducen de forma directa hacia territorio de Alemania, sugiriendo que la campaña no es operada por un ejército de espías, sino por un único ingeniero informático de origen tunecino radicado en el país europeo. Otra teoría apunta a un antiguo miembro disidente de los propios servicios de seguridad marroquíes, un «insider» resentido que abandonó el país carcomido por deudas o persecuciones internas y decidió usar sus antiguos privilegios de acceso para ajustar cuentas.

La incoherencia ética de esta historia raya en lo absurdo al revisar el joyero de condecoraciones de Abdellatif Hammouchi. Resulta que los mismos gobiernos europeos que hoy tiemblan ante las revelaciones del hacker son los que han llenado de medallas el pecho del jefe del espionaje marroquí. En 2014, el gabinete español del Partido Popular le otorgó la Cruz al Mérito Policial. Años después, en octubre de 2025, el ministro socialista Fernando Grande-Marlaska le entregó en mano la Gran Cruz de la Guardia Civil —un reconocimiento aprobado en 2019 que Marlaska refrendó sin amagos de incomodidad—.

De manera similar, Francia lo distinguió como oficial de honor de la Legión de Honor en 2015, evidenciando un asombroso cinismo diplomático donde se premia de forma presencial al presunto verdugo cibernético de los jefes de Estado.

Doblo con cuidado la tableta y la guardo en el morral de lona, sintiendo el silbato de un tren lejano rebotar contra las baldosas de la estación Back Bay. En este exilio de lluvia fría, donde las deudas morales se pagan con amargo destierro, contemplo la fragilidad de este mundo interconectado. Todos lo sabemos: la soberanía que los imperios proclaman en pomposos discursos públicos se disuelve rápidamente frente a la asombrosa realidad de un archivo de Telegram de un hacker anónimo en Alemania. La noche cae sobre Boston con la misma opacidad que cubre los secretos del Estrecho, mientras el tren ruge sobre las vías oscuras.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Ryan Foster
Ryan Foster

Ryan Foster investiga el poder de la tecnología sobre la democracia, la privacidad y los derechos civiles. Fue investigador en Wired y colaboró con The Markup en análisis de algoritmos, vigilancia estatal y prácticas anticompetitivas de grandes plataformas. Combina periodismo de datos, revisión de código abierto y fuentes del sector tecnológico. Estudió Ciencias de la Computación en Stanford y tiene una maestría en Periodismo de Datos de la Columbia Journalism School.

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