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Claves para evitar estafas con criptomonedas: lo que debes saber ya

Había una mujer en Caracas que vendió su anillo de compromiso. No lo dijo en redes, no lo anunció. Solo convirtió el oro en bolívares, y los bolívares en dólares, y los dólares en ether. Todo en menos de una tarde. Lo hizo porque confiaba en el tipo que le hablaba por Instagram. Un tal “Carlos M.”, supuestamente de Miami, que le juró que en tres meses el dinero se duplicaba. Le enseñó gráficos. Le envió un enlace. Le dijo: “Confía en mí como confías en tu Dios”.

No hubo tres meses. En tres días ya no pudo acceder a la plataforma.

Y eso fue todo. Ni respuestas. Ni soporte. Ni ayuda. Solo un monedero vacío y un anillo que ya no existe.

La verdad es que no hay sistema más frágil que la confianza cuando se encuentra con una cartera digital y un sueño desesperado. La gente no compra criptomonedas por moda. Las compra porque ya no cree en los bancos, ni en los gobiernos, ni en los papeles que firman. Las compra porque el dinero tradicional les falló hace rato. Porque el dólar en efectivo se roba, se pierde, se confisca. Porque el bolívar se evapora. Y entonces miran al cielo y apuestan por algo que nadie puede tocar, algo que supuestamente no puede desaparecer. Pero que en realidad desaparece más rápido que cualquier billete quemado.

Todos lo sabemos: hay algo perverso en decirle a alguien que invierta en algo que ni los propios creadores entienden bien. Pero más perverso es que eso suene a esperanza.

Las criptomonedas no son nuevas. Bitcoin nació en 2009, en medio de una crisis global. Pero llegó a países como Venezuela no con discursos técnicos, sino con promesas: libertad financiera, anonimato, puerta de salida. Lo que nadie dijo fue que, por cada persona que escapa, hay diez que caen. Que el anonimato es parcial. Que el registro público —la blockchain— no oculta tanto como dicen. Que si compartes tu dirección de cartera, y alguien cruza datos, tu identidad también queda asentada. Solo que no en un banco. En una base de datos distribuida, invisible, imposible de reclamar.

Y lo peor no es que no haya reembolsos. Es que no hay nadie. No hay un número al que llamar. No hay un funcionario que diga “aquí estoy”. Si te equivocas de dirección, si pierdes la clave, si un familiar muere y nadie sabe cómo acceder, el dinero se va. Como si nunca hubiera existido.

En Estados Unidos, la FTC recibe miles de reportes al año. La SEC investiga monedas falsas, perfiles de celebridades falsas, sitios falsos que se ven más reales que los legítimos. Hay gente que dice: “Pero si el sitio tenía hasta sello de seguridad”. Y claro que lo tiene. Los estafadores también pagan por certificados SSL.

Hace unas semanas, un hombre en Buenos Aires intentó recuperar 18.000 dólares en bitcoin que envió a un supuesto “asesor” que prometía inversiones en una plataforma llamada… no recuerdo bien el nombre, algo como “CryptoShield” o “ShieldChain”. Todo falso. Lo único real fue el dinero que desapareció. Y el hecho de que el tipo lo llamó cada hora, le mandó pantallazos falsos, le hizo creer que ganaba, hasta que pidió retirar y le dijeron que tenía que pagar más para activar la función.

Pagar más para recuperar lo tuyo. Eso ya lo habíamos visto antes. En secuestros. En extorsiones. En la vieja política.

La minería, dicen, es para países con electricidad barata. Pero aquí, donde el servicio es inestable y los cortes constantes, la minería no es negocio. Es castigo. Gente que hipoteca frigoríficos, que conecta equipos a líneas de barrios enteros, que arriesga hasta quemar su casa por unos centavos virtuales. Ni siquiera lo hacen por riqueza. Lo hacen por orgullo. Por orgullo de entender algo que el resto no entiende.

Pero el 99 por ciento de los que entran no salen ganando. Salen en silencio. O borrachos. O llorando. Sin decir nada. Como si hubiera sido su culpa.

La pregunta no es si las criptomonedas son buenas o malas. La pregunta es por qué, en lugares como este, se vuelven el último refugio. Por qué la desesperanza se convierte en inversión. Por qué la vulnerabilidad se monitiza.

¿Quién se beneficia? Siempre los mismos. Los que crean las plataformas. Los que controlan los nodos. Los que deciden cuándo una moneda se acepta o se borra. Los que hablan en inglés, desde fuera, y prometen inclusión financiera mientras nadie en el barrio Caribe sabe decodificar un hash.

Y las estafas… no son nuevas, no son nuevas. Antes eran cheques falsos. Ahora son códigos QR. Antes era el “príncipe nigeriano”. Ahora es “la asesora de inversión de Wall Street”. Lo único que cambió es la máscara.

Hubo un caso en Cúcuta. Una joven de 24 años. Le ofrecieron un trabajo remoto. Primera tarea: depositar un cheque. Retirar parte del dinero. Comprar bitcoin. Enviar a un tercero. Todo “para probar responsabilidad”. Al tercer día, el banco le reclamó los pesos equivalentes. Y ella no tenía. Tuvo que huir del edificio. No por robar. Por obedecer.

Eso es lo que no se cuenta. Que detrás de cada transacción hay un cuerpo real, una historia que no entra en el algoritmo.

No hay moralejas. No hay soluciones mágicas. Solo este dato duro: si alguien te pide criptomonedas por adelantado, si te promete ganancias seguras, si te dice “confía, soy como tú”… es estafa. Siempre ha sido estafa.

Lo demás es silencio.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Olivia Chen
Olivia Chen

Olivia Chen investiga fraudes, regulación y evasión fiscal en el mundo de las criptomonedas. Trabajó en Coindesk y colaboró con Bloomberg Crypto en reportajes sobre colapsos de exchanges y burbujas especulativas. Su enfoque combina análisis de blockchain, documentos regulatorios y fuentes en EE.UU. y Europa. Estudió Economía en la University of California, Berkeley, y tiene una certificación en Finanzas Digitales del MIT Media Lab.

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