
Periodismo de investigación en Asia: Heroica resistencia ante la censura
Fatima Karimova no duerme bien desde que salió de Azerbaiyán.
Se acuesta con los audífonos puestos, no para escuchar música, sino para no oír el silencio. El silencio de un país donde once periodistas están o fueron encarcelados por recibir fondos internacionales. Dinero que no era ilegal, solo incómodo. Dinero que permitía investigar, publicar, nombrar. Y eso aquí, en el Cáucaso, se castiga como si fuera traición.
Ella ahora dirige Mikroskop Media desde el exilio. No recuerda bien desde cuándo —quizá hace dos años, tres, el tiempo se estira cuando vives fuera del mapa—, pero sí sabe que cada historia que publican pasa por tres verificaciones, cinco mentes, y por lo menos un contacto en la sombra que arriesga más que ellos. No por idealismo. Por necesidad.
En Kirguistán, por ejemplo, arrestaron a reporteros de Temirov Live tras una investigación sobre corrupción presidencial. A otros, de Kloop, los condenaron a cinco años. Cargos falsos, dicen Amnistía Internacional y el CPJ. Anna Kapushenko, la editora, dijo algo así como: “esto no es cierre de un medio, es un ahorcamiento financiero”. No lo recuerdo exacto. Pero el tono, ese tono de quien ya no espera justicia, sí.
Y en Turkmenistán, Ruslan Myatiev habla de su país como si contara un cuento. Porque allá no hay registros oficiales. Nada público. Cero datos. El periodismo de investigación nace de los chismes, de los correos anónimos, de exfuncionarios que, hartos, mandan un documento encriptado. “Aquí incluso los corruptos se cansan”, me dijo una vez un colega con quien compartí café en Estambul. No era de Turkmenistán, pero conocía a Ruslan. El hombre no tiene oficina. Tiene un servidor.
Turquía, por otro lado, ya no necesita encarcelar a todos. Con la ley de desinformación bastó. Ahora procesan por “falta de respeto al orden público” si hablas de un terremoto mal gestionado. El puesto 159 en libertad de prensa, según RSF. Cuarenta y tres por ciento de los periodistas encuestados sufrieron censura. Y uno de cada cuatro se autocensura. No por miedo físico —aunque también—, sino por el agotamiento. Por saber que, aunque publiques, te demandarán. Y que el juicio durará años. Y que nadie te defenderá.
En India, la prensa tradicional ya no investiga. Se convirtió en altoparlante del poder. The Wire, Scroll, The Caravan, Newslaundry… sobreviven como oasis digitales. The Reporters’ Collective, uno de los pocos que aún publica sin temblar, sacó a la luz los hilos entre políticos y empresas. Pero todo eso, fuera del ciclo noticioso. Como si fuera ficción. Como si no pasara aquí, ahora.
Pakistán es peor. Puesto 158. El sitio Fact Focus fue bloqueado. Su cofundador vive fuera, pero su familia, adentro, enfrenta amenazas. “Un mensaje directo”, dice alguien que conoce el caso. “No te tocaremos a ti. Pero a ellos, sí.”
Y en Gaza…
En Gaza no hay prensa. Hay mártires. Más de doscientos periodistas asesinados. Algunos, objetivos directos. Israel prohíbe la entrada a extranjeros. No quiere testigos. Un informe de la ONU habla de genocidio. Pero eso no se ve en los canales globales. Al menos, no como debería verse.
Rawan Damen, de ARIJ, en Jordania, perdió el 20 por ciento de su presupuesto. El año pasado. Por la congelación de fondos de USAID. No lo recuerdo bien si fue en enero o marzo, pero sí sé que cancelaron una beca de periodismo ambiental. Y el foro anual. Y un entrenamiento para mujeres periodistas en Siria. Todo.
En Indonesia, el apoyo cayó tras la orden ejecutiva de Trump que cerró USAID. Fransisca Susanti, de JARING, lo dijo sin llorar: “perdimos hasta el presupuesto para proteger a los reporteros que investigan minería ilegal. Ya no pueden viajar. Ya no pueden publicar.” Y Bayu Wardhana advirtió: nadie habla de cómo un puñado de personas controla los recursos naturales y destruye el ambiente. Porque nadie puede.
En China, el periodismo está enterrado. Pero no muerto. Chai Jing y Wang Zhi’an, ex de CCTV, ahora tienen millones en YouTube. Historias que en WeChat jamás pasarían. Y revistas anónimas como Mang Mang o WOMEN se alimentan de exiliados. De miedos compartidos. De textos que parecen literatura, pero son crónicas de denuncia. Porque si lo llamas reportaje, te detienen. Si lo llamas ensayo… a lo mejor, solo a lo mejor, te dejan pasar.
Hong Kong ya no es lo que fue. RTHK es hoy un megáfono del gobierno. Pero nacieron medios nuevos. En el extranjero. The Chaser News, Flow HK, Green Bean. Todos en inglés. Todos dirigidos por hongkoneses que se fueron. Que no tuvieron opción.
Taiwán es el 24. El mejor del continente. Pero Sherry Lee, de The Reporter, dice que el enemigo no es el cierre de medios. Es la desinformación. Es que la gente ya no crea nada. Ni siquiera cuando es verdad. “Se burlan de la noticia antes de leerla. O la ignoran. Porque creen que detrás, siempre, está Pekín moviendo hilos.”
Bangladesh dio un giro. Cayó la Liga Awami. Subió 16 puestos en la clasificación. Pero los periodistas no celebran. Tienen miedo. O prudencia. No saben bien qué es. Muchos adoptan la política de “esperar y ver”. Porque la Ley Antiterrorista sigue ahí. Y Manjarul Alam Panna fue arrestado mientras hablaba en un seminario.
266 periodistas con procesos penales.
Más de veinte en prisión.
Todo bajo cargos que no son periodismo. Son “amenaza al orden”.
Y en el Sudeste, IndonesiaLeaks y el KJI aún funcionan. A pesar de la violencia policial, los ciberataques, el doxxing. A pesar del vacío financiero.
Hablé con alguien de Malaysiakini hace unas semanas. No recuerdo bien quién fue, pero me dijo: “este año, por primera vez, la Conferencia de Periodismo de Investigación se hace en Asia. Aquí. Como si el mundo se diera cuenta de que, a pesar de todo, aquí no callamos.”
No callamos.
Pero tampoco sabemos hasta cuándo.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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