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Stablecoins mueven 9 billones en economía global

Es de madrugada en Maracaibo y una joven guarda su teléfono con llave antes de dormir. Lo hace no por miedo a que se lo roben, sino porque ahí, en esa pantalla quebrada, tiene lo único que sostiene su familia: dólares digitales. No billetes. Tokens. Stablecoins. Lo que en Caracas llamarían “el chavo sano”, aunque ya nadie diga eso. Han pasado años desde que el bolívar dejó de ser risa nerviosa para convertirse en ausencia.

Y ahora resulta que el mundo entero —el de verdad, el que no vive a salto de mata— se está moviendo como si fuera Venezuela.

Casi 50 billones de dólares en transacciones con monedas estables en un año. Cincuenta. Billones. Más del doble que hace apenas un año. Pero eso es el teatro: movimientos entre robots, tráfico falso, números inflados como globos publicitarios. Cuando se filtra, cuando se limpia el polvo del espectáculo, quedan nueve billones reales. Nueve. Y eso ya no es chiste, ya no es solo especulación. Eso es dinero moviéndose. Gente pagando. Gente sobreviviendo.

Aquí, en Latinoamérica, lo sabemos de memoria. En Argentina, el celular con billetera instalada ya vale más que el banco. En Colombia, una madre en Cali paga la medicina con USDT y no con pesos, porque si espera al giro del hijo en España, el saldo se evapora antes de que llegue. En Nigeria, igual. No hay diferencia. La blockchain no es tecnología: es refugio. La red no es código: es red de contención.

Pero el informe ese —no recuerdo bien quién lo hizo, una especie de think tank de Silicon Valley, algo con a y números— dice que ahora también los bancos, los grandes, los de Wall Street, entran al juego. JPMorgan. BlackRock. PayPal. Empresas que nunca miraron hacia acá, salvo para comprar bonos baratos o vender deuda, ahora emiten, cotizan, transfieren. Circle se fue a la bolsa como si fuera un banco antiguo, cuando en realidad es un contador de transacciones invisibles. Y el dólar, ese que tanto se fue como vino, ahora vive en cadenas de bloques. Más de uno por ciento de todos los dólares del mundo. No en cajas fuertes. En redes públicas. Sostenidos por bonos del Tesoro. Y mientras los bancos centrales globales venden esos bonos para comprarse oro —como si volviéramos al siglo XIX—, son los usuarios de cripto los que los compran. Sin querer, sin pedir permiso. Generando una demanda nueva que nadie vio venir.

Hace unas semanas, en una cafetería de Bogotá, un programador me decía: “Aquí todo el mundo habla de descentralización, pero lo que estamos construyendo es una nueva centralidad. Solo que no está en Nueva York. Está en código”. No supe qué responder. Seguí bebiendo el café frío.

Porque también está eso: Estados Unidos, después de años persiguiendo exchanges, multando fundadores, bloqueando wallets, ahora cambia. Una ley, otra ley —GENIUS, CLARITY, nombres que suenan a campaña electoral— y de golpe todo es legal, claro, transparente. ¿Y Trump? Hasta su stablecoin sube mil millones en un día porque Binance invierte. No es ironía. Es señal.

Pero la pregunta que queda, la que nadie quiere decir en voz alta, es esta: ¿para quién es todo esto?

Porque mientras en California discuten protocolos de IA descentralizada y redes de antenas 5G manejadas por vecinos, aquí la gente usa stablecoins para que los salarios no se esfumen en una hora. No para invertir. Para sobrevivir. La misma tecnología que en San Francisco financia startups, en Caracas salva vidas. O al menos lo intenta.

Y nadie habla de los costos reales. De la minería que no se cuenta, del agua que se va, del control disfrazado de libertad. Del hecho de que, mientras más estable es la moneda, más depende del mismo sistema que debería reemplazar.

¿Cuánto tiempo más podremos usar lo que ellos inventaron para resistir lo que ellos causaron?

No lo sé.

Y no estoy seguro de que alguien, allá arriba, quiera que lo sepamos.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Olivia Chen
Olivia Chen

Olivia Chen investiga fraudes, regulación y evasión fiscal en el mundo de las criptomonedas. Trabajó en Coindesk y colaboró con Bloomberg Crypto en reportajes sobre colapsos de exchanges y burbujas especulativas. Su enfoque combina análisis de blockchain, documentos regulatorios y fuentes en EE.UU. y Europa. Estudió Economía en la University of California, Berkeley, y tiene una certificación en Finanzas Digitales del MIT Media Lab.

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