
Futbolistas de izquierdas: el impacto social más allá del campo
Maradona lloró en La Habana. No sé si fue en el ’99 o el 2000, algo así, un invierno de esos en que la humedad se mete en los huesos y el aire de la isla sabe a sal y promesas cumplidas. No fue un llanto fácil, ese que te sale cuando pierdes un partido o te rompes un tobillo. Fue el llanto de un tipo que, por primera vez, se sintió visto. No como ídolo, no como mito, sino como hombre. Lo abrazó Fidel, con su uniforme verde olivo, barba de profeta y mirada de ajedrecista, y el Diego, el de los pies mágicos, el sobreviviente de Villa Fiorito, se deshizo. Lo vi en un video mal grabado, de esos que circulan en pen drives en los mercados de Caracas o Rosario. No estaba planeado, no fue mediático. Solo dos tipos que se reconocieron: uno construyendo un país, el otro desgajado por el sistema, ambos enemigos declarados del imperio.
Ese gesto, ese abrazo, decía más que mil manifestaciones. Porque el fútbol, en el fondo, no es neutral. Nunca lo fue. Cada vez que un jugador alza la voz, no solo habla. Rompe un pacto: el de callarse, de sonreír, de vender zapatillas mientras los barrios se ahogan. Sócrates, allá en Brasil, con su metro noventa y su título de médico, organizó asambleas dentro del vestuario del Corinthians. Votaban hasta quién iba a cobrar el penal. En plena dictadura militar, eso no era futbol. Era resistencia. Y pagó: lo marginaron, lo dejaron fuera de selecciones, lo tildaron de “peligroso”. ¿Por qué? Porque un futbolista pensante es peor que un gol en contra.
Hoy, muchos callan. O disimulan. Pero otros no pueden. Verón, por ejemplo. No es un orador, no monta escándalo. Pero cuando habla de escuelas, de barrios con canchas de hormigón rajado, de chicos que juegan descalzos, algo en su voz cambia. No suena a filantropía. Suena a deuda. Porque él salió, y sabe que no todos tienen ese pasaje. Y mientras tanto, en Europa, Cantona —el tipo que se retiró en pleno esplendor, como quien abandona una fiesta podrida— sigue diciendo que el capitalismo es un cáncer. Lo dice con esa calma francesa, como si anotara un gol de tacón: sin alharacas. Y en sus redes, que no son muchas, cuelga fotos de marchas, de asambleas, de sindicatos en huelga. No vende ropa, vende ideas. Y eso, en el sistema, no se perdona.
Los más jóvenes, ahora, lo hacen con otra herramienta: la pantalla. Rashford, en Inglaterra, obligó al gobierno a volver atrás con el plan de comedores escolares. No fue un discurso en el parlamento. Fue un tuit, una portada, un cuerpo negro cargando el hambre de miles. Y en México, no sé si te acuerdas, unos jugadores del América se negaron a cantar el himno en un partido contra Pumas. No fue por maldad. Fue porque ese día habían matado a tres mujeres en Ciudad de México. Nadie lo destacó mucho. Pero en los foros, en las redes, corrió. Silencio. Un acto pequeño, brutal.
El fútbol, al final, no es solo un juego. Es un mapa: muestra por dónde corren el poder, la pobreza, el miedo. Y cuando un futbolista dice “no”, cuando se para, cuando se identifica con los que no tienen contrato, con los que no tienen voz, lo que está haciendo es señalar el abismo. Y eso duele. Duele a los dueños de los clubes, a los que mandan los uniformes, a los que ganan con la indiferencia.
Dicen que el deporte une. Pero a veces une sobre la mentira. Mientras tanto, los que no callan, los que se arriesgan, están solos. Los atacan en las redes, los tachan de “políticos”, como si pensar fuera un insulto. Y la prensa cómplice repite: “que jueguen, que no hablen”.
Pero ¿y si hablar es también jugar? ¿Y si el campo más grande no está en el estadio, sino en la calle?
Maradona ya no está. Pero ese llanto, esa foto, sigue. Y en ella, no hay un deportista. Hay un hombre que entendió, tarde o temprano, que no se puede ganar si el partido está amañado.
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