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Incautan 76 toneladas de droga sintética en operación global contra el fentanilo

Era un tipo delgado, de mirada rápida, que solía moverse por Incheon como si el aeropuerto fuera su casa. Nadie lo señalaba, nadie lo nombraba. Hasta que lo agarraron. Uno de esos hombres que no dejan rastro, excepto en las estadísticas de carga aérea y en los maletines que nunca pasan por rayos X. Lo buscaban con cartel rojo: Interpol no pide detenciones así por cualquier cosa. Él, al parecer, tenía bajo su mando una de las redes más grandes de contrabando de metanfetamina que salían de Corea del Sur. No metía cocaína, no movía armas, no armaba pandillas. Su especialidad era el polvo blanco que quema el cerebro, pastillas que se tragan como caramelos en ciudades que ya no duermen.

Setenta y seis toneladas. Noventa y un millones de pastillas. Seis mil quinientos millones de dólares. Cifras que ya no significan nada, porque superan la imaginación. Pero hay una línea en el comunicado que no se me va: que el fentanilo incautado podría haber matado a 151 millones de personas. Quinientos por cada habitante de Venezuela. Mil veces la capacidad del estadio de Maracaná. Y en medio de todo, Estados Unidos encontró pastillas de MDMA cargadas con fentanilo. No es mezcla accidental. Es cálculo. Es ponerle sabor a la muerte.

México, por su parte, sacó del circuito 190.000 tabletas de esa misma droga. Y no se quedó callado: pidió a Interpol una alerta morada por nuevos precursores sintéticos, esos químicos que aún no están prohibidos pero que ya circulan en laboratorios clandestinos, escondidos en camiones de reparto o tras pedidos online. Porque ahora no basta con perseguir la droga. Hay que anticiparse al veneno antes de que nazca.

En India desmontaron a ‘Ketamelon’, un grupo dedicado a LSD y ketamina. En Myanmar, encontraron nueve millones de pastillas de metanfetamina y veintidós kilos de heroína entre piñas. Piñas. Como si alguien pensara que un cargamento de fruta tropical no levanta sospechas. Y tal vez no la levanta. Tal vez nadie revisa bien los contenedores que vienen del sudeste asiático, porque siempre hay algo más urgente, algo más visible.

Pero lo que más me inquieta no son los decomisos. Es lo que dijeron al final, casi de paso: que los nitazenos están entrando con fuerza. Opioides sintéticos hasta doscientas veces más potentes que la morfina. Fáciles de transportar, difíciles de detectar. Nuevos nombres, nuevos efectos, nuevas rutas. Y el mismo patrón: no es un capo con sombrero, no es un cartel con bandera. Es una red que no tiene cara, que opera en la sombra, que cambia de fórmula como quien cambia de número de teléfono.

Urquiza, el brasileño de Interpol, dijo algo sobre violencia, economías paralizadas, salud pública amenazada. Y tiene razón. Pero no mencionó a los adictos. No habló de los que ya no pueden salir de su cuarto. Ni de los padres que revisan los bolsillos de sus hijos por inercia, esperando encontrar cualquier cosa menos una pastilla blanca.

Hace unas semanas escuché a un médico en CDMX contar que ya no distingue entre sobredosis y suicidio. Dice que muchos ya no se equivocan. Lo toman sabiendo. Lo buscan.

¿Cuántas veces más vamos a incautar toneladas de droga sin tocar el centro del sistema?

Porque el sistema no es un laboratorio en Birmania. Tampoco es un contenedor con piñas. Está en el silencio de los que no denuncian. En los precursores que no están prohibidos… pero sí se venden. En las pastillas que llevan dos drogas y matan por error… o por diseño.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Trevor Hayes
Trevor Hayes

Trevor Hayes cubre narcotráfico y crimen organizado en América desde hace más de una década. Trabajó con el Miami Herald y ha participado en investigaciones del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). Su reporteo se basa en documentos judiciales, registros de inteligencia y fuentes verificadas. Estudió Periodismo en la University of Texas at Austin y tiene una certificación en Seguridad Nacional del Center for Investigative Reporting.

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