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El explosivo romance que revela cómo el poder y el dinero corrompen

Había una vez un hombre que creyó que podía entrar por la puerta de atrás de la historia y salir por la principal. Se llamaba Elon. O era Donald. O los dos a la vez. Da igual. Al final, todos terminan hablando en plural cuando el dinero y el poder se casan en secreto.

Hace unas semanas —no estoy seguro, pero creo que fue después de que Trump volvió a ponerse ese saco mal cortado que parece prestado—, algo se desgajó entre los dos. No fue un choque de trenes. Fue peor. Fue el silencio que sigue al grito que nadie quiso escuchar. Musk empezó a tuitear cosas raras. Cosas como “democracia directa vía redes” y “el gobierno es ineficiente”. Y Trump, que no se queda atrás, le devolvió con una indirecta más pesada que un ataúd vacío: “ciertos millonarios se creen profetas… pero nunca construyeron un muro”.

Bueno, no dijo eso exactamente. Pero lo dijo.

El punto de quiebre fue el presupuesto. Sí, eso que suena a aburrimiento de contador, pero que en realidad decide quién come, quién vive, quién deja de existir. Musk explotó cuando vio que desaparecían los subsidios para los vehículos eléctricos. No era solo por el dinero. Era el símbolo. Era que Trump, su exaliado, su cómplice de campaña, le había dado una patada en el tobillo justo cuando más necesitaba apoyo. Como si un cura te excomulga mientras estás en medio de la boda.

Y entonces empezó el espectáculo. Mensajes en redes. Insultos entre líneas. Declaraciones de guerra disfrazadas de humor. Todo en público. Como si el poder ya no necesitara cerrar puertas para hacer el daño. Ahora lo hace en vivo, con efectos de sonido, y millones de personas aplaudiendo.

La verdad es que nunca fue amor. Fue una alianza de conveniencia. Una transacción clara: 280 millones de dólares a cambio de acceso, de protección, de puertas giratorias bien engrasadas. Musk creyó que podía convertirse en el cerebro detrás del trono. Trump pensó que tendría un mesías tecnológico que le lavaría la imagen con cohetes y tweets. Pero ninguno soporta que le compitan en egos. Y ahí murió todo.

Lo peor no es que se hayan peleado. Eso siempre pasa. Lo peor es que vivimos en un mundo donde esperamos que tipos así nos salven. Que un hombre que compra redes sociales para “liberar la libertad” sea visto como redentor. Que un político que nunca devolvió un carrito del supermercado —en serio, esa frase me quedó— sea visto como líder del pueblo.

Y mientras ellos se destrozan por quien tiene más seguidores, quién es más viral, quién tiene el meme más cruel… aquí, del otro lado del charco, vemos cómo este circo tiene secuelas. Porque cuando Musk decide mudar una planta de California a Texas “porque no le gusta la política local”, en Guadalajara o en Monterrey alguien pierde su empleo. Porque cuando Trump habla de aranceles, en Puebla o en Tamaulipas un pequeño productor deja de exportar. Porque este no es solo su culebrón. Es también el nuestro.

Todas las veces que un político se cuela en un negocio —y todos los que conocemos en México saben de quiénes hablo— termina igual: con alguien enriqueciéndose, con alguien quedando fuera, con alguien callando por miedo. No hay mesías. Solo hay intereses. Y los que no figuran en las fotos, los que no tienen cuenta en X, los que no se toman selfies con magnates… esos son los que pagan.

Hace un rato, en una reunión, unas colegas me preguntaron por un político poblano que se dice empresario. Yo solo respondí que, si la historia enseña algo, es que disfrazar el poder no lo purifica. Lo empeora. Porque el peor político no es el que miente. Es el que cree que su éxito privado lo autoriza a todo.

No sé si Musk y Trump se reconciliarán. Quizás dentro de un año estén de nuevo en la portada de algún periódico, riéndose, con las manos entrelazadas. O quizás no. Pero eso no cambiaría nada. Lo que importa es que ya sabemos: el poder no se corrige con más poder. Se corrige con límites.

Y aquí, mientras tanto, seguimos sin tener ni siquiera eso.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Dustin Wallace
Dustin Wallace

Dustin Wallace investiga abusos de poder en gobiernos estatales y federales, con enfoque en contratos opacos, sobornos y desvío de fondos públicos. Fue parte del equipo de investigación del Los Angeles Times y ha colaborado con ProPublica. Usa solicitudes FOIA, análisis financiero y fuentes internas verificadas. Estudió Ciencias Políticas en la University of Chicago y tiene una maestría en Periodismo de Investigación de Columbia University.

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