Introduce tu email abajo y únete a nuestro boletín informativo

Composición minimalista con impresión de correo antiguo, letrero de neón Bitcoin y sobre sellado con 1,1 Millones de BTC sobre fondo púrpura

Sorprendente: el rastro secreto del verdadero genio del Bitcoin

La luz parpadeante de un viejo aviso de neón en la acera de enfrente entra por la rendija de mi ventana, marcando el ritmo de esta madrugada en la que el frío del aire acondicionado se siente como un cuchillo de metal. Me quedé pensando en Adam Back, ese matemático británico de cincuenta y cinco años que hoy dirige una empresa de miles de millones, pero que en las imágenes captadas por un periodista en un parque de Letonia parece un hombre que lleva una carga demasiado pesada en los hombros. La verdad es que John Carreyrou, el mismo reportero que hundió a la estafadora de las pruebas de sangre en California, ha pasado dieciocho meses sumergido en un pozo de correos antiguos y códigos cifrados buscando al fantasma que cambió el mundo. Y lo que encontró no es solo una teoría, sino un rastro de migas de pan lingüísticas que conducen, con una precisión aterradora, al escritorio de este hombre.

Pero, bueno… todos sabemos que en el mundo de la moneda digital nadie es quien dice ser hasta que firma con su llave secreta. Sin embargo, los datos que Carreyrou y el experto en inteligencia artificial, Dylan Freedman, pusieron sobre la mesa son difíciles de ignorar. Analizaron más de treinta mil usuarios de las viejas listas de correo de los años noventa y descubrieron que este británico comparte con el creador genio del Bitcoin hábitos tan específicos como si fueran cicatrices. Ambos tienen esa manía anticuada de poner dos espacios después de cada punto, un vicio de quienes aprendieron a escribir en máquinas de hierro. Y la cosa no queda ahí; los dos cometen los mismos errores gramaticales, como poner guiones donde no van en palabras compuestas —“prueba-de-trabajo”, por ejemplo— y alternar de forma caprichosa entre las distintas maneras de escribir la palabra para el correo electrónico.

En realidad, lo que más me duele de esta historia es el silencio. Hace unas semanas recordaba cómo en Venezuela, en medio de la oscuridad de los apagones y la moneda que se volvía polvo, muchos veían en el Bitcoin no un activo de especulación, sino un refugio desesperado. Allá, el anonimato era la única forma de no ser aplastado por el control del Estado. Y pensar que ese salvavidas pudo nacer de un hombre que ahora se encoge en su silla cuando lo confrontan en un hotel de lujo en El Salvador. Me contaron que en esa reunión, mientras los ejecutivos de su nueva firma de tesorería lo miraban con extrañeza, el rostro de Back se puso rojo de rabia y vergüenza cuando le recordaron que el fundador anónimo siempre decía ser mejor programando que usando las palabras.

Honestamente, hay coincidencias que parecen escritas por un guionista de mala muerte. Resulta que Back, en una lista de correos de hace casi treinta años, usó el término “maldito” para quejarse de los anuncios en la red, la misma expresión inusual que el creador usó en los foros digitales años después. Cuando lo confrontaron, el matemático juró que él jamás usaba esa palabra, pero los archivos no mienten; el pasado siempre vuelve a cobrar factura, como un cheque que olvidaste firmar en el exilio.

Y es que el poder acumulado es casi obsceno. Estamos hablando de un millón cien mil monedas que no se han movido en diecisiete años, una fortuna de ochenta mil millones de dólares que podría quebrar el mercado si alguien decide apretar un botón. Michael Saylor dice que todo esto es pura narrativa hasta que aparezca la firma criptográfica, pero la verdad es que el comportamiento de Back dice mucho más que cualquier código. Ese silencio absoluto entre 2009 y 2011, justo cuando el Bitcoin estaba naciendo y él, que siempre fue el más ruidoso de los activistas, no publicó ni una sola palabra. Reapareció apenas unas semanas después de que el fundador se despidiera del mundo en un último correo a Martti Malmi. Es como si hubiera dejado el teatro por la puerta de atrás para entrar por la principal con una máscara nueva.

La verdad es que, en este país extraño donde el idioma me suena a plástico, me pongo a revisar los nombres que faltan en esta historia. Los correos que supuestamente se enviaron entre ellos en 2008 parecen ahora un teatro orquestado para desviar la mirada, una auto-inserción para protegerse del ojo de la ley que ahora lo obliga, como jefe de una empresa que busca salir a la bolsa con la ayuda de gente como Howard Lutnick, a revelar cualquier dato que importe a los inversores.

La implicación de todo esto es que el genio nunca se fue, solo aprendió a esconderse detrás de una junta directiva y un traje oscuro. Pero al final, el rastro de la escritura es como el olor de la lluvia sobre el asfalto caliente: no importa cuánto trates de limpiar la calle, el aroma se queda pegado a las paredes.

Honestamente, a veces uno piensa que la libertad de la que tanto hablaban solo sirvió para crear un nuevo tipo de prisión dorada, y que el hombre que ideó todo esto…


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

¿Tienes información que pueda ser útil? Envíala aquí.

Olivia Chen
Olivia Chen

Olivia Chen investiga fraudes, regulación y evasión fiscal en el mundo de las criptomonedas. Trabajó en Coindesk y colaboró con Bloomberg Crypto en reportajes sobre colapsos de exchanges y burbujas especulativas. Su enfoque combina análisis de blockchain, documentos regulatorios y fuentes en EE.UU. y Europa. Estudió Economía en la University of California, Berkeley, y tiene una certificación en Finanzas Digitales del MIT Media Lab.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Infórmate sin distracciones, ¡regístrate ya!