
Jorge Mendes apuesta por Samy Merheg: la nueva joya colombiana de su imperio futbolístico
Samy Merheg corre. No como cualquiera, sino como quien todavía no sabe que ya le ponen precio al aire que respira. Dieciocho años, delantero del Deportivo Pereira, siete goles, tres asistencias. Nada espectacular en un torneo donde los promedios se diluyen rápido. Pero alguien lo miró distinto. Alguien que no ve fútbol, sino contratos. Alguien como Jorge Mendes.
No lo digo por instinto. Lo digo por el rastro. Mendes, el agente portugués que un día convirtió a Cristiano Ronaldo en una marca y a los portugueses en una industria, ahora extiende su red sobre Colombia. No con bombo, sino con silencio. Con ese gesto discreto que sabe que antes que el salto a Europa, viene el control. Y el control no lo da un entrenador, ni un técnico: lo firma un abogado en una oficina que quizás ni aparece en los mapas.
Su empresa, Gestifute, maneja hoy una cartera que ronda los 1.600 millones de euros. Eso no es dinero por dinero, es poder codificado en números. Equivale a tener en tus manos más del noventa por ciento del presupuesto anual de algunos países de esta región. Y todo basado en cuerpos. En piernas. En contratos que se firman a los dieciséis, diecisiete, dieciocho años, cuando el chico todavía juega pensando en el gol, no en la cláusula de rescisión.
Yo recuerdo cuando Mendes se hizo visible. Con Falcao García. El Tigre. El ídolo. La máquina de goles en el Porto, en el Atlético, en el Madrid. Mendes estuvo ahí, en cada traspaso, en cada anuncio, en cada sonrisa con reloj de lujo. Pero ya no solo quiere ídolos. Quiere activos. Jóvenes. Contratos antes del estallido. Antes de que el mundo los conozca. Y por eso entró a Merheg como quien toma una hipoteca sobre el futuro.
Pero el caso más claro, el que ya huele a negocio redondo, es Lamine Yamal. El chico del Barcelona. Ese que juega como si el tiempo no lo tocara. Mendes no lo podía representar oficialmente antes de los dieciocho, por las normas FIFA. Pero estuvo. Detrás. Manejando. Empujando. Asegurando que la renovación con el club catalán se hiciera bajo su sombra. Y ahora que cumplió la edad, lo tiene. Con un valor de mercado de 200 millones, pero proyectado a superar los 250 en dos años. Eso no es fútbol, eso es una inversión de alto riesgo con garantía de liquidación.
Y no está solo. Jonathan Barnett, con su CAA Stellar, maneja cerca de 900 jugadores. Números brutos, volumen. Un imperio hecho con cantidad. Pini Zahavi, el viejo zorro israelí, no necesita muchos: basta con uno como Lewandowski para mover cientos de millones. Y luego está Volker Struth, el fantasma de la Bundesliga, que con Toni Kroos en su historial deja claro que en Alemania no se negocia con torpes.
La pregunta no es quién gana más. Es quién dibuja el mapa. Porque detrás de cada traspaso, de cada firma, hay una estructura que decide quién sube y quién se queda. Quién sale de Sudamérica y quién nunca pisa un campo en Francia, Inglaterra o España. Mendes ya no negocia jugadores: negocia destinos.
James Rodríguez, por ejemplo. El 10. El héroe del Mundial 2014. También es suyo. Hoy en México, en el Club León, lejos del Madrid, lejos de esa luz que lo alumbró. Pero sigue en la red. Porque una vez que entras, no salís. O si salís, es porque ya no renderías.
¿Y los demás? Los que no están en el radar de Mendes, ni de Barnett, ni de Zahavi. Los que juegan en ligas invisibles, con sueldos en dólares que no llegan, con agentes locales que solo saben apretar manos en los pasillos del club. Ellos no existen. O existen como riesgo. Como descarte.
Hace unas semanas escuché a un periodista decir que el fútbol ya no se juega en el campo, sino en las oficinas de Lisboa, Londres y Düsseldorf. No exageraba. Mendes no necesita gritar. Solo espera. Y firma. Y cobra.
¿Quién controla el sueño de un chico de Pereira? No el técnico. No el presidente del club. No su familia. Al final, puede ser solo uno: el que tiene el contrato en la mano antes de que el chico siquiera entienda lo que firma.
Y Merheg corre.
Pero ya no corre solo.
Alguien lo sigue.
Desde lejos.
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