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Del vinilo al NFT: la revolución del coleccionismo digital

Beeple vendió una obra por sesenta y nueve millones de dólares en una subasta. Eso fue en 2021. Yo lo leí en una madrugada cualquiera, acá en Valencia, con el ventilador chirriando y el router laguneando cada dos minutos. Me quedé mirando la pantalla. No por el dinero, no. Fue por lo que vino después: el silencio.

Porque todo ese ruido, ese estallido de NFT, blockchain, arte digital, metaverso… todo se fue apagando como cuando se va la luz en el edificio y nadie sabe cuándo vuelve. Pero el rastro quedó. Y no solo en dólares perdidos o promesas incumplidas. Quedó en las pieles de quienes apostaron, de los que creyeron, de los que vieron una rendija de futuro en medio del desastre económico global.

No es nuevo. No es nuevo eso de convertir lo efímero en algo que pueda comprarse. En Venezuela, durante la hiperinflación, vimos gente vender documentos, fotos familiares, hasta diplomas, en monedas estables. Porque cuando el suelo se abre, cualquier cosa puede volverse ancla. Los NFTs no eran tan distintos: una promesa de propiedad en un mundo donde ya no se fía ni en el papel sellado.

Artistas digitales que nunca habían podido cobrar por sus obras, de repente, recibían ETH en billeteras. Pero detrás de cada transacción, había una red. No solo de bloques. De economías paralelas. De gente que minaba en China, con energía sucia, para que otros en Nueva York coleccionaran gatos pixelados. O píxeles con forma de imbécil, como ese meme del niño mordido por su hermano, vendido como si fuera un Manet.

Y ahora… ¿qué queda?

Las plataformas están vacías. OpenSea, Rarible, todas esas vitrinas digitales donde se exhibían coleccionistas con avatares rizados y nombres ridículos, ahora parecen pueblos fantasmas. Pero no desapareció. Evolucionó. Se escondió en metaversos privados, en comunidades cerradas, en iniciativas que ya no hablan de arte, sino de acceso, de membresías, de puertas digitales que solo abren si tienes el NFT correcto.

Me contó un programador en Medellín —no recuerdo su nombre, pero tenía los ojos cansados, como si no durmiera hace semanas— que ahora lo que importa no es el objeto, sino lo que permite. Un NFT ya no es una imagen. Es una llave. Y detrás de esa llave, hay reuniones, conciertos, contratos, trabajo. Algo así como un síndico de edificio, pero en línea, con reglas invisibles.

Pero también se fue a pique. Decenas de miles de coleccionistas pequeños, con menos de cinco NFTs, vieron cómo sus inversiones se evaporaban. No fue como perder dólares. Fue como borrar un chat de WhatsApp: todo ahí, pero inaccesible, olvidado.

Y en todo esto, ¿dónde quedaron los artistas de acá? Los venezolanos, argentinos, centroamericanos, que intentaron entrar sin redes, sin equipos potentes, sin conexiones en English?

No muchos. Algunos sí. Pocos. La mayoría se quedó fuera. Porque el sistema, aunque dijera descentralización, seguía teniendo dueños. Y los dueños hablan inglés. Tienen tarjetas Visa. Viven en países donde ni siquiera se raciona el internet.

Hace poco vi una exposición de arte digital en un centro cultural de Bogotá. En una sala oscura, proyectaban piezas NFT. No estaban en venta. Solo se mostraban. Como reliquias. Me acordé de los vinilos que guardaba mi papá, con guantes blancos, como si tocarlos pudiera dañarlos. Ahora, los píxeles piden lo mismo: respeto, ritual, cuidado.

Pero nadie usa guantes para ver una pantalla.

¿Y si todo esto no fue sobre arte, sino sobre control?

Sobre quién puede poseer, quién puede acceder, quién puede desaparecer sin dejar rastro.

¿Hasta cuándo dura una obra si nadie la ve?

¿Y si la verdadera obra es el intento, no el objeto?

No lo sé. El café se heló. El ventilador sigue. Y afuera, en la calle, la vida sigue como si nada hubiera pasado. Como si sesenta y nueve millones por una imagen nunca hubieran existido.

Será que ya pasó.

O será que apenas empieza.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Olivia Chen
Olivia Chen

Olivia Chen investiga fraudes, regulación y evasión fiscal en el mundo de las criptomonedas. Trabajó en Coindesk y colaboró con Bloomberg Crypto en reportajes sobre colapsos de exchanges y burbujas especulativas. Su enfoque combina análisis de blockchain, documentos regulatorios y fuentes en EE.UU. y Europa. Estudió Economía en la University of California, Berkeley, y tiene una certificación en Finanzas Digitales del MIT Media Lab.

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