
Corrupción que frena al continente: un mal que cuesta miles de millones
Una maestra en un colegio público de Barranquilla, con los ojos cansados de tanto revisar cuadernos bajo una luz amarillenta que parpadea desde hace años, me contó hace unas semanas que el techo del salón de cuarto grado se derrumbó un día de mayo. No hubo heridos, dijo, pero no porque estuviera fuerte la estructura, sino porque ese día llovió tanto que los niños no habían ido a clase.
Hace como diez años, la escuela fue parte de un proyecto regional de modernización. Hubo fotos oficiales, discursos, cintas cortadas con tijeras grandes que brillaban bajo el sol. El contrato se adjudicó a una empresa que ya traía antecedentes, aunque en ese momento, en esos papeles que nadie vio, no pareció importar.
La corrupción no se ve cuando está fresca. Se nota cuando el cemento se desmenuza, cuando el agua no llega, cuando el hospital no tiene oxígeno y ya nadie se extraña.
En Brasil, una filtración dentro del despacho de un contador, alguien de bajo perfil que nunca dio entrevistas, reveló cuentas con montos que no cuadraban, fechas borrosas, pagos a nombres fantasmas. Desde ahí comenzó todo. No con una denuncia heroica, sino con un miedo que se volvió papel. Ese fue el comienzo de lo que todos ahora conocen como Odebrecht. Pagaron 788 millones en sobornos, entre más de una docena de países, a cambio de contratos que les redituaron cientos de millones más. Colombia, República Dominicana, Perú, Venezuela, Ecuador… no había frontera que respetaran, salvo las que les convenía.
Pero lo peor no es el número. Es que nadie se sorprendió.
La gente en las calles lo sabía, aunque no tuviera pruebas, aunque nunca hubiera firmado un contrato público. Lo sentían en el hueso, como cuando sabes que el médico te miente porque ya ha pasado antes. El CAF —ese banco que pone plata para carreteras, acueductos, escuelas— dijo en una encuesta de 2018 que el 23 por ciento de la población admitió que un funcionario le pidió un soborno en el año anterior. No uno de esos sobornos grandes, de millones. Hablamos de la licencia de conducir, del trámite del registro civil, de que el camión de basura pase por tu cuadra. Lo pequeño. Lo cotidiano. Lo que ya no indigna.
Y en medio de todo eso, surge la pregunta que nadie quiere nombrar: ¿quién firmó en Bogotá? No el político que salió en la portada, no el que ya fue encarcelado, no el que lloró en televisión. Me refiero al ingeniero del ministerio, al jefe de contratación, al tipo que revisó los documentos y giró la cabeza. Ese que sigue ahí, que hoy toma decisiones sobre nuevas obras, que tiene el pelo más gris pero el cargo intacto.
El caso Odebrecht no fue un error. Fue un sistema. Un engranaje que requiere docenas de silencios, de miradas desviadas, de “no me meto” dichos a media voz.
Hablan de tecnología ahora. De plataformas que centralizan datos, que escanean listas de empresas vinculadas a corrupción, que alertan antes de que firmes un contrato. Dicen que es la solución. Y sí, ayuda. Pero mientras los sistemas se actualicen, los mismos que jugaron limpio siguen perdiendo licitaciones. Porque el que paga, gana. El que no, se queda con los papeles en la mano y la factura sin pagar.
El FMI dice que se pierden entre mil quinientos y dos mil millones de dólares al año en sobornos. Dos por ciento del PIB mundial. Dinero que podría reconstruir un país, alimentar hospitales, mandar maestros a zonas donde el sistema se rompió hace décadas.
Pero no se van en una sola volada. Se filtran. Se van por los bordes, por las grietas del control, por los correos borrosos, por las empresas que no existen pero facturan millones.
En Venezuela, un amigo que trabaja en una constructora me dijo hace poco: “Ya ni piden sobres. Ahora todo se hace por transferencias. Mismo banco, misma sucursal, diferente nombre”. No recuerdo bien cómo se llamaba la empresa, pero me acuerdo de su risa seca, como quien ya no espera nada.
La corrupción no se combate con manuales. Se frena con gente que diga no, aunque le cueste el puesto, el salario, la tranquilidad.
Pero ¿y si ya nadie dice que no?
¿Y si lo normal es callar?
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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