
El coloso que Beckenbauer dejó en Múnich: así nació la leyenda del Allianz Arena
Él estaba allí, de pie, con una pala en la mano como si fuera un acto ceremonial, aunque nadie cantó himno ni hubo tambores. Franz Beckenbauer, sí, el Kaiser, aquel que jugaba como si el tiempo le obedeciera, puso una piedra en Múnich allá por principios de octubre de 2002. Un gesto sencillo, casi doméstico, pero que marcó el inicio de algo que ya nadie puede ignorar: una máquina de hormigón, luz y fútbol que los locales llaman, con cierta ternura, Schlauchboot —un bote hinchable, como si flotara sobre el barrio de Fröttmaning.
Y flota. De alguna manera, flota. No sobre agua, sino sobre lo que significa hoy un estadio de élite: no es solo lugar de juego, es máquina de espectáculo, de imagen, de poder blando. Esa fachada, con sus más de dos mil ochocientos paneles hinchables, cambia de color como un pulpo que se camufla. Pero no se limpia con humanos colgando de sogas, no. Lo hace sola, gracias a la lluvia. El agua resbala y se lleva el polvo, como si el edificio se purificara sin pedir permiso. Tecnología alemana, supongo. O necesidad de que todo parezca inmaculado mientras adentro, bajo tierra, hay caminos de cemento por donde entran jugadores, cámaras, seguridad, millones de euros anuales.
Dicen que caben más de setenta y un mil. Setenta y un mil cuerpos, respirando al mismo tiempo, gritando, celebrando, sufriendo. Y arriba, una cubierta que se cierra. Sí, se contrae como una criatura viva cuando el cielo se nubla o el evento —porque ya no es solo fútbol— lo requiere. Un caparazón. Un refugio de lujo. Aquí no hay techos de zinc ni goteras que mojan los asientos de plástico. Aquí no. Todo es control: la temperatura, la luz, la vista. El confort como promesa. Seguridad como condición.
Y abre sus puertas. Claro que abre. Pero no a cualquiera, no de gratis. Desde veinticinco euros tienes acceso a los rincones: el vestuario, donde los hombres se desnudan antes de convertirse en mitos; el palco, donde los que tienen corbata deciden qué vale la pena; el césped, ese territorio sagrado que, por unas horas, se vuelve turístico. Puedes tocarlo. Puedes posar. Puedes decir que estuviste allí, aunque nadie te crea. Todo esto, diariamente. Como si fuera un museo. Y en el fondo lo es.
Pero no preguntes por los que no aparecen. Los que diseñaron los planos, los que soldaron los paneles, los que limpian después del partido, cuando ya se fue el último turista con su camiseta oficial. No están en las fotos. Tampoco los que perdieron terreno, si es que hubo desalojo, si es que hubo presión urbana. No se sabe. O no se dice.
Honestamente, no recuerdo bien quién me contó que en algunos partidos, cuando el estadio se ilumina entero de rojo, los aviones que pasan por encima lo ven desde kilómetros. Como una señal. Una advertencia. O una invitación.
¿Y si el fútbol ya no es el deporte del pueblo, sino el altar de una élite global?
¿Y si el pueblo solo va de visita?
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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