
Bitcoin legal en estos países: la lista reveladora que todos necesitan saber
A las tres de la madrugada, un tipo en Kiev transfirió medio bitcoin a su hermana en Toronto. No por especulación. Por mandarle dinero. Porque los bancos no le dejaban. Porque, si lo piensas bien, es más fácil mover miles de dólares en cripto que diez en efectivo si tu país está en guerra.
Eso pasó hace unas semanas. No recuerdo el nombre del tipo, pero se lo contó a un periodista europeo en un chat cifrado. Dijo algo así como: “Al menos esto no lo pueden congelar”.
Y es verdad. En Ucrania pasaron de bloqueos a bitcoins. Del infierno bancario a billeteras frías. Y los donativos en cripto sobrepasaron los sesenta y cinco millones de dólares. Lo sé porque alguien lo mencionó en una conferencia en Praga, hace como seis meses.
Pero no hablemos de guerras. Hablemos de Brasil. Allá, según los mismos números que nadie discute, la gente compra cripto como si fuera billete de lotería. No para pagar el alquiler. Para especular. Porque el real se le traga la plata a uno todos los años. Inflación, pánico, duda. Y los jóvenes entran, compran, venden. Apuestan.
No es muy diferente en Vietnam. Pero en Vietnam no juegan a comprar barato y vender caro. Juegan juegos. Juegos que pagan en cripto. Play-to-earn. Un chico en Ho Chi Minh pasa horas en un juego de naves, y con eso alimenta a su madre. No es ficción. Es Sky Mavis. Y se lo crees o no, eso mueve más volumen que las billeteras oficiales.
Pero todo esto pasa mientras los gobiernos se miran las manos.
En El Salvador, hace años, dijeron: ya. Bitcoin, moneda de curso legal. Igual que el dólar. Y a nadie se le cayó el cielo. Pero tampoco se llenaron de riqueza. Hay problemas técnicos. Problemas de confianza. La gente usa el Chivo, pero muchos solo por el bono inicial. Luego, nada. Y las transacciones diarias… andan por ahí de las doscientas setenta mil. O más.
Pero eso no es un logro. Es un dato. Lo importante es que nadie sabe qué sigue.
En la Unión Europea, por ejemplo, están a punto de arrancar con algo llamado MiCA. Algo así como una regulación de verdad. Pero no empieza hasta el año que viene. Quizá el otro. Y mientras, todo sigue en la niebla. En Canadá, el bitcoin no es dinero. Es mercancía. Como el azúcar o el carbón. Lo que significa que, si lo usas, te cobran impuestos como si vendieras trigo.
Japón igual. Australia igual. Todo propiedad, todo activo, nada moneda. Excepto en El Salvador. Y en algunos estados de EEUU, donde lo dejan fluir, pero bajo el radar del Tesoro. Cualquiera que mueva cripto allá entra en el juego del Bank Secrecy Act. Registrarse, reportar, explicar.
Y luego están los que no hablan. Como China. Allá no solo prohíben usarla. Prohíben todo. Minar, comprar, vender. Nada. Como si no existiera. Pero no es que no exista. Existe. Bajo tierra. En redes oscuras. Porque siempre hay una forma.
Lo que sí es cierto es que muchos países están fabricando su propia moneda digital. Estatal. Controlada. Para que, cuando todo esto estalle, ellos sigan teniendo el mando. Esa es la trampa. Que mientras nosotros discutimos si el bitcoin vale treinta y cinco mil, los gobiernos ya piensan en cómo domesticarlo.
Y ahora aparecen plataformas como CryptoCloud. Procesadores. Gateways. Cosas con nombres de humo y promesas. Te dicen que puedes cobrar en cripto, en tu tienda, en Instagram. Que el fee es del cero coma cuatro por ciento. Que es fácil.
Pero nadie dice quién paga el costo real.
Quién se queda sin electricidad en Ecuador porque alguien mina en su red. Quién pierde la vida ahorrando en una stablecoin que un día vale uno y al otro cero. Quién construye, quién pierde, quién desaparece cuando el sistema se traba.
No es nuevo. No es nuevo.
En Venezuela lo vimos. Gente vendiendo la pensión en dólar-T, confiando en cadenas que nadie entiende. Y al final, el que ganó, no fue el que la apostó. Fue el que controlaba el portal.
Entonces, ¿quién gana?
¿Quién siempre ha ganado?
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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