
EE.UU. abandona la OMS y el mundo paga el precio

En ese momento en que la ciudad calla por cinco minutos antes del amanecer, con el zumbido constante del refrigerador en el apartamento de al lado y el olor a pan recién horneado que sube de la panadería del sótano, reviso un documento que debería preocupar a todos.
No es una filtración. No es un rumor. Es un hecho: el 20 de enero de 2025, Donald Trump firmó el decreto. Y en febrero de 2026, Estados Unidos completó oficialmente su salida de la Organización Mundial de la Salud.
Dejó una deuda impaga de 280 millones de dólares. Y algo peor: un vacío que ya está matando.
El golpe al sistema global
Antes de irse, EE.UU. cubría el 18% del presupuesto anual de la OMS. Ese dinero no era simbólico. Era concreto. Era lo que mantenía en pie el Programa de Erradicación de la Polio —40% de su financiación—, los laboratorios en países pobres, las alertas tempranas cuando un virus nuevo emerge.
Ahora, esos laboratorios enfrentan cortes de reactivos. Las redes de vigilancia epidemiológica funcionan a medio gas. Y los países más vulnerables —los que dependían de esa ayuda— ya no reciben las vacunas, los antimaláricos, los medicamentos contra el VIH que antes llegaban con regularidad.
Un estudio reciente en The Lancet Global Health muestra lo que se pierde: entre 2002 y 2021, la asistencia externa redujo la mortalidad infantil en un 39%, la del VIH/sida en un 70%, la de malaria en un 56%.
Eso fue antes.
Ahora, según agencias internacionales, la deserción estadounidense ya ha costado más de 750,000 vidas. Y para 2030, podrían ser 23 millones adicionales.
El colapso silencioso
La OMS no solo coordina emergencias. Mantiene sistemas invisibles que todos damos por sentado.
El GISRS —la red global de centros de influenza— es uno de ellos. Dos veces al año, define qué cepas incluir en la vacuna antigripal: febrero para el hemisferio norte, septiembre para el sur. Lo hace comparando variantes, evaluando similitudes antigénicas, anticipando mutaciones.
EE.UU. era parte central de esa red. Ahora está fuera. Sus médicos trabajarán en aislamiento. Y cuando llegue la próxima gripe pandémica —porque llegará—, el mundo no sabrá qué cepa combatir hasta que sea tarde.
Lo mismo ocurre con EWARS, el sistema de alerta temprana que detectó brotes de cólera en Yemen, ébola en la República Democrática del Congo, sarampión en campos de refugiados rohingya. Sin el aporte estadounidense, su capacidad de respuesta se ha reducido drásticamente.
Y mientras, en Washington, el Departamento de Salud y Servicios Humanos pide 2,000 millones de dólares al año para crear su propia estructura de vigilancia global.
Atul Gawande, exfuncionario de USAID, lo resume con crudeza: “Esto significa gastar más de lo que pagábamos a la OMS para crear una estructura cuya sostenibilidad es dudosa y que de todos modos solo logrará una parte de lo que hacíamos juntos con el mundo.”
La salud como arma
Antes, los países coordinaban estándares: vigilancia epidemiológica, intercambio de datos, recomendaciones de vacunación, respuestas a emergencias. Todos seguían las mismas guías. Todos operaban bajo un mismo marco.
Ahora, EE.UU. apuesta por acuerdos bilaterales. Acuerdos que crean “redes alternativas” —de intercambio de datos, suministro de medicinas, programas conjuntos— pero que jamás alcanzarán la cobertura de la OMS.
El resultado es fragmentación. Cada donante impone sus prioridades, sus plazos, sus métricas. Los países receptores reciben señales contradictorias. Y la efectividad de los programas se desploma.
La salud ya no es un bien común. Es un instrumento de influencia política.
¿Quién paga?
Los más pobres. Siempre los más pobres.
Países con 736 millones de habitantes que sobrevivían con ayuda externa promedio de 71 dólares por persona al año. EE.UU. aportaba el 22% de esa asistencia. Ahora ese flujo se cortó.
El cálculo es brutal: 15.6 dólares menos por persona. 11,500 millones de dólares menos al año para toda la región.
Y mientras los políticos firman decretos en Washington, en un hospital de Malawi una enfermera decide qué niño recibe el último antimalárico. En una clínica de Mozambique, un médico mira el calendario de vacunación y sabe que no habrá dosis para el próximo mes.
Nadie filmó esas escenas. Nadie las tuiteó. Pero están ocurriendo.
Aquí en Nueva York, a las tres de la mañana, con las manos heladas y la pantalla brillando en la oscuridad, pienso en algo que dijo un epidemiólogo anónimo en un correo filtrado:
“No morirán por una bala. Morirán por un silencio.”
No lo sé.
Pero mientras escribo esto, con el metro pasando bajo mis pies y el viento helado de Queens entrando por la ventana, me pregunto:
¿Cuántas muertes silenciosas harán falta para que alguien en Washington recuerde que las pandemias no respetan fronteras?
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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