
Caos en el Cartel de Sinaloa tras detención clave de “El Mayo” y uno de los Chapitos
Culiacán amanece con el cielo bajo, como si la humedad no supiera si debe llover o solo quedarse quieta, esperando. En una esquina de la ciudad, un hombre de traje claro, sin corbata, mira el celular. No es policía. Tampoco militar. Pero está ahí, en el lugar preciso donde no se supone que nadie deba estar, a las dos de la mañana, con el aire cortado por el zumbido de motos que pasan sin encender luces.
Dicen que Joaquín Guzmán López fue quien puso la trampa. Que se acercó a El Mayo como quien viene a hablar de la familia, de los viejos tiempos, del respeto. Y que, en algún punto entre Sinaloa y Nuevo México, las palabras se cortaron y solo quedaron los pasos sobre la tierra, los pies inmovilizados, el avión que despegó sin permiso de nadie.
Pero eso es lo que cuentan. Lo que no se dice es quién lo autorizó, quién desvió las patrullas, quién dejó el cielo limpio para que nadie viera el vuelo.
Estados Unidos tiene a dos. A El Mayo. A uno de los hijos. Ovidio ya está allá desde hace meses. Los otros dos —Iván y Jesús Alfredo— deben estar ahora mismo detrás de un muro de silencio, rodeados de armas, de hombres con mirada de hielo, preguntándose si el siguiente en caer será su cabeza. Porque esto no es un arresto. Esto es guerra. Y no la que se ve en las fotos, con camionetas quemadas y cuerpos en la carretera. Es la otra. La que se mueve en la sombra de las alianzas rotas, en el cálculo frío de quién traiciona a quién primero.
El Chapo ya no está. Se fue entre túneles y juicios, se lo tragó la prisión más alta del mundo, y aun así nadie puede decir que murió. Porque su nombre sigue valiendo. Y sus hijos, ya no son solo hijos. Son marcas. Son territorios. Son facturas que hay que cobrar.
Y en medio de todo esto, el círculo se cierra. El Cartel de Sinaloa nunca fue un imperio vertical. Era una madeja. Familias entrelazadas, compadres juramentados entre bautizos y bodas, hombres que se juran lealtad mientras firman muertes con un gesto apenas perceptible. Así funcionó durante décadas. Así sobrevivió a camarena, a Calderón, a extradiciones, a túneles. Pero ahora, el enemigo está adentro. Y no lleva uniforme. Lleva el apellido Guzmán.
Genaro García Luna, por ejemplo. Lo tuvieron en Nueva York, esposado, con el traje ajustado, escuchando cómo los testigos decían en voz alta lo que todos sabían en voz baja: que el dinero del Chapo compraba silencios en los altos mandos, que la guerra contra los cárteles tenía blindaje para unos y bombas para otros. Y que el PAN, por mucho que lo negara, tenía sombras que ni el sol de Los Pinos alcanzaba a quemar.
Pero ese es el pasado. El presente es Culiacán. Es la capital del Triángulo Dorado, donde ya no se cultiva solo maíz y amapola. Ahí se cocina el fentanilo que mata en Ohio, en Denver, en ciudades donde un nombre como “Salazar” o “Nini” suena a rumor, a mito, a cosa de película. Pero aquí, en Sinaloa, es real. Es el tipo que se sienta en el mercado, que saluda al panadero, que lleva a su hijo al colegio antes de dar la orden de incendiar un camión de rivales.
Y nadie dice nada.
Honestamente, nadie puede.
¿Qué sigue? No lo sé. Hace unas semanas, me encontré con un exmilitar que trabajó en la zona de Badiraguato. Me dijo, más o menos, que el problema no es quién manda, sino que siempre hay alguien dispuesto a mandar. Que el cartel no necesita jefe. Necesita suelo. Tierra fértil. Corrupción arraigada. Familias que se alían porque no hay otro trabajo. Puertos donde nadie mira. Rutas que ya nadie vigila.
Entonces volví a pensar en los niños. En los que juegan en los patios de casas donde los adultos hablan en voz baja. En los que crecen mirando hacia arriba, no a los héroes, sino a los que traen dinero, armas, autos nuevos. En los que saben, desde chiquitos, que la lealtad se paga con sangre y que el respeto se impone con fuego.
Y eso es lo que nadie quiere ver.
Ni en México.
Ni aquí.
Ni en ningún lado.
¿Quién beneficia de esta guerra sin fin?
No es una pregunta.
Es el silencio que queda cuando nadie responde.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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