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La tecnología que contamina: el costo oculto de nuestros dispositivos

Es de madrugada en una de esas calles de las afueras de Lima, donde el polvo se pega a la piel y los cables bajan de los postes como lianas. Un hombre, cincuenta y tantos, camina entre cajas de plástico llenas de placas, cables deshilachados, pantallas quebradas. No dice su nombre. Nadie aquí lo dice. Él separa, clasifica, quema lo que no puede vender. Lo hace con los ojos bajos, como quien sabe que está tocando veneno, pero ya no tiene otra forma de respirar.

Hay un lugar así en Ghana, otro en Manila, otro en Guadalajara. Chatarra digital. Lo que el mundo tira, lo que nadie quiere ver, aterriza aquí. No es basura común. Es lo que quedó de tu celular, del portátil que rompiste, del iPad que cambió por uno nuevo hace dos años. Todo eso viaja. Nadie lo dice en los comerciales, ni en las cajitas de Apple que juran ser “verdes”. Pero termina aquí, donde no hay control, donde los niños juegan entre pilas que sangran ácido, donde el cobre se extrae con fuego y los pulmones se llenan de humo negro.

La ONU dijo que en 2019 se generaron más de cincuenta millones de toneladas de esta porquería. Cincuenta y tres punto seis, para ser exactos. Y sigue creciendo. No es casualidad. Es diseño. No falla el sistema: funciona así a propósito. Los equipos duran menos. Las actualizaciones los entierran antes. Las baterías no se cambian. Uno lo sabe, todos lo sabemos: no es obsolescencia técnica. Es obsolescencia moral. Te obligan a cambiar porque no puedes hacer más, porque ya no responde, porque el sistema ya no carga como antes. No es tu culpa. Es el plan.

Y detrás de cada dispositivo, antes de que llegue a esas manos en Lima, hay otra sangría: la tierra. El litio, el cobalto, el estaño… minerales que salen del suelo como heridas abiertas. En Congo, mujeres y niños cavan con palas de madera buscando cobalto. En Chile, el desierto de Atacama se seca mientras las empresas bombean salmuera para el litio. En Indonesia, selvas enteras caen para alimentar las fundiciones que harán los chips del futuro. Todo esto pasa antes de que el teléfono vibre por primera vez en tu bolsillo.

Y luego está el aire. No el que respiramos, sino el que no vemos: el calor de los centros de datos. Esos edificios sin ventanas, con luces parpadeantes, que nunca duermen. Almacenan fotos, mensajes, videos que nadie volverá a ver. Consumen tanta electricidad como países enteros. Y gran parte viene del carbón, del gas, de lo que contamina. Todo ese “en la nube” pesa. Pesadísimo. Está anclado en la tierra, en el humo, en el sudor de quienes no saben qué es un disco duro, pero pagan el precio.

Hace unas semanas conversé con una ingeniera en Bogotá. Creo que se llama Ana, aunque no recuerdo bien. Me dijo algo así como: “Imagínate que cada búsqueda en Google emite lo mismo que encender una bombilla por dos minutos”. No lo verifiqué. No hace falta. Lo que importa es que entendí: nada digital es intangible. Todo tiene cuerpo. Y ese cuerpo se desarma en lugares como Lima, se extrae en zonas olvidadas, se alimenta de trabajo invisible.

Entonces uno piensa: ¿cuánto sabemos del precio real de lo que usamos? No del precio en dólares, sino del que no pagan las corporaciones, del que no entra en los balances. ¿Quién decide qué dura, qué se recicla, qué se quema? ¿Y por qué seguimos actuando como si nuestra huella fuera liviana, como si el progreso no tuviera cadáveres?

Shenzhen tiene autobuses eléctricos. Sí. Y sí, es un avance. Pero también es cierto que las baterías de esos autobuses vienen de minas que arrasaron con comunidades, de procesos que contaminaron ríos que nadie menciona. La tecnología no es mala por naturaleza. Es el sistema el que la corrompe. La convierte en herramienta de despojo disfrazada de solución.

No hay redención fácil. No hay app para esto.

Uno deja el celular sobre la mesa. Está frío. Apenas funciona. Lo mira como si fuera la primera vez. Y se pregunta: ¿quién pagará por esto cuando ya no me sirva?

Nadie responde.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Ryan Foster
Ryan Foster

Ryan Foster investiga el poder de la tecnología sobre la democracia, la privacidad y los derechos civiles. Fue investigador en Wired y colaboró con The Markup en análisis de algoritmos, vigilancia estatal y prácticas anticompetitivas de grandes plataformas. Combina periodismo de datos, revisión de código abierto y fuentes del sector tecnológico. Estudió Ciencias de la Computación en Stanford y tiene una maestría en Periodismo de Datos de la Columbia Journalism School.

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