
N33: el hacker que hackeó al régimen… hasta que el régimen lo apagó
Imagínate esto: llegas a tu casa. Tus hijos juegan con la tableta. De pronto te dicen: “Mami, esto se mueve solo”.
Revisas tu celular. Hace lo mismo. Te vas a la computadora. En la pantalla, una frase: “No volverán”.
No es una película. Es lo que le pasó a Lilian Tintori. Pero no fue la única.
El ruido que no querían escuchar
Después de que Tintori expuso el caso de Leopoldo López, vinieron los otros: Nelson Bocaranda. Antonio Ledezma. Marta Colomina. Carla Angola. Mario Silva. Yohana Sánchez.
Todos, en algún momento, sintieron que sus dispositivos ya no les obedecían. Que algo —o alguien— estaba dentro.
No era magia. Era Juan Manuel Almeida Morgado, era N33.
Juan Almeida: el muchacho de Aragua que aprendió a romper candados
Nació en Santa Cruz de Aragua. 25 de enero de 1980. De su infancia, casi nada. Solo esto: en 2008, empezó a aprender solo. No con libros. Con práctica. Con errores. Con líneas de código que nadie más veía.
Primero atacó a empresarios locales. Luego, alguien lo reclutó. Tareck El Aissami, dicen. Y entonces todo cambió.
Obtuvo acceso a CANTV. Al servicio de inteligencia, cuando lo dirigía Miguel Rodríguez Torres. A correos de periodistas. A cuentas de Twitter. A chats privados de opositores.
Y no solo los robaba. Los usaba. Alimentaba programas como La Hojilla y Súper Conducción. Creaba narrativas. Destruía pruebas. Minimizaba avances. Y el país, sin saberlo, tragaba.
El audio que lo delató
El caso más famoso: el audio de Mario Silva insultando a Diosdado Cabello, a Maduro, a medio gabinete. ¿Quién lo filtró? Almeida. Porque vigilaba a los dos bandos. Porque el poder no es solo tener información. Es decidir cuándo soltarla.
Luego llamó a Maibort Petit —periodista militar— y le dijo: “Soy yo. N33. Por orden de Tarek.” Le pidió $20,000 para devolverle su blog.
Y a Berenice Gómez —La Bicha— le dejó un mensaje grabado: “No me arrepiento de nada. La cosa es que…”. Lo hizo público. Él no negó nada. Al contrario: se atribuía cada ataque. Con orgullo.
Los hermanos
N33 no trabajaba solo. Tenía a Jorge Luis y Carlos. Juntos controlaban algo más grande que cuentas de redes: PDVSA-Cripto.
Minería. Lavado. Transferencias opacas. Todo bajo el paraguas de la “soberanía digital”.
Pero en 2023, cometió un error. Se metió con Joana Sánchez, entonces alcaldesa. Ella no se calló. Subió un video: “Donde te vea, te agarro.”
Meses después, Almeida cayó. En su casa. El SEBIN —el mismo que antes lo protegía— lo sacó en camisa naranja. Él mostraba fotos con funcionarios: “No me pueden meter preso.”
Lo llevaron igual.
La casa por cárcel… y la muerte rápida
El fiscal Tarek William Saab —sí, el mismo— le concedió casa por cárcel. Por problemas de salud.
Un mes después, lo encontraron muerto.
—Estaba enfermo —dijo Tarek. Como si eso cerrara el caso.
Pero no fue el único. Leoner Azuaje Urrea murió también bajo custodia estatal. Los hermanos de Almeida… ¿dónde están? Nadie lo dice. Solo se sabe que están vivos. O eso aseguran.
La verdad es que N33 fue útil. Hasta que supo demasiado.
Y en este país, cuando sabes demasiado…
Te apagan.
No lo digo yo. Lo dice la historia.
A las tres de la mañana, con el café frío y el celular sobre la mesa —sí, lo revisé dos veces antes de escribir esto— me pregunto:
¿Cuántos N33 siguen operando ahora mismo?
¿Y quién, esta vez, les dio la orden?







