
El fantasma de Tivenca: el dinero que cruzó fronteras sin dejar rastro

Abelardo Segundo Bravo siempre tuvo la pericia de los que saben estar en el lugar exacto antes de que el suelo empiece a temblar. En Maracaibo, donde el calor se pega a la piel como el crudo, su nombre era sinónimo de Thronson Internacional de Venezuela —esa firma que todos terminamos conociendo como Tivenca—, un gigante de la ingeniería que parecía tener el don de la ubicuidad. Pero la verdad es que el éxito no siempre se construye solo con planos y tuberías; a veces, se necesita una oficina en el norte para que el pasado no te alcance.
Y es que los números que salieron de la oficina en Quito, allá en la avenida Mariana de Jesús, todavía tienen ese rastro aceitoso de los negocios que no se pueden explicar frente a un espejo. Resulta que, entre dos mil trece y dos mil catorce, la sucursal de Abelardo recibió poco más de ochocientos sesenta mil dólares de una entidad que nadie conocía, una tal Odebrec Mant. Bueno… todos lo sabemos ahora: esa era apenas una de las tantas etiquetas que usaban los brasileños para que el dinero corriera sin hacer ruido.
Pero ese capital no se quedó a ver el paisaje andino. La Unidad de Análisis Financiero en el sur detectó que, con una velocidad pasmosa, Tivenca despachó trescientos cincuenta mil dólares a la cuenta personal de Abelardo S. Bravo en un banco de los Estados Unidos. Otros trescientos veinticinco mil dólares tomaron el mismo rumbo, esta vez a nombre de la empresa. Honestamente, es la vieja técnica de vaciar la caja antes de que lleguen los auditores. Poco después, la filial ecuatoriana simplemente dejó de funcionar, reportando pérdidas que superaban los cien mil dólares mientras los directivos ya estaban a salvo en el otro hemisferio.

A veces, el ruido constante del aire acondicionado aquí en el norte me hace pensar en cómo se heredan no solo las fortunas, sino también las estructuras. Sandra Rafaela Bravo Garban y María Eugenia Bravo, las hijas de Abelardo, aparecen ahora como las caras visibles en Texas. Sandra Bravo no solo figura como directora en la filial de ingeniería Tivenca USA Corp., sino que es la dueña y presidenta de un negocio de logística llamado ABA Worldwide Courier Express, Inc. Lo que resulta en realidad sorprendente es que ambas compañías según sus páginas web operan bajo el mismo techo, en 7201 Pinemont Dr., Suite A, Houston, Texas 77040. Es como si toda la red familiar se hubiera compactado en un solo despacho para asegurar que la mercancía y el rastro del dinero sigan fluyendo entre Maracaibo, Guayaquil, Bogotá y Miami.
La verdad es que Abelardo Bravo camina hoy con esa calma que solo da la falta de una alerta roja. Se mueve entre el Zulia y el norte sin que nadie le pregunte por esos fondos que la fiscal Diana Salazar rastreó hace años. Hace un tiempo, cuando el nombre de Freddy Salas Neuman estalló en los tribunales de Quito y luego en Interpol, muchos pensaron que el edificio de Tivenca se vendría abajo, pero los cimientos eran más profundos de lo que se veía en los planos. Al fin y al cabo, todos sabemos que los expedientes judiciales suelen tener un límite, y ese límite casi siempre coincide con el alcance de la impunidad.
Hoy, mientras el sol de la tarde golpea contra los rascacielos de esta ciudad ajena, queda la imagen de una logística perfecta: una empresa de envíos que conecta exactamente los mismos puntos donde antes se negociaban el crudo y las coimas. Todo queda en casa. Todo se limpia en familia.
¿Cómo es que un hombre cuya firma aparece en el rastro de fondos bajo sospecha puede seguir moviéndose entre dos mundos como si el pasado fuera solo un plano mal archivado?
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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