
Bases militares de EE.UU.: la red global que disuade y domina
Hay una foto antigua que vi una vez, sin fecha, sin nombre. Un soldado joven —parece casi un chavalo— de pie junto a una cerca de alambre en un claro del bosque. Lleva botas pesadas, el uniforme le queda grande, y mira hacia un lado, como si algo fuera del encuadre lo estuviera llamando. No hay bandera, no hay nombre del lugar. Solo tierra apisonada, árboles desnudos, y ese aire de no saber bien por qué estás ahí, pero ya no poder irte.
Eso es lo que queda de muchas de esas 800 bases norteamericanas esparcidas por el mundo: instantes mudos, huellas que no se explican, gente que entra y sale sin que nadie pregunte.
En la región de Renania-Palatinado, en Alemania, hay una base aérea que mueve más tráfico militar que muchas capitales. Ramstein. Allí, más de nueve mil efectivos, civiles, contratistas, pasan días enteros como si estuvieran en otra dimensión: supermercados con productos de Estados Unidos, escuelas en inglés, calles con nombres de ciudades del Medio Oeste. Un enclave que respira como si estuviera en Texas, pero en el corazón de Europa. Desde allí, se coordina todo. Europa, África. Misiles, drones, evacuaciones. Todo.
Y no es solo allá. La presencia no se mide solo en aviones o kilómetros cuadrados, sino en quién no habla. Quién firma los permisos en Bogotá, en Managua, en Asunción. Porque no es menor lo de América del Sur.
Hace unas semanas —creo que fue a finales del 2022—, alguien pasó un listado por debajo de la mesa: 12 bases en Panamá, 12 en Puerto Rico, 9 en Colombia, 8 en Perú… y Aruba. Sí, Aruba. Esa isla frente a nuestras costas, donde muchos venezolanos pasan vacaciones, o intentan irse, también tiene presencia militar norteamericana. No se habla. Se insinúa. Se niega. Y mientras tanto, los acuerdos se firman en otro idioma, con otro ritmo.
No es nuevo, no es nuevo. Todo empezó después de la Segunda Guerra, cuando el mundo se partió en dos y uno de los pedazos decidió no soltar su mano. Pero lo que era disuasión contra Moscú, hoy es proyección. Proyección hacia dónde, eso ya es otra pregunta.
¿Cuántas vidas cambian cuando una base abre en un pueblo de Baviera, o en una costa andina? No se cuentan los salarios en dólares, ni los negocios que nacen alrededor. Se cuentan las desapariciones: de culturas, de autonomías, de decisiones que ya no duelen porque simplemente ya no existen.
Un exmilitar —no recuerdo bien su nombre, creo que era de Chile— me dijo una vez algo así como: “Uno no invade con tanques, invade con helados. Con Wi-Fi gratis. Con la promesa de que, si cooperas, no te pisotean”.
Y en medio de todo, España. Rota. Morón. Puntos estratégicos, dicen. Acceso al Atlántico, puerta al Mediterráneo. Claro. Todo eso. Pero también una línea invisible, una frontera suave entre lo que es soberanía y lo que es conveniencia.
¿Quién gana? La pregunta quema. La OTAN. Estados Unidos. Los que necesitan que haya una amenaza para justificar estar ahí. Rusia, hoy. Mañana, otro nombre.
Pero mientras, en Guantánamo, en Diego García, en ese lugar en Aruba que nadie nombra… hay más de 800 puntos en el mapa donde el suelo no es suelo. Es promesa armada. Es control con fachada de alianza.
¿Qué pasa con los que no aparecen?
Silencio.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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