
Evasión fiscal millonaria: los trucos que hundieron a Enron y KPMG
Bernard Ebbers se levantó una mañana como cualquier otra, en Mississippi, con el peso de una empresa entera sobre los hombros. Telecomunicaciones. Fusión tras fusión. Treinta compañías devoradas en pleno apogeo de las punto com. Y luego, el estallido. La burbuja se rompió como un cristal en cámara lenta, y con ella, el espejismo de crecimiento infinito. Pero en lugar de asumir la caída, Ebbers sacó un cuchillo financiero: comenzó a tratar gastos como inversiones. Costos operativos, combustible, cables, salarios… todo convertido en activos ficticios. Mil millones aquí, mil allá. Hasta que los números gritaron más fuerte que los auditores.
La deuda se acumuló: 7.7 mil millones. Y él, mientras tanto, pedía prestados 408 millones de dólares a la propia junta de su empresa para no perder acciones en garantía. Como si el dinero de todos pudiera salvar su fortuna personal. Nadie dijo nada a tiempo. O sí dijeron, pero dentro de salas cerradas, con memorandos que nunca llegaron a la luz.
No fue solo Ebbers. Enron también lo hizo, pero con trajes más caros y un perfume de innovación que vendieron hasta en las portadas de las revistas. Fortune los llamó “la empresa más innovadora” mientras enterraban deudas en entidades fantasmas. SPEs, le decían. Compañías de papel que no vendían nada, que no producían nada, pero que cargaban con el peso de lo que no querían mostrar. Marcación al mercado: una contabilidad que permite inventar ganancias antes de que existan. Un truco contable que, usado con maldad, se convierte en bomba de tiempo.
Y luego está KPMG. No una empresa cualquiera: uno de los cuatro grandes de auditoría mundial. En 2003 se supo que montaron un menú de refugios fiscales —BLIPS, FLIPS, OPIS, SOS— no para proteger activos, sino para fingir pérdidas. Sus clientes, millonarios con ingresos superiores a los 10 millones, presentaban declaraciones con agujeros negros que el fisco no podía llenar. Y KPMG cobraba, claro, una comisión por cada dólar de impuesto no pagado. Como carnada, les ofrecían legalidad. Pero era un teatro bien montado: la ley doblada, no rota, hasta que se quebró.
Hoy, todo esto suena lejano. Pero no lo está.
La evasión no vive en los delitos grandes, sino en lo cotidiano: en el efectivo que no deja huella, en el cripto que nadie declara, en las deducciones falsas bajo la alfombra. Y el control? Se supone que los profesionales de impuestos, los auditores internos, las revisiones, lo previenen todo. Pero si el sistema mismo tiene fisuras —si las firmas que deben fiscalizar también defraudan—, entonces el fraude no es excepción: es parte del diseño.
¿Y los que no aparecen? Los empleados que firman sin entender. Los países pequeños donde se abren las cuentas off-shore. Las familias que pagan sus impuestos con el sueldo del pan de cada día, mientras arriba, los números se borran con un clic.
Un dato: en Estados Unidos, la cárcel por evadir impuestos puede durar hasta cinco años. Ebbers cumplió parte de los suyos. Murió en libertad, sí, pero bajo supervisión. ¿Justicia? Puede. Pero el daño sigue. Los empleados despedidos, las pensiones evaporadas, los ahorros de miles convertidos en polvo.
Hace unas semanas, alguien me dijo —no recuerdo bien quién, tal vez un exauditor que ahora vende café en Medellín— que el mayor peligro no es que alguien robe. Es que todos aceptemos, en silencio, que el juego está trucado.
La pregunta no es si volverá a pasar.
Es por qué siempre vuelve.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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