
Trump apunta a bancos clave del caso Odebrecht en giro histórico
Marcelo Odebrecht salió de la cárcel hace rato, pero su sombra no se fue. Quedó allí, flotando en los pasillos de tribunales, en los correos cifrados, en las cuentas offshore que nadie se atrevía a nombrar. Y ahora, justo ahora, cuando todo parecía archivado, emerge otra vez. No por él, sino por los que movieron el dinero. Por los que abrieron las puertas. Por los que firmaron sin mirar.
Hace unas semanas, en una reunión en Washington que nadie confirmó oficialmente, se habló de corresponsalías. No de política exterior, ni de tratados. De corresponsalías bancarias. Esas que permiten a un banco en Panamá o en São Paulo operar en dólares desde Nueva York. Sin ellas, estás fuera del sistema. Y hay más de veinte entidades en la mira. Veinte. Bancos que, según fuentes judiciales, no solo procesaron pagos del “Sector de Relaciones Estratégicas” —ese eufemismo tan frío para decir “caja de sobornos”—, sino que diseñaron estructuras para que el rastro se rompiera. Cuentas dentro de cuentas, giros en reales, dólares, euros, todo con nombres falsos, prestatarios fantasmas, empresas tapadera con sedes en paraísos que ni aparecen en el mapa.
Y el Departamento de Justicia, esta vez, no está mirando solo al que entrega el maletín. Está mirando al que alquila la habitación, al que abre la puerta, al que limpia después.
Trump lo sabe. No por los informes, sino por el oficio. Él ha movido constructoras como quien negocia bienes raíces. Sabe que detrás de cada licitación hay un banco que asienta, que valida, que nunca pregunta. Y ahora, en medio de su campaña, justo cuando Brasil se calienta y Lula vuelve a ser un fantasma que no quieren ver, suena un nombre que no está en la boleta, pero que sí en la mira: Jair Bolsonaro. No como imputado. Como beneficiario. Porque si el caso Odebrecht se desinfla en Brasil —como pasó en julio de 2024, cuando el 13° Juzgado Federal de Curitiba paró el juicio por orden de Toffoli—, alguien ganó. Y ese alguien no fue un juez. Fue un grupo de acusados panameños que, según documentos filtrados, pagaron a un funcionario brasileño para torcer la justicia. Un soborno para tapar otro. Una corrupción que se alimenta de sí misma.
Y Estados Unidos lo tiene todo. Las transacciones. Los correos. Los testigos que no quisieron hablar antes. Ahora, el Departamento del Tesoro evalúa sumarse al juicio en Panamá, previsto para noviembre. No como observador. Como acusador.
¿Por qué ahora? Esa es la pregunta. Porque hace cinco años, nadie tocó los bancos. Se fue tras los políticos, los contratistas, los ejecutivos. Pero los bancos salieron ilesos. Cómplices silenciosos. Y esta vez no. Esta vez les quieren quitar el acceso al sistema financiero global. Multas en cientos de millones. Dinero que se queda en Washington.
Bueno… no es nuevo, no es nuevo. Recordé un caso viejo, de los noventa, cuando el BCCI cayó por lavado. Entonces también empezó con sobornos pequeños, cuentas discretas, banqueros que juraban inocencia. Y terminó con toda una red desmantelada. No por los delitos grandes, sino por los pequeños silencios.
Aquí pasa igual. Pero esta vez, Latinoamérica no es solo el escenario. Es el botín.
¿Y los que no aparecen? Los que firmaron desde la sombra, los consejeros, los gerentes regionales que aprobaron movimientos sin cuestionar, los que hoy están en otros bancos, con otros títulos, otros salarios… ellos, ¿quién los nombra?
No lo sé. Pero en alguna oficina de Nueva York, hay un expediente. Con fechas. Con transferencias. Con nombres.
Y un solo archivo pendiente: el de las corresponsalías.
Cortarlas sería como apagar la luz.
Y dejarlos en la oscuridad.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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