
Blockchain: la tecnología que revoluciona el mundo sin que lo veas
Habla de tecnología, pero no es sobre códigos.
Es sobre el tipo ese, el minero de Bitcoin en Coro, que apagó su máquina hace tres meses y no ha vuelto a encenderla. Dice que el medidor de la pared ya no tiembla como antes, que por fin duerme sin el zumbido en los oídos. Pero también dice, bajito, que ya no sabe qué hacer con las noches largas. Que extraña algo, aunque no sepa el nombre.
La red sigue. La cadena también. Pero aquí, donde el apagón dura más que la promesa, blockchain no suena a revolución. Suena a factura de electricidad. A motor quemado. A vecino que vendió el generador para comprar un bolso de contrabando.
Yo lo escuché, mientras el café se volvía frío sobre la mesa de aluminio, y me dijo algo así como: “aquí no hay consenso. Aquí solo hay quien tiene luz y quien finge que la tiene”.
Y tiene razón.
Porque blockchain no es democracia. No es igualdad. Es un espejo: muestra lo que ya hay, pero sin piedad. En países donde la autoridad central se desvaneció, aparece la descentralización… pero no como libertad. Aparece como abandono. Como los nodos que nadie vigila, como los bloques que nadie puede verificar.
En teoría, no hace falta confiar. En la práctica, aquí, aún confiamos en lo de siempre: en el tipo que tiene el cable, en el que sabe quién apaga el transformador, en el que guarda el dinero en dólares, no en monedas de cien mil bolívares.
Sé de un almacén en San Cristóbal, manejado por una cooperativa de pequeños productores, que empezó a usar una red privada para rastrear la miel. Lo hicieron para probar. Para ver si alguien les creía. Registraron cada paso: recolección, empaque, transporte. Todo inmutable, todo visible. Pero cuando el camión desapareció en el camino, nadie fue a mirar la cadena. Todos sabían lo que pasó. Nadie dijo nada.
Eso es lo que no cuentan. Que la tecnología no elimina el poder. Solo lo cambia de lugar.
No sé si fue hace un mes o un año, pero vi un video —creo que en un grupo de Telegram, no recuerdo bien— de una prueba piloto de votación en una comunidad de la Amazonía colombiana. Usaban blockchain. Transparencia total, decían. Pero la urna digital se cayó justo cuando empezaron a contar. Y luego, el silencio. No hubo resultados. No hubo denuncia. Solo un bot que repitió durante días: “proceso exitoso, proceso exitoso”.
¿Quién controla los nodos?
No preguntes eso en público.
Porque hay una diferencia entre saber y poder decirlo. Y entre poder decirlo y que te crean.
Aquí, la inmutabilidad no protege. Inmoviliza.
Y el que habla de descentralización mientras vive con un router que apagan cada noche, ¿qué clase de utopía está vendiendo?
Hablo con un tipo en Lima, un desarrollador que trabajó en una fintech en Medellín. Me dice, entre sorbos de café instantáneo: “la reducción de costos no llega donde más falta. Llega a quien ya tenía el dinero”.
No sé si dijo eso exactamente. Pero lo sintió.
Y yo lo oí.
Blockchain no es nueva. No es nueva.
Hace siglos que existen libros de contabilidad que nadie puede borrar. Solo que antes, estaban en iglesias. En cajas fuertes. En manos de los mismos.
Hoy están en la nube. Pero la electricidad sigue siendo el precio.
Y acá, en este piso cuarto sin aire, con el ventilador parado desde las nueve, el precio es alto.
¿Cuántos bloques se necesitan para registrar una ausencia?
¿Cuántos nodos hacen falta para probar que un pueblo ya no existe porque lo borró el río, o la mina, o el hambre?
No hay contrato inteligente para eso.
Solo silencio.
Y una cadena que sigue, aunque nadie la esté mirando.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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