Crisis de sangre, Narcotráfico y violencia en México, con enfoque en la Guardia Nacional y el CJNG.

Crisis de sangre: 30 mil muertes y desplome extraordinario

Escribo esto mientras afuera el calor de Texas se vuelve pesado y el zumbido de un aire acondicionado viejo me devuelve a esas redacciones de Caracas donde el café siempre estaba frío. Es difícil procesar que esta crisis de sangre siga estirando el mapa de México como si fuera un chicle que no termina de romperse, dejando a miles de familias en un limbo que no tiene nombre.

Me contaron de un taxista en Ciudad de México que cada mañana revisa el espejo no por vanidad, sino por puro instinto, buscando el rostro de un hermano que se tragó la tierra en 2017 y que nadie —ni los jueces ni los uniformados— se ha atrevido a buscar de verdad. La verdad es que, en el fondo, todos lo sabemos: la justicia aquí es un papel que se quema rápido cuando el plomo empieza a silbar.

No son solo números, aunque las cifras den escalofríos y mareos. Desde 2018, la cuenta no baja: más de treinta mil muertes anuales, silencios que se quedan pegados en las paredes de las escuelas y grupos de WhatsApp que se mueren porque ya nadie responde del otro lado.

El 22 de febrero de 2026, el aire se puso denso cuando confirmaron que Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, alias «El Mencho», había caído en una operación con sello de la inteligencia estadounidense. Fue un golpe extraordinario contra el Cártel Jalisco Nueva Generación, pero lo que vino después no fue la calma, sino una coreografía de terror con autos quemados y ciudades enteras metidas bajo llave por el miedo a la venganza.

El Mencho y la crisis de sangre en las rutas

Bueno… la caída de un capo en estas tierras nunca trae paz, solo trae una pelea de perros por ver quién se queda con el mando de las rutas. Dicen que todo esto empezó en los ochenta, cuando los viejos se repartieron el mapa como si fuera una herencia familiar, pero terminó siendo una condena de décadas.

Hoy, el grupo de Jalisco es un monstruo que inunda el norte con fentanilo, metanfetaminas y cocaína, usando drones y armas que parecen de una guerra que no nos contaron. Recuerdo haber leído sobre una fosa en Veracruz, allá por el 17, con más de doscientos cincuenta cuerpos… y lo peor de todo es que nadie, absolutamente nadie, terminó preso por ese horror.

La verdad es que las promesas políticas se las lleva el viento. AMLO llegó con aquello de «abrazos, no balazos», jurando que iba a sacar al ejército de las calles, pero terminó entregándoles hasta las aduanas y el aeropuerto de Ciudad de México. En 2022, el Congreso les dio permiso para seguir haciendo de policías hasta 2028, y aunque la Corte Suprema intentó decir que no en 2023, la realidad en el asfalto es que manda el fusil.

Dicen que en estados como Guerrero ya no se nota la diferencia entre un convoy militar y uno del cartel; los dos te paran, los dos te asustan y los dos te hacen sentir que tu vida no vale nada si no tienes el permiso adecuado.

La herencia de plomo de los cárteles

Y la cacería no para. Apenas el 13 de junio de 2026, mataron a un alcalde en Oaxaca que había rogado por protección porque sabía que su nombre estaba en una lista. Dos días antes, en Veracruz, le tocó a otro periodista, Luis Ángel López Valdez, marcando el segundo asesinato de un colega en ese estado en lo que va de año.

Es una carnicería que no respeta ni elecciones, como las de 2024, que fueron las más sangrientas que se recuerden, con candidatos masacrados antes de que pudieran siquiera llegar a las urnas. Los cárteles de Sinaloa y Jalisco ya controlan, según dicen los que saben en Washington, un tercio del territorio mexicano.

La verdad es que el veneno del fentanilo ha cambiado las reglas del juego, creando un círculo de muerte que va y viene por la frontera. Claudia Sheinbaum hereda este desastre y promete invertir en los jóvenes y contratar más investigadores, pero nadie explica cómo va a enfrentar a un ejército que ya se acostumbró a mandar en la obra pública y en la seguridad.

En mayo de 2026, casi mil familias en Guerrero tuvieron que huir de sus casas porque un grupo llamado Los Ardillos les lanzó explosivos desde drones. Es una guerra moderna, pero con el dolor de siempre.

A veces, cuando el silencio de la noche aquí en el exilio se pone demasiado pesado, pienso en ese taxista. Sigue manejando, sigue rezando por su hermano desaparecido y sigue apretando el volante cada vez que escucha una sirena atrás.

Porque el miedo ya no es solo al criminal que se oculta en la sierra, sino a que el uniforme que debería protegerte sea el que termine de cerrar la trampa. La pregunta que queda flotando es hasta cuándo podrá aguantar una nación que se desgarra un poco más con cada amanecer, mientras el mundo mira hacia otro lado.

Y entonces, cuando el último convoy desaparece en la oscuridad de la carretera…

Actualizado el 13/07/2026


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Trevor Hayes
Trevor Hayes

Trevor Hayes cubre narcotráfico y crimen organizado en América desde hace más de una década. Trabajó con el Miami Herald y ha participado en investigaciones del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). Su reporteo se basa en documentos judiciales, registros de inteligencia y fuentes verificadas. Estudió Periodismo en la University of Texas at Austin y tiene una certificación en Seguridad Nacional del Center for Investigative Reporting.

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