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La privacidad digital: clave para proteger tu identidad en línea

Ella lo primero que hizo fue desactivar la ubicación. No de la red social —eso vino después—, sino de la cabeza. Como si pudiera sacarse el rastro de encima con un gesto seco, como quien se quita el polvo de los hombros antes de entrar a casa. Pero ya no entraba. Ya no tenía casa. Solo un teléfono, una mochila y una cuenta bloqueada tras otra.

Fue en febrero, aunque yo no lo supe hasta hace unas semanas. Un amigo en común me dijo: “¿Tú la viste? Le hackearon todo. Fotos, correos, incluso el pase escolar digital”. No recordaba bien el nombre del colegio. Pero sí el tono: seco, como si estuviera contando una enfermedad contagiosa.

Aquí nadie habla claro de la privacidad porque todos ya la han perdido. En silencio. Por descuido. Por confiar. Por pensar que, si no tienes nada que esconder, no hay nada que temer. Pero no se trata de eso. Se trata de que a nadie le pertenece tu historia. Ni tu rostro. Ni tu latitud.

La ley dice una cosa. El Reglamento General de Protección de Datos, por ejemplo. Suena fuerte. Europeo. Bien escrito. Como si aquí importara. Como si el Estado venezolano, en medio de apagones y listas de espera, fuera a multar a una empresa por guardar datos sin permiso. Sí, claro.

Mientras tanto, el phishing no espera. El stalking tampoco. Son más rápidos. Más simples. Un mensaje, un enlace, una foto que circula. Y de pronto estás desnuda, expuesta, en un grupo de desconocidos. O empujada al borde de un examen que no puedes rendir porque el sistema detectó “movimiento inusual” y te bloqueó. Porque tu cara no cuadraba con el algoritmo. O porque estabas en otro barrio. O porque el wifi saltó. O porque nada.

Smowltech dice que tiene una solución. Proctoring. Automatización. Supervisión remota. Todas esas palabras que suenan a caja negra, a control invisible. Como si la respuesta a la violación fuera más vigilancia. Como si la cura del abuso fuera precisamente lo que lo permite.

Y en medio de todo, el ciberbaiting. Los estudiantes grabando al profesor. El profesor grabando al estudiante. Todos espiándose. Como si el aula se hubiera convertido en un reality de supervivencia. Sin cámaras oficiales. Solo celulares. Solo redes. Solo datos flotando.

¿Quién gana? Nadie. O sí: los que no aparecen. Los que venden las VPN. Los que alquilan los servidores. Los que diseñan los algoritmos que deciden quién es quién, quién entra, quién queda afuera.

Yo uso dos factores. Contraseñas largas. Navego en incógnito. Pero no me engaño. Sé que nada es invisible. Que todo deja huella. Que el rastro no se borra. Solo se vende. En fragmentos. En silencio.

¿Por qué ahora? Porque ya no se trata de robar dinero. Se trata de robar identidad. Y después, usarla. Para extorsionar. Para acosar. Para desaparecer a alguien sin tocarle un pelo.

La pregunta no es cómo protegerse. Es cuánto tiempo más aguantamos fingiendo que podemos.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Ryan Foster
Ryan Foster

Ryan Foster investiga el poder de la tecnología sobre la democracia, la privacidad y los derechos civiles. Fue investigador en Wired y colaboró con The Markup en análisis de algoritmos, vigilancia estatal y prácticas anticompetitivas de grandes plataformas. Combina periodismo de datos, revisión de código abierto y fuentes del sector tecnológico. Estudió Ciencias de la Computación en Stanford y tiene una maestría en Periodismo de Datos de la Columbia Journalism School.

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