Ruptura del poder entre Elon Musk y Donald Trump.

Auténtico poder: 2 gigantes que fracturaron la democracia

Camino por un sendero serpenteante en un parque de Bethesda, Maryland, mientras una neblina densa borra las copas de los robles. El frío es húmedo, de ese que se te mete en los huesos y te hace extrañar el sol inclemente de Caracas, pero aquí el silencio es distinto; es un silencio cargado de una tensión que se respira en cada rincón de esta zona, donde viven tantos de los que antes manejaban los hilos de la administración pública.

Me detengo frente a un banco de madera mojado y saco el teléfono para revisar las últimas filtraciones sobre esa extraña alianza que ha reescrito las reglas del juego. Es imposible no pensar en cómo el poder y el dinero, cuando se juntan en proporciones astronómicas, terminan por desintegrar la noción misma de servicio público.

No informo sobre esto para que alguien guarde un recorte; lo hago para testificar sobre cómo la llegada de Elon Musk al corazón del gobierno de Donald Trump, con su chequera de casi 300 millones de dólares por delante, terminó por convertir a la burocracia más poderosa del mundo en un tablero de revanchas personales.

Aquella historia comenzó mucho antes de que se formalizara el llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental, o DOGE, ese nombre que parece una broma de internet pero que honestamente ha dejado una cicatriz profunda en la vida de miles. Elon Musk no solo puso dinero; puso su plataforma y su mística de «genio disruptivo» al servicio de una campaña que necesitaba liquidez y un aire de modernidad tecnológica.

Recuerdo haber leído que su Super PAC inyectó unos 200 millones de dólares para movilizar a votantes que antes no se acercaban a las urnas. Fue un diseño de ingeniería electoral donde el capital no buscaba solo un triunfo, sino una silla en la oficina de al lado del presidente. Y la consiguió.

La desconfianza fue el motor de la relación desde el primer día. Tras la victoria, el valor neto de Musk saltó unos 70 mil millones de dólares, una cifra que muerde cuando uno entiende que el mismo hombre que ahora decidía qué oficinas del gobierno cerrar era el dueño de empresas que dependen de contratos millonarios con el Estado. Estábamos ante una arquitectura de conflicto de intereses que pocos se atrevieron a cuestionar en voz alta en Washington. Mientras se anunciaba que el objetivo era modernizar la tecnología y maximizar la productividad, lo que se vivía dentro de las agencias era una purga de dimensiones bíblicas.

El rastro del poder y la fractura de las instituciones

Lo que más me duele de este recuento es recordar la frialdad con la que se desmantelaron programas que salvaban vidas. En algún momento de 2025, se estima que las decisiones de recortar fondos para la ayuda externa, coordinadas desde el despacho de Elon Musk, causaron la interrupción de suministros médicos vitales. Leí en un informe que las muertes, principalmente de niños, podrían haber superado las 700 mil personas. Es una cifra que te quita el sueño.

En las oficinas de USAID, los jefes de seguridad terminaron en el limbo laboral por intentar negar a los hombres de Musk el acceso a información clasificada que, según decían, no tenían permiso para ver. Era un asalto a la estructura técnica por parte de jóvenes programadores que nunca habían pasado un día en la administración pública.

La dinámica del mando se volvió caótica. Se formaron equipos de al menos cuatro personas (un ingeniero, un abogado, un especialista en recursos humanos y un líder de equipo) que se incrustaron en todas las agencias federales. Estos grupos, que parecían más comandos de ocupación que consultores, obtuvieron un acceso «estilo Dios» a los sistemas de pago y datos personales.

Recuerdo a un colega que trabajaba en la Administración del Seguro Social decirme que lo obligaron a migrar códigos que llevaban décadas funcionando a lenguajes nuevos en cuestión de meses, una tarea que cualquier experto sabe que debería tomar años. El resultado fue el colapso de sitios web y esperas interminables para los ciudadanos que dependen de esos cheques para pagar la renta.

Incluso dentro de la Casa Blanca, la lealtad se convirtió en la única moneda con valor. Se dice que los empleados que sobrevivieron a las primeras oleadas de despidos fueron sometidos a pruebas de compromiso casi espirituales. Elon Musk llegó a decir que sus trabajadores ponían 120 horas a la semana, eliminando cualquier frontera entre la vida privada y la oficina. En la sede de la GSA, instalaron camas de IKEA y armarios en los pisos superiores para que la gente no tuviera que irse a casa. Honestamente, lo que se construyó allí no fue eficiencia, fue una cultura del miedo donde el que pestañeaba perdía su puesto.

La ráfaga de amenazas en el tablero global

Hubo un momento en que el mundo casi asiste a una ruptura total por un malentendido sobre un proyecto de ley. La llamada «Big Beautiful Bill«, una legislación que Donald Trump consideraba su gran legado, fue el detonante de una pelea pública en redes sociales que parecía una escena sacada de una película de adolescentes. Elon Musk, desde su cuenta de X, llamó a la ley una «abominación repugnante» porque supuestamente aumentaba el déficit.

Donald Trump, que no es de los que se queda callado, respondió sugiriendo que Elon Musk había perdido la cabeza y amenazó con cortarle los contratos gubernamentales que sostienen a SpaceX y Tesla. La respuesta del magnate fue soltar lo que llamó una «bomba»: afirmó que el presidente figuraba en los archivos inéditos de Jeffrey Epstein.

Aquel enfrentamiento borró 34 mil millones de dólares de la fortuna de Musk en un solo día. Fue la segunda pérdida más grande de la historia financiera. Me acuerdo de ver los gráficos de las acciones de Tesla cayendo un 15% mientras los dos hombres se lanzaban dardos digitales.

Musk llegó a amenazar con desmantelar el programa de la nave espacial Dragon, la única vía que tienen los astronautas estadounidenses para llegar a la Estación Espacial Internacional. Era el chantaje definitivo: si tocas mi dinero, yo apago tu acceso al espacio. Al final, como siempre ocurre en estos niveles de influencia, hubo una tregua forzada por la necesidad mutua, pero la mancha quedó ahí.

Me pregunto si alguna vez volveremos a ver instituciones que no sean rehenes del capricho de los más ricos. Sigo aquí, en el parque, viendo cómo la llovizna ensucia el cristal de mi teléfono, pensando en que la historia de esta ruptura es en realidad la historia de nuestra propia vulnerabilidad. La democratización de la deuda y la privatización de los servicios básicos se cocinaron en esos meses de tensión constante.

Quizás, al final, todos somos peones en una partida de ajedrez donde el tablero se mueve según el estado de ánimo de un tipo que no reconoce los fines de semana. Recojo mis cosas y apuro el paso, sabiendo que la verdad de lo que pasó en esas oficinas todavía está esperando que alguien tenga el valor de contarla completa, sin adornos ni mentiras programadas.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Dustin Wallace
Dustin Wallace

Dustin Wallace investiga abusos de poder en gobiernos estatales y federales, con enfoque en contratos opacos, sobornos y desvío de fondos públicos. Fue parte del equipo de investigación del Los Angeles Times y ha colaborado con ProPublica. Usa solicitudes FOIA, análisis financiero y fuentes internas verificadas. Estudió Ciencias Políticas en la University of Chicago y tiene una maestría en Periodismo de Investigación de Columbia University.

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