
La revelación de los carteles gringos que mueven droga en EE.UU.
Ismael Zambada García entró a la corte con ese paso de hombre roto, el uniforme carcelario azul y naranja pegado al cuerpo como una segunda piel. No era el jefe de jefes, sino un viejo cansado que firmaba su entierro con cada palabra. Dijo frente al juez que desde 1980 había transportado y vendido un millón y medio de kilos de cocaína. Principalmente a Estados Unidos. Lo dijo sin temblar. Como quien entrega una cuenta antigua.
Pero nadie habla bien de lo que pasa aquí. Nadie.
La fiscal general lo llamó una victoria histórica. Yo lo llamé una opereta. Porque ya no se trata de quién cae, sino de quién sigue de pie sin que le toquen ni un pelo. Y hay muchos.
Jesús Esquivel lleva años rastreando esta grieta en la narrativa oficial. En su libro Los carteles gringos, desmonta el mito más cómodo del negocio: que las drogas llegan a EE.UU., cruzan la frontera… y de pronto se venden solas. Que son los extranjeros los que inundan. Que la plaga viene de fuera. Pero ahí está el truco. La frontera no es el final, es un paso de entrega. Como una remesa postal. Los carteles mexicanos no van más allá. No necesitan. Dejan el paquete y recuperan el dinero. A veces en efectivo. A veces lavado. A veces caminando hacia México con fajos de billetes en el cinturón.
El que mueve la droga en las calles, el que la fracciona, la vende, la custodia, el que pone el precio… ese ya no es del sur. Ese es de las calles de Arizona, de Chicago, de Atlanta. Blanco, negro, latino. Membresía de pandilla, jerarquía de club, título de “presidente” en una moto. Las bandas —Hells Angels, Sinaloa Cowboys, Raza Unida, MS-13, Nation Syndicate, Mexican Mafia— no esperan órdenes desde Culiacán. Cambian de proveedor según el mejor precio. Juegan libremente. No juran lealtad. Solo firman contratos invisibles.
Y nadie los llama carteles.
Mike Vigil, ex de la DEA, dice que no porque no tienen ametralladoras montadas en camionetas, porque no se enfrentan al ejército, porque no controlan alcaldías ni gobiernos. Tiene razón. Aquí no hay narcoestado. Pero veo agentes en una escena de Chicago, cuerpos en el suelo, y la prensa lo anota como “crimen común”. Esquivel lo dice mejor: la violencia se informa, pero no se reconoce como narco. Se aisla. Se minimiza. Se blanquea.
Es jodido repetirlo, jodido, porque ya lo vivimos aquí: que mientras el poder persigue fantasmas, lo real sigue respirando, moviéndose, creciendo. En EE.UU. no hay un “El Chapo nacional”. Pero sí hay 33.000 pandillas. Un millón cuatrocientos mil miembros. Dispersos, sí. Pero no inofensivos. Ahí es donde el racismo también opera: un latino con droga es vínculo directo con el Cártel de Sinaloa. Un blanco con droga es un “delincuente común”.
Hace años, el exjefe interino de la DEA, Jack Riley, presentó ante el Congreso la Iniciativa de Carteles Domésticos. Solo duró un suspiro. Luego, silencio. Para Esquivel, no se puede permitir que digan que “hay carteles gringos”. Porque se vendría el juego de espejos: “¿y ustedes?”. No es imperialismo solo bombardear. Es también no nombrar lo que ocurre en casa.
Dudley dice que ambos ejercen control coercitivo. El minorista. Que ambos dominan mercados. Que en escala, en impacto económico, no sea comparable, es cierto. Pero en el barrio… el control es igual. A fuego. A miedo.
¿Por qué nadie habla?
Tal vez porque abrir esa puerta significa reconocer que el mercado no es ajeno. Que no es ese narco barbudo de Tijuana el que alimenta la adicción en Ohio, sino el tío de al lado. Que el dinero que vuelve a México no solo viene del crimen organizado, sino de bancos, ranchos, negocios de fachada que nadie investiga aquí. Que esta guerra no empezó en México. Empezó en la demanda. En la clase media. En el fentanilo en las escuelas. En los cuerpos que se apagan sin que nadie grite.
Encendí otra vez el café. Seguía frío. Como esta historia.
¿Será que no quieren ver… o ya no pueden?
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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