
Amenazas digitales: el peligro oculto que secuestra datos y paraliza sistemas
Ella tecleaba con una precisión fría, los dedos apenas temblaban. Había visto un correo que no debía abrir. No era un mensaje raro, ni con errores de ortografía, ni un adjunto sospechoso. Al contrario: todo encajaba. El remitente, el asunto, el tono… incluso el logo estaba bien. Demasiado bien.
Y aún así, algo le picó en la nuca. Como cuando uno siente que lo observan en un pasillo oscuro.
Hace unas semanas —no recuerdo bien la fecha, tal vez mediados de mayo—, en una oficina del norte de Caracas, una empleada de recursos humanos estuvo a punto de entregar las claves de acceso a toda la base de datos de una empresa que factura en divisas. No fue por negligencia. No era novata. Lo estuvo a punto de hacer porque detrás de esa apariencia de normalidad había una trama de infiltración construida paso a paso, silencio a silencio, clic a clic.
No fue un virus el que entró. Tampoco un ataque que saturó servidores hasta que todo se cayó. No hizo falta. Fue peor. Fue lento. Alguien, desde algún lugar sin nombre, se dedicó a estudiarla a ella, a estudiar a la empresa, a estudiar los horarios, las firmas, las rutas de aprobación. Durante meses. Hasta que ese día, el mensaje llegó. Y era imposible distinguirlo de uno legítimo.
Todos lo sabemos: el miedo no viene ya del caos. Viene de lo que parece normal.
Hay grupos que no existen en los papeles, pero que sí operan en la red. Gente que no firma órdenes, pero que mueve información como quien mueve bolsas de dinero por fronteras invisibles. Infiltrarse no es cuestión de fuerza. Es de paciencia. De rutina. De saber esperar hasta que alguien, desde dentro, crea que todo está en orden.
Y entonces, en segundos, se van los datos. No con alarma, no con ruido. Se van en silencio. Como cuando arrancan un cuadro de la pared y nadie nota el hueco hasta días después.
No es nuevo, no es nuevo. Ya pasó en bancos, en hospitales, en ministerios. Empresas enteras paralizadas porque un solo archivo, apenas unos megas, se cifró y no hubo manera de recuperarlo. Pero eso no es lo peor. Lo peor es lo que no se ve: los empleados que firman bajo presión, los directivos que pagan sin decirlo, los que callan por miedo a quedar al descubierto.
Hablo con técnicos, con abogados, con gente del área de seguridad. Nadie da nombres. Y cuando lo hacen, dudan. “Creo que fue una red en Rumania… o quizá estaban en Georgia, pero no del sur, la otra”.
La pregunta no es cómo entraron. La pregunta es por qué no los vimos venir. Y quién, en medio del caos, se beneficia de que todo parezca estable hasta que ya es demasiado tarde.
Porque al final, no se trata de tecnología.
Se trata de quién tiene el poder de hacer que el sistema parezca seguro… justo antes de que deje de serlo.
¿Y los que no aparecen en los informes? ¿Los que solo reciben órdenes, los que no entienden de protocolos, los que solo ven un correo y piensan: “esto debe ser importante”?
No sé.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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