
Sanciones explosivas contra el petróleo ruso trastocan estrategia de Putin
Es de madrugada cuando un banquero de Bruselas, uno de esos hombres grises que nunca dan la cara, se atreve a decir entre dientes que lo inevitable ya no se puede frenar: el dinero congelado de Rusia en Europa no vuelve. Lo dice sin triunfalismo, casi con hastío. Como si llevara meses viendo cómo se acumulan los papeles en una carpeta que nadie quiere abrir, porque abrirla es cruzar una línea.
Hace unas semanas, Bélgica puso el freno de mano. No Hungría, que ya todos la dan por perdida, sino Bélgica. El país que alberga las instituciones. El que custodia los activos rusos. Ahí están, en cuentas que nadie toca, cerca de 140.000 millones de euros, como un fantasma esperando destino. Y ahora resulta que ni siquiera el consenso europeo, ese que se negocia con café y corrillos en los pasillos, puede con la burocracia del miedo. Porque eso es, al final: miedo. Miedo a que si el dinero se mueve, el precedente se abra, y mañana alguien diga que el dinero de otro también puede usarse por justicia.
Pero mientras tanto, la guerra sigue. Y el Kremlin no se queda quieto. Han aprendido a navegar fuera del radar. Literalmente. La flota fantasma, esos barcos sin nombre, sin bandera clara, sin seguro occidental, rompiendo el mar negro y el índico como sombras. Primero fue el petróleo. El tope de 60 dólares por barril, en teoría, debía asfixiarlos. Pero Moscú lo esquivó. Cambió rutas, cambió documentos, cambió dueños de papeles. Y siguió vendiendo. A China, a la India. No al mismo precio, claro, pero suficiente para mantener el motor.
Y China… ah. China. Eso es lo que nadie quiere decir en voz alta: que sin China y la India, las sanciones serían otra cosa. No esto. No una asfixia lenta, sino un colapso. Pero China sigue comprando. O al menos, así era hasta que Trump, en un giro que nadie vio venir, sancionó a Rosneft y Lukoil. Y entonces, según cuentan en Reuters, Pekín empezó a desengancharse. ¿Coincidencia? Quizá. O quizá no. El mundo cambia, pero no como se anuncia. Cambia cuando un hombre como Trump, que antes hablaba de sentarse con Putin en Alaska, de pronto pisa el acelerador. Y eso, más que cualquier discurso, mueve mercados.
Lo curioso es que, cuando hablamos de sanciones, casi siempre nos quedamos en los nombres: Rosneft, Gazprom, VTB. Olvidamos que el verdadero golpe fue otro: Swift. Sacar a los bancos rusos de ese sistema de mensajes financieros fue como arrancarles el oxígeno. No al instante, no con fuego, sino con un ahogo lento. El dinero no desaparece, pero deja de funcionar. Y sin funcionar, no se compra armas, no se paga a proveedores, no se estabiliza el rublo. Eso fue el 28 de febrero de 2022. La llamada sanción atómica. No porque explote, sino porque contamina todo a su paso. Y sigue ahí.
Pero nada de esto es limpio. Nada es como lo cuentan en los comunicados. Estados Unidos, por ejemplo, no solo apunta a Moscú. También a empresas en China, en Emiratos, en la India. Empresas que venden microchips americanos, fabricados con tecnología de punta, que terminan en misiles rusos. Y también, claro, a los diamantes. Porque detrás del lujo hay una guerra. Los ricos siguen usando sus anillos, pero nadie pregunta de dónde vienen los brillantes.
Y en medio de todo, los deportistas. No los soldados, no los políticos. Los jugadores de fútbol. Los de baloncesto. Excluidos. Como si deportar a un equipo fuera detener una invasión. Pero no: es simbólico. Y por eso duele más. Porque muestra que el aislamiento no es solo económico. Es social. Cultural. Total.
La pregunta que queda, la que nadie responde, es esta: ¿cuándo dejan de funcionar las sanciones? Porque si Rusia sigue vendiendo, si sigue moviendo barcos en la sombra, si sigue siendo alimentada por quienes miran para otro lado… entonces, ¿esto es una guerra de desgaste o una pantomima con factura?
Me queda una imagen. La de un diplomático ruso en Berlín, con movilidad restringida. Obligado a informar cada vez que sale del consulado. Como si vigilar sus pasos pudiera torcer el rumbo de una guerra que hace rato dejó de moverse por las calles de Europa y ya solo avanza en los puertos fantasma, en los circuitos clandestinos, en los acuerdos que no se firman, pero se cumplen.
Porque al final, las sanciones no se rompen con decretos. Se rompen con complicidad. Silenciosa. Eficiente. Global.
Y eso… eso es lo que duele. Que todos sabemos quiénes son. Y nadie los llama por su nombre.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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