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La caída lenta de la ONU: ¿puede la paz sobrevivir sin instituciones?

Era de madrugada cuando un funcionario de la ONU en Ginebra, con la voz entrecortada por el cansancio, me dijo algo que no olvidé: “Ahora nos llaman solo cuando ya no sirve nadie más.” No lo dijo con rabia. Con tristeza. Como si la institución que lleva décadas intentando coser mundos rotos hubiera pasado, sin que nadie lo anunciara, de árbitro a paracaídas.

La ONU aún tiene sesenta mil cascos azules repartidos por el planeta. Sí. Pero ya no entran por la puerta principal. Ahora los buscan por la de atrás, cuando el fuego se sale de control y los mediadores de lujo —esos que aparecen en fotos con jefes de Estado y anuncian acuerdos con ruido de flashes— no logran que las cosas cuadren. En Sudán, en Yemen, en Myanmar: enviados especiales llegan y se van, como mudanzas apresuradas. Ninguno deja huella. Nadie confía.

Hace unas semanas, un analista que conozco en Addis Abeba me contó, entre sorbos de café amargo, que los enviados africanos, árabes, estadounidenses, europeos… todos andan por ahí buscando quien dé el primer paso. Pero nadie lo da. Alan Boswell, de Crisis Group, lo resumió en una línea: “no está claro qué país o institución podría tender puentes.” Y eso que el derrumbe del Sudán empezó en 2023. Tres años. Tres años sin nadie que aguante el equilibrio.

Pero lo más raro no es que la ONU falle. Es que, aun cuando la evitan, acaben necesitándola. Como en la RDC: en junio se firmó un acuerdo entre Kinshasa y Kigali, supuestamente histórico, para frenar los combates en el este. Lo negociaron Estados Unidos y Qatar. La ONU ni siquiera estaba en la sala. Pero luego, claro, llegó el momento de cumplirlo. Y ¿quién tiene 14 mil soldados en el terreno? La misma organización marginada. Irónico. Perverso.

Y en Haití… ah, Haití. Biden quiso evitar a toda costa otra misión de la ONU. Mala imagen, mala memoria: los cascos azules de antes fueron acusados de corrupción, de violencia, de cólera. Entonces inventaron la misión keniana. Una fuerza ad hoc, sin apoyo logístico, sin financiamiento estable, sin mandato claro. Brave, sí. Pero infradotada. Y cuando empezaron a fallar las pagas, cuando los civiles murieron en centros de ayuda bajo fuego israelí en Gaza… todo empezó a oler igual: al caos que nace cuando se piensa que se puede hacer paz sin estructura, sin reglas, sin tiempo.

Porque el fondo no es la eficiencia. Es el poder. Israel quiere sacar a la UNRWA de Gaza porque dice que apoya a Hamás. Irán desconfía del OIEA. Mali echó a la MINUSMA. No es casualidad. Es cálculo. Muchos gobiernos y grupos armados hoy ven a las instituciones internacionales como obstáculos, no como aliados. Algunos creen que son herramientas del Norte. Otros, simplemente, no quieren testigos.

Y sin embargo… cuando el fuego arde, vuelven a mirar hacia Nueva York. Porque hay una cosa que ni Trump, ni Putin, ni nadie ha podido desmontar: que hacer la paz sin instituciones es como construir un puente sin cables. Puede parecer firme al principio. Pero no soporta el peso del tiempo.

Honestamente, no sé si queda futuro. Solo sé que, mientras escribo esto, hay 14 mil personas bajo el mando de la ONU en la RDC, esperando órdenes. No las del acuerdo firmado en Doha. Las que nunca llegan.

¿Y si al final la desinstitucionalización no es un error? ¿Y si es solo la forma en que el mundo ya no cree en lo colectivo?


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Sophie Reynolds
Sophie Reynolds

Sophie Reynolds cubre política exterior, migración forzada y relaciones transatlánticas. Fue corresponsal de The Associated Press en Bruselas y ha escrito para Foreign Policy sobre sanciones y conflictos emergentes. Estudió Estudios Internacionales en Johns Hopkins y tiene una maestría en Periodismo Global de la Universidad de Nueva York.

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